Jorge Navarrete

Jorge Navarrete

Abogado y columnista. Marido de una y padre de cuatro. Fanático de la U, adicto al grunge, la piscola y al Marlboro corriente. Mis bienes materiales más preciados son una moto, la citroneta, dos skates y un artilugio para volar. Como buen Libra, equilibrado por fuera y desequilibrado por dentro.

Las horas más oscuras

Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Pese al paso de las semanas y días, cuesta ordenar las ideas. Hay muchos que no vieron venir este escenario. Otros, que quizás alertaron respectos de algunos síntomas, jamás imaginaron la dimensión dantesca de los acontecimientos. Y los muy pocos que dicen haberlo previsto -yo, por lo menos, no conozco a ninguno- al parecer no fueron escuchados.

Cuando uno tiene sólo un martillo, cree que todos los problemas son clavos. Esa frase ilumina bien el déficit de algunos diagnósticos que hemos leído y escuchado en estas semanas, pues la mayoría adolecen de dos defectos que hacen todavía más difícil clarificar lo que está ocurriendo. El primero, es suponer que existe una causa única o principal que explica lo sucedido, desconociendo la enorme complejidad del problema que afrontamos. La segunda, es interpretar todos los acontecimientos desde “esa” razón parcial, intentando cuadrar todo en una justificación ideológica, económica, cultural, académica o institucional, cuando quizás sea una combinación de todas las anteriores.

Me imagino que en muchas ocasiones, como también será el caso de esta modesta columna, esa pulsión se puede deber también a la necesidad de simplificar y resumir. Tarea que no sólo es la obligación de quien pedagógicamente quieren describir un proceso, sino también porque ese expediente permite dar con posibles soluciones o salidas que puedan ser implementadas a corto plazo. Y aunque las urgencias nunca han sido buenas consejeras para diagnosticar y recetar, también es cierto que la situación a ratos parece apremiante o terminal, por lo que resulta un imperativo ético el no prolongar la angustia que muchos, y por diversas razones, padecen por estos días.

Bajo esa premisa y metodología -simplificar y resumir- es que lo primero que uno podría afirmar es que estamos en presencia de un masivo hastío frente al abuso de poder, el que no es sólo económico, sino también político y social. Esa rabia contenida, que ha explotado en nuestra cara y en la imagen de lo que construimos durante estos años, tiene por lo mismo un efecto acumulativo y progresivo. Y aunque a ratos se ha querido presentar como un malestar subjetivo y fragmentado, creo que, por el contrario, estamos en presencia de una rabia extraordinariamente objetiva y cuya aparente multiplicidad de causas podríamos forzadamente agrupar en dos grandes variantes o dimensiones.

La primera, que para estos efectos denominaremos económica y social, es aquella que subyace a nuestro modelo de desarrollo, el que pese a exacerbar las bondades del individualismo, el mérito y el esfuerzo personal, ha terminado por faltar a su principal promesa: que, mediante ese camino, los ciudadanos alcanzarían la anhelada movilidad social, como también la prosperidad personal y la de sus familias. En efecto, lo que ya parece generalizado es un extendido sentimiento de fragilidad e impotencia: fragilidad por la angustia de transitar un risco donde en cualquier momento pueden perder lo ganado; e impotencia por sentir que pese a que cumplieron todos los requisitos e hicieron todo aquello que se les pidió, una y otra vez no logran conseguir los resultados esperados. 

Y aunque en esta dimensión económica y social hay una amplia variedad de precariedades y demandas, creo que nuevamente es posible subdividirlas en tres (al menos por su sentido de urgencia). Los bajos salarios, que no alcanzan materialmente para llegar a fin de mes, que no son justos -tanto porque no reconocen el valor del trabajo y también por la comparación relativa con los sueldos de los demás- y que, como si fuera poco, son diezmados por las innumerables y cuantiosas deudas. La salud, como el miedo a enfermarse y quedar en el desamparo, a no poder pagar los medicamentos y a someterse a un sistema que los condena a un prolongado sufrimiento. Y las pensiones, como el temor a envejecer sin lo necesario para vivir de forma decente, junto a la imposibilidad material de poder auto valerse, y el abandono.

La segunda variante o dimensión de esta crisis apunta derechamente a una cuestión política e institucional. De hecho, y como lo expresé en una columna anterior para Entrepiso, creo incluso que la primera desigualdad no es económica y social, sino que ésta es un síntoma, fruto de la asimetría en la distribución del poder en general, y del poder político en particular. Desde esta perspectiva, nuestro principal problema se refiere a la desigualdad en la influencia, visibilidad y capacidad para participar en las decisiones. Dicho de otro modo, la democracia está incumpliendo su más básica promesa: a saber, que las necesidades de los ciudadanos pesen de manera similar en la deliberación de nuestros asuntos colectivos.

Y aunque también las razones y ejemplos son muchos, creo que nuevamente es posible agruparlos básicamente en tres. La excesiva influencia del dinero en el espacio público, lo que ha desvirtuado el principio básico de representación política, licuando los intereses de la mayoría y poniendo especial atención a los privilegios de una minoría. La percepción de total irrelevancia de la política, lo que sumado a la voluntariedad del sufragio ha terminado por encapsular y cooptar a la clase dirigente. Y la precariedad de nuestras instituciones frente a las presiones particulares o los intereses de nicho, consolidando la tendencia de que el interés de pocas personas pero intensamente perseguido, será siempre más influyente y efectivo que el bienestar general, por definición más débil y difuso. No todos somos iguales, ni pagamos de manera similar.

Puesto así, y si junto a la desigualdad de ingreso o patrimonio, estamos frente a un fenómeno más complejo y que se refiere a la desigualdad política, tanto de visibilidad como de influencia; lo que está detrás de este clamor es una demanda por mayor pertenencia y dignidad.

Por lo mismo, esto no se resolverá sólo con una ambiciosa agenda económico y social, sino que también requiere que se aborde de manera simultánea -o al menos se inicie- la discusión sobre nuestra institucionalidad, es decir, una nueva Constitución.

Más del autor

El Metro: el mío, tuyo, el de todos

No soy un experto en transportes ni menos alguien con pergaminos para hablar de lo urbano y la ciudad. Mi profesión está vinculada a las leyes y, a ratos, oficio de columnista. Pero después de escuchar el notable podcast de Carolina Tohá….

Joker

No tengo los conocimientos, ni tampoco probablemente el oficio, para decir con propiedad si estamos en presencia de una película buena, regular o mala. Pero si la calidad de éstas se midiera por el impacto que generan, “Joker” sería una de las mejores películas que he visto en mi vida.

Desigualdad, su naturaleza y la izquierda

Sostengo que la principal desigualdad no es económica y social, sino que ésta es sólo un síntoma, fruto de la asimetría en la distribución del poder en general, y del poder político en particular.

Más para leer

La pelota al piso

¿Impunidad? Jamás. ¿Mirar para el lado? Por ningún motivo. Dar la pelea con unidad por mejorar las condiciones de vida de millones dejó de depender de Piñera y su Gobierno hace mucho, creer que una renuncia o una destitución afiebrada por proyectos de ley solucionará el problema, es no comprender que lo que nos jugamos en esta hora es un momento único que va más allá de Piñera.

Celebrando 178 años de la U

Si hay algo que caracteriza a la U es la pluralidad. Por sus aulas y pasillos se escuchan todas las opiniones y, a menudo, se debe ejercitar el respeto a la diferencia. Hay días en que eso requiere mucho esfuerzo. En otros días, se hace más fácil. Siempre, de la contraposición de ideas (no de mentiras) y el diálogo emergen mejores ideas y se afinan los argumentos. No todas las opiniones derivan de sesudos análisis y fundamentos filosóficos. A veces, las opiniones son gritos de esperanza y sueños de gente joven, llena de pasión.

Quién sabe, hay que preguntarle a Radomiro

Suscríbete a nuestro Newsletter

¡Mantente al día con las novedades de Entrepiso y suscríbete para que la información llegue directamente a tu correo electrónico!