Andrés Villar

Andrés Villar

PhD en Relaciones Internacionales de la Universidad de Cambridge. Cientista Político de la Universidad Católica, con estudios en Science-Po París. Volví para trabajar como Investigador en FLACSO-Chile. Fui Analista del Ministerio de Relaciones Exteriores. Tras finalizar mis estudios doctorales trabajé como Investigador Asociado en el Centre for Rising Powers(Universidad de Cambridge). Lo mío son las Relaciones Internacionales.

Las preguntas incomodas en relaciones internacionales

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No son pocos los diplomáticos, políticos y académicos que aún ven el mundo de las relaciones internacionales desde un prisma netamente geográficos. Qué duda cabe, los grandes conflictos internacionales que continuarán copando la agenda serán Corea del Norte-Corea del Sur, Rusia y sus vecinos, China y sus vecinos, Israel-Palestina, India-Pakistán, y que decir de la actual crisis entre Estados Unidos-Irán.  En su mayoría, tensiones que nos hablan de tradicionales disputas fronterizas y de dignidad, o si prefiere, de estatus y prestigio.

Con excepción de la disputa entre China y Estados Unidos, ninguna de ella en sí misma puede ser un agente disruptor del sistema internacional, pero si las tomamos en su conjunto representan una amenaza colectiva altamente significativa, una transición precaria del orden al desorden internacional. De las consecuencias más llamativa en la actualidad, está el encapsulamiento de los países a problemas internos dando cabida a partidos populistas. Si bien ya no enfrentamos los desafíos de siglo XX y no se trata más de una disputa de suma cero entre grandes potencias, todos perdemos si solo nos concentramos en nuestros intereses nacionales. Hoy en día, no hay desafío global en la cual la respuesta sea construir la muralla más alta. El coronavirus es más claro ejemplo de la imperiosa necesidad de la cooperación internacional.

Más allá de lo que es conveniente en términos normativos o prácticos, todo desafío global necesita una respuesta global. Pero antes necesitamos urgentemente lidiar con dos preguntas que requieren nuestra atención. ¿Cuándo y cómo vamos a la guerra? y ¿cómo arreglamos el sistema internacional?

La primera pregunta, por lo general, se refiere al intervencionismo militar versus el descompromiso de las grandes potencias, en particular a los Estados Unidos, en determinadas crisis. El problema ya no es si se cumplen las normas del Derecho Internacional o el reglamento del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sino más bien la desidia de Estados Unidos. En la práctica es el único actor o gran potencia para dirimir muchas crisis. La ironía es que, desde la época de Obama, Estados Unidos se ha embarcado en un repliegue estratégico generando vacíos de poder que solo han logrado aumentar la incertidumbre del sistema internacional. Esa es la dimensión más sistémica. La otra dice relación con la necesidad de discutir cómo se debe pelear y bajo qué reglas. Es acá donde la tecnología nos ha llevado a dimensiones poco debatidas. La ciberdefensa y el uso de drones son cambios profundos a las nociones clásicas de relaciones internacionales. Los drones hacen las guerras más fáciles y “limpias”, lo cual hace más efectiva la gestión de los gobiernos, por el bajo rechazo de la ciudadanía que ellas generan a no involucrar hombres y mujeres en tierras lejanas. El problema normativo y ético, es la opacidad en la regulación internacional sobre estos ámbitos lo cual solo hace más complejo la legitimidad de las acciones como también incentiva la desconfianza entre los actores.

La segunda pregunta hace referencia al desafío que como comunidad internacional enfrentamos la desigualdad sin destruir el planeta. Si no somos capaces de reducir las emisiones toxicas, inevitablemente nos veremos enfrentados a desastres naturales, crisis de refugiados y extinción de la flora y fauna. Que quede claro, estamos ante una crisis climática, ya no se trata de un cambio. Sin embargo, nuestras acciones colectivas son escasas para la envergadura de la crisis que el planeta afronta. Como comunidad internacional, tenemos que ser capaces de ganar el argumento que un crecimiento verde no significa un bajo crecimiento sino más bien un incremento en la productividad y eficiencia capaz de crear espacios para la innovación y nuevos mercados. En este sentido, los líderes y su diplomacia deben ser más asertiva, menos retórica, a la hora de establecer reglas y compromisos globales, que incluyan un necesario balance entre las necesidades energéticas de los países en desarrollo y las aspiraciones por un planeta más sustentable.

Y claro, el gran problema o piedra de tope, es que ni a nivel nacional y regional, somos capaces de definir lineamientos y prioridades con una sola voz. El camino es largo y tedioso, pero es una nuestra responsabilidad abrir el debate y explorar opciones.

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