Claudia Sarmiento

Claudia Sarmiento

Abogada. Licenciada en Derecho por la Universidad de Chile y LL.M. en teoría legal por la New York University. Fue investigadora del Centro de Derechos Humanos y Editora del Anuario de Derechos Humanos de la Universidad de Chile. Jefa del Departamento de Reformas Legales del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género y asesora del Ministerio Secretaría General de la Presidencia durante el segundo Gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet. Colaboradora de los Programas de Género y Constitucional del Instituto Igualdad, e integrante del Directorio de la Asociación por las Libertades Públicas. Socia del estudio de abogados Sarmiento & Walker y Profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Alberto Hurtado.

Las Tesis: lo personal es lo político

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Tenía más o menos 13 años. Fue una de las primeras veces que me subí a una micro. Iba en la escalinata y sentí una presión. Pensé que la persona que estaba detrás de mi estaba empujándome, pero después siguió y me di cuenta que no era un accidente o un simple roce. Un hombre mayor, canoso me estaba tocando y me miraba de forma cómplice, como si yo estuviese consintiendo a lo que hacía. Antes de que pudiera reaccionar el tipo se bajó de la micro.

Quedé paralizada. Simplemente no me imaginaba que algo así podía pasarme. Me costó un rato sacudirme; me sentía sucia y estaba asustada. Me costó contarle a mi mamá. Sentía vergüenza. Este fue el primer episodio de acoso y violencia que viví en el espacio público. Tristemente, no ha sido el único. Hasta ese minuto, mis padres se habían esmerado en indicarme que debía estar siempre alerta, que había un peligro que se cernía sobre mi que yo no percibía. Ese día comprendí cuál era el miedo de mis padres: el espacio público es peligroso para las mujeres y la violencia sexual está a la vuelta de la esquina.

Mi experiencia está lejos de ser la única. Todas las mujeres hemos experimentado algún tipo de dificultad en el transporte público, en una plaza o en la calle. Hay horarios en los que sabes que no debes circular, lugares que están vetados, ropa que no puedes usar. Este diagnóstico es igualmente válido al espacio doméstico, donde las encuestas del Ministerio del Interior y Seguridad Pública indican que un 38% de las mujeres en Chile ha sido víctima de violencia de parte de su pareja o ex pareja, o un familiar cercano. El espacio del hogar, para muchas mujeres y niñas, también es el espacio de la violación.

No es que tu hagas algo para despertar esta violencia. No es lo vestías, ni lo que dijiste, ni lo que hiciste, ni donde estabas; es solo y únicamente lo que eres, una mujer. Eso, solo eso, te expone a vivir esta violencia y a temer, a organizar tu vida bajo la amenaza permanente de no ser víctima de violencia sexual. Y, si eres víctima de un delito sexual, a saber que es altamente posible que el sistema de justicia no te crea y que es posible que callar sea mejor. O, por el contrario, asumir las consecuencias. Para muestra, solo basta con recordar la manifiesta desidia y el trato ultrajante que recibió Nábila Rifo. Pero ella no es la única.

Si alguien tiene dudas del por qué el mensaje de Las tesis nos convoca, nos estremece y nos libera, es porque vivimos en un mundo que nos agrede cotidianamente y que nos empuja a creer que las responsables somos nosotras; que es nuestra culpa haber sido manoseadas en la calle, acosadas en el trabajo o violadas por un amigo en una fiesta. Como si la forma en la que vestimos fuese una invitación a la violación, como si caminar a cierta hora y lugar en la calle una convocatoria a la agresión.

Estos días me he conmovido con los testimonios de amigas, personas a las que quiero, indicando cómo fueron víctimas de violación, de acoso. Me ha remecido el juicio de la pequeña Ámbar, quien, siendo una lactante, perdió su vida por la violación de su tío.

Lo complejo es que la violación a los derechos humanos ha extremado la violencia que padecen las mujeres. No es que no hubiese violencia sexual antes; es solo que hoy hay más violencia y, por tanto, más mujeres afectadas. Basta recordar el dolor que guardan las chilenas que vivieron la prisión política y la tortura para saber que la violencia sexual es una forma de opresión.

La demanda feminista es personal. Las mujeres, incluso las que no son feministas, educan a sus hijas para que enfrenten un mundo que es agresivo con ellas. Pero también es una demanda política, porque nombrar al sistema que soporta las estructuras que nos oprimen por su nombre, el patriarcado, supone colocar el foco en la urgente necesidad de cambiar nuestras relaciones de poder. En avanzar hacia una agenda genuinamente igualitaria.

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