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Letras Libres: Las tristes aventuras del príncipe gato

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Por Bárbara Migo // Publicado en Letras Libres

Daineo, hijo único de los príncipes de Ballanza, es un tipo muy raro que vive solo en una villa rodeado de gatos. Una mañana lo descubren hecho un ovillo en el jardín. Daineo ya no habla: ronronea. Y cuando se acerca a los demás se frota contra ellos y los acaricia con los nudillos. Así comienza Gatería, de Nino Savarese, publicado por la editorial Ardicia en la traducción de Pepa Linares.

Por supuesto los atribulados padres lo llevan a su palacio y convocan a los médicos más prestigiosos de Sicilia, que se quedan igual de confundidos. Lo que está claro es que el joven se ha convertido en gato, aun cuando conserve el aspecto humano. Finalmente se resuelve que emprenda un viaje por la isla, acompañado por el valet más sofisticado y mundano del palacio y del profesor de filosofía Epicarmo Gorgias. Para evitar que descienda hasta el fondo de la sima gatesca, es preciso que vuelva a relacionarse con los humanos. El ayuda de cámara le ayudará con el protocolo y las formas del grand monde; el intelectual tratará de familiarizarlo con las cuestiones morales y existenciales que atañen a la humanidad.

Es quizá la manera más estrafalaria de comenzar el grand tour con que todo jovencito acomodado se lanzaba a la vida en los siglos XVIII y XIX: hecho un gato bípedo. Aquí no sabemos cuándo estamos exactamente porque todo, desde la propia premisa del libro, tiene un aire fabuloso. La del príncipe gato podría ser una leyenda que avise de los peligros del aislamiento. El curioso trío se lanza al camino y a lo largo de varios capítulos de título descriptivo (“Del enamoramiento de Daineo y de su extraño comportamiento en el parque con la hermosa Dusolina”, “De la noche placentera que pasaron Daineo y el doctor con un grupo de carboneros”, etcétera) se ven envueltos en toda clase de aventuras, en las que el joven está siempre a punto de ser desenmascarado y sobre las que el doctor Gorgias trata de arrojar la luz de las categorías con sus discursos ilustrados: “La naturaleza se mira y se ama desinteresadamente. ¿Qué es lo que quiere tocar y arañar Vuestra Excelencia? El hombre, cuya naturaleza es superior a la animal, posee ese don de la contemplación, y aunque está obligado a tomar de la tierra, del mar y hasta del purísimo cielo las materias de su sustento, nunca toma más de lo poco que necesita” o “Cuando lo humano se encuentra ofuscado, como en el desgraciado caso de Vuestra Excelencia, surge una especie de enemistad entre la naturaleza y las criaturas que están en la Tierra, y una propensión desmesurada de estas a buscar la utilidad”. A Daineo esos discursos no parecen interesarle demasiado y arquea el lomo, aunque el doctor no desiste.

El libro se publicó por primera vez en Italia en 1925, pero podría haberse escrito en el siglo XVIII. Es una especie de fábula ilustrada con toques de comedia galante, de cuento filosófico y de libro de viajes, con sus posadas, sus campesinos, los caminos llenos de encuentros inesperados y las reflexiones sobre el género humano antes de soplar la luz de la vela y dar por concluido el día con la lección que trae. Tiene algo de Cándido y algo del Viaje sentimental y también es un gato con botas inverso. Pero hay tres cosas que me han llamado la atención especialmente y que delatan su particularidad:

El libro resulta cómico y ligero y los personajes muy sencillos, pero cerca de la mitad hay una escena que provoca una inmediata congoja. Durante una travesía por el campo, el príncipe consigue hacer entender su zozobra: “era como si quisiera transmitir que la gran casa del mundo le parecía deshabitada y que al mar, al cielo y a la ciudad […] les faltaba un intérprete; la llanura que los rodeaba, circundada de montes […], era para él un cuarto vacío”. El cuarto vacío podría ser el título de un cuento de Lovecraft. Se abre un abismo en mitad del paisaje siciliano, un horror moderno en que las dimensiones se perciben como planos que se pueden desgajar unos de otros. Al perder su humanidad el personaje se ha visto arrojado a un mundo tristísimo e inaccesible, en el cual lo visible y circundante ha perdido su profundidad y su vibración y por eso nos repele. ¡Pobre criatura aislada!

Otra parte en que en el relato hay un cambio abrupto, incluso de aspecto, es cuando hacia el final, estando Daineo muy enfermo, empieza a delirar, y lo que suelta es un poema acumulativo en mitad del libro dieciochesco, una letanía compuesta por las imágenes que se han ido acumulando en su interior, yendo cada vez más y más atrás y más y más profundo: “…los carboneros de Monte Soranto / la pobre Pamira con los ojos vendados / como los animales subterráneos / la reina / la reina sin corona / con la cofia de seda / las zapatillas de oro / que hacen señas / a su doncella / la doncella sin voz / que hace señas / a los cortesanos / guardianes / condecorados / galoneados…” o “… cuando era niño / me avergonzaba ir por ahí / con el sombrero nuevo / luego me creció el pelo / y me metí / por barrancos / breñales / peñascales / borzas / zarzas / búhos / lobos / perros…”. Durante ocho páginas la caja se estrecha y solo hay estas líneas mínimas, unos versos que recuerdan a una danza macabra y a un poema norteamericano a la vez, y son una elegía y una loa a la vez.

Por último, el doctor Gorgias tiene un sueño. Él está en una torre, con la vaga sensación de que espera a alguien, y “entonces llegó un joven de hermoso aspecto, envuelto en una túnica blanca […]. Me dijo que estuviera muy atento, porque iba a surgir una especie animal muy rara y nunca vista”. Se acerca una muchedumbre y desde arriba el doctor no sabe muy bien qué hacen. Rodean la torre, se sientan a comer, se desnudan y se visten, se tienden en el suelo (“la serenata del tedio”). De pronto “los rasgos humanos […] iban cambiando poco a poco y empezaban a parecerme en verdad nuevos y casi monstruosos”. Las personas empiezan a comportarse como animales y la escena se transforma en un cuadro del Bosco. Los elementos tan simbólicos del sueño, la torre, el heraldo, la muchedumbre animalesca, hacen que me asalte la posibilidad de interpretarlo, y en un anacrónico y felino salto que mezcla personaje con autor, lo leo como aquellos sueños de pacientes que el psicoanálisis consideraba intuiciones de grandes catástrofes colectivas, como las guerras mundiales, y me parece una alegoría, quizá involuntaria, de la Italia fascista y me digo: qué manera tan curiosa de colarse las épocas en los libros.

Gatería

Nino Savarese

Traducción de Pepa Linares

Madrid, Editorial Ardicia, 2020, 180 pp.

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