Pia Lombardo

Pia Lombardo

Cientista Político de la Pontifica Universidad Católica de Chile, con estudios de postgrado en Relaciones Internacionales, Seguridad Global y Derecho Internacional. Académica del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile desde el año 2002. Internacionalista, con especial foco en Análisis de Política Exterior de América Latina y Resolución de Conflictos. Desempeño en gestión de internacionalización de la educación superior. Miembro de la International Studies Association.

Liderazgo internacional de Chile: El espejismo del oasis

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En un breve lapso de tiempo para los cánones internacionales, hemos sido testigos del paso de ser un país “líder”, a un país que ha debido cancelar la realización de cumbres internacionales agendadas con anticipación, debido al extendido proceso de movilización social que se vive actualmente en Chile. Y es que, otra vez, nos hemos visto enfrentados al difícil dilema del “liderazgo internacional de Chile”, constante que nos ha ofrecido en los 30 años de democracia, una dificultad casi infranqueable.

Sin ir muy lejos, en septiembre del año en curso, un conocido periódico de difusión nacional presentaba un detallado artículo en el que daba cuenta de la forma en la que se habría gestado el objetivo estratégico de transformar a Chile en líder de la región, con el fin de posicionar la idea de “país puente” desde América Latina al resto del mundo. Según lo ahí referido, la decisión habría obedecido a una definición de diplomacia presidencial, tal como en su momento observamos similar fenómeno con Lula en Brasil. En este último caso, Itamaratí debió correr tras las decisiones del Presidente, quien dotado de un cierto carisma y ejerciendo impetuosamente su mandato, decidió ubicar a Brasil en las grandes ligas mundiales. El posicionamiento de Brasil cambió, efectivamente. Sin embargo ya con Dilma como sucesora de Lula, la estrategia se vio debilitada precisamente por un estallido social y un escándalo político, que finaliza en un retorno a la política doméstica debido a la extrema desigualdad y los escándalos de corrupción. En ese entonces, Brasil organizaba el Mundial de Fútbol, y fueron numerosos los cuestionamientos a la situación interna y las dudas acerca de la capacidad de responder ante tamaño desafío.

En nuestro caso, aproximadamente un mes después de la publicación del artículo mencionado, estalla un movimiento de demanda social tan significativo, que genera una situación doméstica compleja, debido a la cual se hace necesario cancelar dos actividades en las que se había invertido gran cantidad de recursos y energía organizacional. Lo que en un momento fueron pensados como medios para afectar positivamente la construcción de una imagen internacional de “oasis”, se transforman en pocos días en pesadas cargas y símbolos ambivalentes ante la sensible situación que ocurría en las calles. En pocos meses, pasamos de la identificación de una ventana de oportunidad de posicionamiento internacional, a la cancelación de las reuniones y cumbres asociadas a dos grandes hitos: La COOP25 como hito de diplomacia multilateral, y la reunión APEC, como hito de continuidad de la inserción económica internacional del ahora cuestionado “modelo chileno”. En ambos casos, era posible anticipar el sentir expresado en RRSS en relación a la no firma de Escazú y el TPP11 respectivamente, por lo cual no debió ser sorpresa comprender que el horno no estaba para bollos. Es evidente que no se le puede atribuir toda la responsabilidad al sentir social por la cancelación de ambas cumbres, sin embargo, el fenómeno habla de una débil relación entre el objetivo de la actividad y la preocupación ciudadana.

Pero lo interesante, va más allá del hecho puntual, y tiene que ver con la mera idea que Chile ejerza un abierto liderazgo en la región. Ese es el eje de la presente reflexión. Para ello, vale la pena recordar el gobierno de Patricio Aylwin y su política exterior. En medio de un proceso de transición política con serios enclaves autoritarios que seguían ejerciendo influencia desde posiciones de poder en las FFAA y el Congreso, Chile declaraba explícitamente a nivel internacional, que no pretendía ejercer ningún rol de liderazgo (Hernríquez & Lombardo, 2019). Ya a partir de 1990, Chile partía su retorno a la democracia plenamente reinserto en el sistema internacional, con la venia de los países al centro del sistema. Tenía las cualidades y condiciones para ser un líder, sin embargo la delicada situación interna le impedía tomar un rol protagónico. El frágil equilibrio político y los serios retrasos en la adecuación de la legislación internacional en materia de DDHH, eran señales poderosas a ser escuchadas por los tomadores de decisiones. Paulatinamente, el protagonismo se traslada desde lo político a lo económico, siendo la inserción múltiple el eje central ya en la Presidencia de Frei Ruiz-Tagle, también conocida como la estrategia del regionalismo abierto. Los acuerdos comerciales y la creciente interconexión del mercado nacional con un sin número de países, desplazó el carácter político propio de la acción exterior, hasta la detención de Augusto Pinochet en Londres. Nuevamente, una situación internacional que divide la discusión en el plano nacional, le corta las alas al modelo de la región.

Si seguimos adelante en la historia reciente de la política exterior, otros ejemplos se ven en la firma de acuerdos bilaterales con EEUU y con la UE, en medio de una seria ola de críticas regionales a inicios de la década del 2000. El liderazgo nuevamente se vio amenazado por un mal cálculo de los efectos de la estrategia bilateral en oposición a las nacientes concertaciones regionales en medio de la ola rosada. Avanzando en la década, la decisión de formar parte de la OCDE nos plantea el clásico desafío de ser la cabeza del ratón o cola del león, dilema que no se termina de resolver hasta la fecha.

Pero en todos los ejemplos anteriores, a nivel de política de gobierno, no se explicitó jamás la intención de ser un líder en la región. Si bien era un objetivo tácito e inconfundible para un analista, éste no se explicitó como objetivo de política exterior. He aquí un cambio en la gestión actual. De una continuidad importante en varias décadas, se da pie a un cambio en la política de gobierno en esta materia. No es el único cambio posible de detectar, pero sí uno sustantivo. Y se explicita el objetivo estratégico de ser líderes en medio de un vecindario convulso. ¿Y qué sucedió entonces? Nuevamente el dilema del liderazgo cobra la cuenta, y la situación nacional arrastra el objetivo hacia la solución de lo doméstico. Las interpretaciones pueden ser muchas, sin embargo preferiría quedarme con la idea que un líder no puede ser un gigante con pies de barro. Para ello, la lectura del contexto nacional es clave antes de lanzar una campaña de liderazgo, al mismo tiempo que se chequean las percepciones de los países de la región acerca del rol a desempeñar, más allá de la venia de las grandes potencias.

He aquí el riesgo de una diplomacia presidencial. Puede ser una apuesta que dinamice y acelere resultados, pero también una que se levante sobre bases poco sólidas y una deficiente estimación del contexto temático a abordar. Para eso, la política exterior de Estado tiene el carácter de resiliencia que se necesita en casos como los citados, pues provee de un núcleo de continuidad que permite mantener un factor de status aún a pesar de las coyunturas negativas.

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