Veronica Pinilla

Veronica Pinilla

Ph.D. en Políticas Sociales y Administración, de la Escuela de Sociología y Políticas Sociales, The University of Nottingham; Magíster en Gestión y Políticas Públicas de la Universidad de Chile; Administrador Público de la Universidad Central. Consultora Senior con más de 20 años de experiencia en el sector público, en temas vinculados a la reforma del Estado y modernización de las instituciones públicas, transparencia y empleo público. Docente de la Universidad de Valparaíso, y Autónoma. Panelista permanente de Radio la Clave, y Ciudadanos 360 de CNN.

Lo que hace la diferencia

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Cuantas columnas se han escrito pensando en el momento social y político que estamos viviendo. Cuantas conversaciones, debates, cabildos, encuentros causales han girado en torno al momento actual, todos y todas tratando de aproximarse a un diagnóstico real, y los mas osados y osadas, aunque ya van quedando pocos, intentando adelantar resultados de esta crisis, y sus consecuencias de largo plazo. Mucho se ha dicho de las consecuencias económicas inmediatas, pero es claro decir que aún hay mucho por esperar, ya que las movilizaciones no paran y el conjunto de demandas sociales aún no ven la luz.

Es impresionante mirar como el día a día va cambiando, y como la crisis va tomando un color raro, un sabor extraño para los que queremos que ésta sea el momento de las mejoras sustantivas para una población que ha estado postergada de las riquezas y beneficios del crecimiento económico. Nadie podría decir que estamos peor que hace 30 años atrás, al contrario, que hay un reconocimiento generalizado que la sociedad chilena vive mejor que hace 30 años atrás. Pero asimismo como se reconoce ese cambio sustantivo en la calidad de vida de la población, se reconoce que esos cambios han sido parte del derecho humano básico de vivir mejor, y que lo que toca, y ha tocado hace rato, es hacer que las diferencias y desigualdades sociales se reduzcan en pos de distribuir mejor esa calidad de vida, y los beneficios de este mundo globalizado.  Esta declaración despeja algo necesario de dejar sentado, y que es que esta crisis no se origina porque las cifras de pobreza y vulnerabilidad están intactas desde los 90. Esta crisis de desata, ahora mas que nunca, porque las cifras de desigualdad están casi intactas, con una realidad que golpea fuerte a aquellos que aunque tengan voluntad y garra, aún no logran subirse al carro de la clase media estable, que sale a trabajar todos los días y mantiene un trabajo formal y estable, y que logra sobrellevar las demandas personales y familiares de la mejor forma posible. Es esa crisis la que nos tiene atrapados, y sin duda los esfuerzos de lograr avanzar con una agenda social clara es parte de las soluciones de más corto plazo que hay que enfrentar.

Es preciso señalar que esta agenda social requiere de la participación activa del Presidente de la República de Chile para que ésta se concrete. El tiempo es hoy, y sin caer en un optimismo farsante, creo que las condiciones favorables están puestas hoy sobre la mesa, y que las posibilidades de tener éxito están vinculadas no con que el gobierno asuma una “agenda ultrista” sino que sea capaz de conducir esta crisis por las aguas mansas que a veces se vislumbran, pero que logran ser encauzadas de manera definitiva. No ha sido fácil el momento social que se vive, para nada, pero aunque parezca raro e injusto, es a Sebastián Piñera a quien le ha tocado estar al mando del gobierno en esta crisis, la crisis chilena mas grande del siglo XX y XXI, por lo que está en sus manos el éxito o fracaso de los cambios que se propongan y se implementen. Aunque parezca paradójico, la cuestión social actual está centrada única y exclusivamente en lograr definir un camino que conduzca a alcanzar un modelo de crecimiento y desarrollo acorde con este convulsionado siglo XXI.

No es el único país que vive este momento ni es la única sociedad que se manifiesta de la manera como lo hace Chile. Pero si es determinante, para todas las sociedades en crisis y una exitosa salida, el grado de involucramiento de sus representantes, la capacidad del jefe o jefa de gobierno de liderar el proceso, y el tipo de participación de los y las ciudadanos. En definitiva, las crisis sociales y políticas obligan a poner sobre la mesa el capital político de todos los actores presentes, pero al mismo tiempo la capacidad de la sociedad de asumir con responsabilidad el momento que se vive, movilizándose claro está, pero estableciendo una clara línea distintiva entre la movilización y el descontrol de grupos sociales que probablemente están estableciendo hábitos perturbadores al generar incendios, saqueos, robos y un accionar que sólo alimenta un desasosiego generalizado, que al acumularse puede terminar en cualquier fatalidad.

El llamado es mantener el esfuerzo de seguir ocupando el capital político de todos los involucrados para buscar mecanismos de salida a este descontento social, pero teniendo claro que cualquier movilización debe ser conducida en paz, con respeto de todos, con movilizaciones sociales donde todos puedan expresarse, y con una fuerza política que actúe de acuerdo con las necesidades en un momento sensible y exigente, con una capacidad de control que debe ser la razón de sus intervenciones. Las movilizaciones han sido posible generar un cambio cultural de involucramiento de millones de chilenos y chilenas, que esperemos que a estas alturas no estén cuestionando la capacidad del gobierno de liderar la crisis, ni las razones profundas y serias que originaron las movilizaciones.  Esto es la principal preocupación de los próximos días.

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