Veronica Pinilla

Veronica Pinilla

Ph.D. en Políticas Sociales y Administración, de la Escuela de Sociología y Políticas Sociales, The University of Nottingham; Magíster en Gestión y Políticas Públicas de la Universidad de Chile; Administrador Público de la Universidad Central. Consultora Senior con más de 20 años de experiencia en el sector público, en temas vinculados a la reforma del Estado y modernización de las instituciones públicas, transparencia y empleo público. Docente de la Universidad de Valparaíso, y Autónoma. Panelista permanente de Radio la Clave, y Ciudadanos 360 de CNN.

Lo que no podemos olvidar

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Columna escrita en conjunto con Pablo Gutiérrez.

Hasta hace muy poco tiempo atrás, uno de los debates más álgidos sobre el proceso constituyente era la condición de hoja en blanco que adquiría la regulación constitucional chilena. Entre interpretaciones varias, adversarios y detractores, la condición de empezar a construir un andamiaje institucional desde la base misma, producía un atractivo vértigo, así como profundo temor asimilable a un salto al vacío.

En el intertanto que dicho debate se producía, la economía mundial nos enviaba señales claras de retroceso crónico de expectativas de crecimiento, la falta de acuerdo entorno a frenar la destrucción acelerada del medioambiente nos golpeaba de frente, y muchos países latinoamericanos y europeos eran sacudidos por revueltas sociales, que deterioraban su cohesión social y funcionamiento institucional. Es este contexto que aparece, como una “séptima plaga”, la pandemia de coronavirus que, en estricto rigor, se ha robado temporalmente la atención mundial, constituyendo un riesgo más a nuestra deteriorada realidad social.

Dicho lo anterior, considerando que dicha pandemia deberá ser controlada a un altísimo costo en vidas, al día siguiente deberemos comenzar una larga y dolorosa ruta de reconstrucción de nuestra sociedad, en el sentido más lato de la palabra. Esta reconstrucción tendrá un especial sentido en Chile, dado que, no sólo entraremos en una ruta de hacernos cargo del presente, sino que, simultáneamente reflexionar sobre el futuro. Sin duda una menuda tarea.

Sin embargo, esto no es todo, porque junto a esta trabajosa tarea, reflexionar sobre el futuro y hacernos cargo de un deteriorado presente, tenemos un recargado calendario electoral, donde los principales incumbentes ocupan la primera fila de todo el proceso. Esto último representa per se la generación de un conjunto de estímulos centrífugos, en momentos que la cohesión social y política serán medulares para reconstruir espiritual y materialmente el país.

En este último factor, parece necesario realizar algunos “ajustes” en la mecánica del proceso electoral venidero, tendiente a minimizar al máximo los nefastos estímulos de la confrontación y populismo. Estos ajustes deberían traducirse en reformas a la legislación, entre ellas, el límite inmediato a las reelecciones indefinidas en todo nivel, prohibición a la integración familiar/vertical de cargos de elección popular, retorno al voto obligatorio con una depuración real del Registro Electoral y acordar las bases regulatorias de funcionamiento de la Convención Constituyente.

Resulta un deber de Estado, no permitir que las meras coyunturas nos condicionen negativamente decisiones estratégicas como país, así como, tampoco seguir alimentado la falta de espacios de deliberación que concluyan en hojas de ruta comunes y compartidas. Nuestro país está sometido a un trance que pocas veces vive una sociedad democrática, dado que, combina tragedias de la más diversa naturaleza, donde se pone a prueba nuestra capacidad de resistirlas y retomar un nuevo rumbo, que realmente sea convocante y superador de un modelo que cumplió su ciclo.

No olvidemos lo que tenemos por delante.

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