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Lo que nos jugamos

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Chile se apronta a un proceso constituyente único en su historia. Mientras, ello parece ser la salida y la esperanza para comenzar a superar la crisis político-social, dando espacio a un nuevo pacto social que prepare a Chile para el futuro, las señales que se aprecian en descrédito de las instituciones aumenta.

Esta semana hemos observado como en un acto de absoluta falta de pudor y suficiencia técnica, además, de un evidente aprovechamiento político ante el crimen de una adolescente, la subsecretaria de la Niñez, cargo que hasta hoy era de lucimiento escaso en este proceso de alta complejidad social, aparece señalando en una entrevista y un video difundido por ella misma “que hay que replantearse la pena de muerte” y como si lo anterior no fuese poco, y soslayando cualquier concepto del principio de separación de poderes, la abogada argumentó “habrá que ver como se sanciona a los jueces por su ideología”, una frase dedicada a una de las juezas que otorgó una libertad condicional al supuesto criminal. 

La frase de la subsecretaria propia de un régimen dictatorial, se agrava viniendo de una profesional del derecho que comprende o al menos debiese comprender perfectamente lo que hace y lo que dice, frente a tan aberrantes conceptos con el Estado de Derecho democrático.

Por otro lado, alcaldes continúan sus desfiles para hablar de todos los temas en matinales de televisión, lo que también ocurre con legisladores, algunos de los cuales han incluso faltado a sesiones o comisiones por encontrarse en un panel de televisión. Como si todo lo anterior no fuese poco, éste fin de semana, otro diputado incurrió en un clásico parlamentario, que ya varios legisladores han repetido a lo largo del tiempo. Al ser controlado por una patrulla de la Armada un diputado, asiduo a exigir derechos y apuntar con el dedo a otros, usó sus credenciales para no ser fiscalizado, al igual que todos los chilenos, al ser visto transitando en la calle de una ciudad en cuarentena, “soy una autoridad de la República” esgrimió para oponerse a los antecedentes que le pedían los funcionarios navales.

Los ejemplos anteriores no son meras coincidencias o a estas alturas algo anecdótico. Son una manera de ejercer el poder en la que radica el abuso del mismo, por el solo hecho de creer “ostentar” un cargo público. 

Un servidor público no ostenta un cargo, es solo un representante de la ciudadanía, y como tal, su comportamiento debe condecirse con la dignidad del cargo que sirve.

El desprestigio de las instituciones, algo que los chilenos ven como el trasfondo evidente de la crisis político social ha sido el desmoronamiento, en gran medida de las pautas de conducta de servidores públicos, líderes morales o personajes uniformados. La Iglesia, las Fuerzas Armadas, el Congreso y reciente, y lamentablemente, la Presidencia de la República, con comportamientos erráticos del Jefe del Estado son precisamente el tipo de conductas que afectan y que dañan la credibilidad de las personas en las instituciones.

Es cierto, no se trata de la única razón por la que una institución se ve sometida al descrédito, pero dichos comportamientos, junto con graves casos de corrupción y un comportamiento a ratos lleno de frivolidad, lenidad, despreocupación de quienes sirven cargos públicos generan un daño difícil de reparar en la confianza pública.

Estamos ante un proceso de elecciones sucesivas que se inician con el plebiscito próximo. 

Es tiempo, por tanto, que ante lo vivido la ciudadanía también adopte la responsabilidad que otorga la madurez cívica para votar a candidatos y candidatas idóneos para los cargos que ocuparán. 

La sociedad chilena tiene, hoy más que nunca, el deber de involucrarse en el proceso político que se avecina sin “cheques en blanco”, que se renuevan en cada período, por el contrario, es tiempo de observar, con lo vivido, que la elección de personas ponderadas, probas, estudiosas, capaces de anteponer los intereses personales y enfrentarse a las presiones, es clave a la hora de construir una democracia sana y comenzar, junto a una Nueva Constitución, a discernir sobre un futuro en donde lo público ha demostrado ser trascendental después de las profundas crisis enfrentadas en el último año. 

Lo que hoy nos jugamos es precisamente aquello, nos jugamos la calidad y profundidad de nuestra institucionalidad, lo que profundiza dejar de lado la individualidad y la frivolidad en como se eligen candidatos, no solo por los partidos, sino también por los ciudadanos, solo un ejercicio responsable, maduro y serio podrá llevarnos a superar el pesimismo reinante y la falta de confianza en las instituciones republicanas.

Foto: Obra del pintor chileno Jorge Tacla (1958).

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