Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Los dos papas

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“Los dos Papas”, la última película del brasileño Fernando Meirelles (“Ciudad de Dios” y El “Jardinero Fiel”), con la notable y solvente actuación de Anthony Hopkins (como Benedicto XVI) y Jonathan Pierce (en el rol del cardenal Jorge Mario Bergoglio), no deslumbra como la película del año, pero al verla me dejó pensando (una de las maravillosos atributos que tiene el arte) en otros asuntos que me gustaría compartir.

La película transcurre en el momento único y excepcional en que dos Papas se encuentran vivos en Roma.

Para ser más precisos, el filme se mueve entre el cónclave de abril de 2005 en que fue electo el cardenal Joseph Ratzinger como Benedicto XVI, y un momento de ficción (¿o realidad?) hacia el momento de renuncia de Benedicto XVI (un momento extraordinario) y el reemplazo por Francisco I en el Conclave de 2013.

La conversación entre ambos, llena de símbolos, pequeños detalles, con una actuación magistral, se pierde a veces en el intento de tensionar el guion edulcorando y beatificando a Bergoglio como un santo en vida, un cura que se encuentra conectado a la realidad –a veces un tanto rayano en la moralina de la calle- como una única verdad que aproxima a la autenticidad- y un Papa lejano, huraño e intelectual como Benedicto, que agobiado por el papado (asunto que se logra transmitir con maestría Hopkins) logra sentirse de manera vívida.

Aunque no soy crítico de cine, además de ser agnóstico, la película se sostiene básicamente en la notable actuación de ambos, Hopkins y Pryce (con una breve aparición de Lucho Gnecco como cardenal brasilero), el largometraje es interesante sin entrar en profundidades de blancos y negros de ambos personajes.

Ni Ratzinger fue el peor Papa de la historia, ni Bergoglio un revolucionario de la verdad (baste recordar su decepcionante viaje a Chile).

Con todo, la historia no entra en mayores riesgos, y busca mostrar a ambos personajes en un equilibrio para entender los entresijos del poder Vaticano, pero sin entrar en sus momentos más conflictivos o sencillamente criminales, de los que hemos despertado como el momento más crítico de una Iglesia que se ha dado de bruces con la modernidad.

La película es interesante, en su guion y especialmente en los diálogos entre Ratzinger y Bergoglio, y dejan pensando.

Pese al juego un tanto evidente de buenos y malos que intenta la película en algunos aspectos, Meirelles logra plasmar con inteligencia en una conversación a dos voces la profundidad de la razón humana y la amistad.

Hay un momento en Castelgandolfo, donde Benedicto le reprocha al cardenal Bergoglio no apegarse a la doctrina de la Iglesia, no obedecer, no escuchar la Palabra, dejar espacio a la comunión para los divorciados, hablar a favor del matrimonio homosexual. El estricto Rotweiller de la Doctrina y la Fe, reprocha, y Bergoglio contesta, con una conversación que más adelante se invierte entre ambos: Ratzinger dice “Usted cedió” al plantear éstos temas que se apartan de la doctrina, Bergoglio responde “no cedí, cambié”.

Hay algo muy potente en esa frase. El reconocimiento de lo nuevo frente la tradición, a la dureza de lo que pretende conservarse, la realidad como un hecho no estático. En el dialogo de Bergoglio y Ratzinger hay un reconocimiento a la verdad de cada uno.

He ahí quizás lo mejor logrado de la película. Entre ambos, competidores, distintos, contradictores feroces en formas y fondo, se reconoce una bella historia, donde ambos personajes, discrepando, pensando distinto el uno del otro, reconocen en ese “otro” un pedazo de verdad, y por consiguiente, un espacio para un dialogo fecundo que plantea la debilidad del otro, el dolor, las vivencias, esa manera particular de observar la realidad, de mirarla, de ponderar y hacerse un juicio de la misma, sin juzgar livianamente al que observa distinto (pese a que estoy en desacuerdo con usted le dice Ratzinger a Bergoglio).

En definitiva, nadie tiene la verdad absoluta, siquiera en las alturas vaticanas, y la duda es un espacio que se abre inconmensurable, profundo y lleno de espacio para una conversación honesta.

La conversación me recordó la letra de Fito Páez que resuena sin contemplaciones frente a lo que vivimos en el Chile de los últimos meses: En tiempos donde nadie escucha a nadie
En tiempos donde todos contra todos/ En tiempos egoístas y mezquinos/ En tiempos donde siempre estamos solos/ Habrá que declararse incompetente/ En todas las materias de mercado/ Habrá que declararse un inocente/ O habrá que ser abyecto y desalmado.

Y es que si hay algo que deja la película de Meirelles en todo esto, es la capacidad de dar espacio al dialogo fecundo, al que reconoce que hay otro y no estamos solos en tiempos donde siempre pareciera que lo estamos. El dialogo que no reconoce “funas”, abre los oídos atentos para reconocer partes en la verdad del otro, que habla sinceramente y mirándose a los ojos, reconociendo el valor de no estar de acuerdo.

En 2020, Chile comenzará una de sus conversaciones más relevantes. El tipo de común espacio público y de mirada de sociedad que queremos tener. En el ruido estridente de algunos, entre escupitajos, quitadas de saludo, gritos de sobremesa, tenemos que ser capaces de iniciar un dialogo honesto para poder juntos señalar el tipo de sociedad que pensamos, solo así, no caeremos en nuestras faltas del pasado, de imponer unos lo que creen por sobre otros. Es nuestro deber aislar a aquéllos que de lado y lado pretenden tener la verdad toda con violencia e impunidad, y escuchar, entender con emoción e inteligencia que en la Humanidad de otro siempre hay un espacio de realidad que reconocer, que no se trata de ceder, se trata de cambiar, de dejarse convencer, no de trasmutar en nuestras convicciones, sino en entender que las del otro son siempre válidas, atendibles, y que hay partes de esa realidad que puedan hacernos cambiar de opinión, convencernos, dar espacio a la duda y no a la certeza de la respuesta segura.

Algo de lo uno y de lo otro hemos vivido en estos meses en Chile. Desde la caída en el abismo de la violencia y las violaciones a los derechos humanos, a un acuerdo constitucional y político que fue capaz de practicar lo mejor de lo anterior, y es que si algo nos ha pasado en este tiempo es que solemos transitar por un carrusel de emociones diarias, desde la esperanza, a la desesperanza, desde la rabia a la creencia en la Humanidad

Es tiempo de dudar, es tiempo de observar, de escuchar y abrir el corazón y la creatividad humana para ejercer el derecho humano a ser convencidos, a cambiar de opinión, a convencer sin ceder, a mostrar nuestra verdad intentando convencer con argumentos, con la fuerza de la razón y la fecundidad de la palabra y no de los hechos al otro, solo así podremos –pese a que no estemos de acuerdo- pensar en una sociedad diferente, en un país más justo y equilibrado para todos.

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