Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Los perjudicados de siempre

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En Chile, el virus entró por el barrio alto. Lo trajeron los que viajan. Y son las comunas más ricas del país las que entraron primero a la cuarentena obligada. Pero como suele pasar en todo, son las personas más vulnerables las que van a pagar el pato.

Estos días he pensado mucho en trabajadores informales e independientes. Son los más expuestos.  Pienso en las mujeres que van casa por casa haciendo las manos y lo pies. Pienso en el emprendimiento que reparte almuerzos en el centro, donde trabajo. Pienso en el acomodador de autos que no va a tener a quién estacionar, en los peluqueros, en los que tienen un carrito en la calle y en el señor que va a hacer jardines. Pienso en todos los que, si no trabajan en el día, no se ganan la vida. Ni siquiera son el boletariado, que también está sufriendo.

Pero también están los trabajadores dependientes precarizados. A esos que el dictamen de la Dirección del Trabajo les dijo que se podían suspender sus salarios. O en esa amiga migrante que vive en Recoleta, pero que tiene que seguir trabajando en cuarentena haciendo aseo en un banco en La Dehesa, que me contó que estaba contenta de trabajar con contrato, pero que tenía miedo de pegarse el bicho y contagiárselo a su familia. Pienso en el edificio donde vivo, donde no fuimos capaces de ponernos de acuerdo para decirle a los conserjes que se quedaran en su casa, que estuvieran tranquilos porque su sueldo estaba asegurado, porque es lo que corresponde. Terminamos inventando unos turnos que igual los hacen salir a trabajar y atravesar varias comunas. Pienso en los trabajadores que recolectan la basura, que ni mascarilla ni guantes andaban trayendo cuando pasaron esta mañana por mi calle recogiendo las bolsas. Para qué decir el número importante de ese millón y medio de personas migrantes que viven en Chile que está en situación migratoria irregular o que trabaja informalmente y que no va a tener cómo juntar las monedas para subsistir. Y que, para peor son los mismos que tuvieron que arrancar de sus países porque ahí no había más vida y que han tenido que hacerlo sin documentos porque para ellos no hay soluciones ni alternativas.

Son los mismos de siempre. A los que le pega la precariedad, los que serán los primeros desplazados por la crisis climática, los que con el estallido social se quedan sin transporte público, los que sufren la pobreza de la salud y la educación pública.

El coronavirus podría haber sido un virus democrático, igualitario, que nos afectara a todos por igual. Sin importar la condición o la situación de las personas. Pero no será así, sus consecuencias no serán democráticas ni igualitarias. Nos volverán a mostrar con la porfía de siempre la dolorosa desigualdad que habitamos.

En el submundo de twitter y los medios de comunicación se ha hablado tanto del teletrabajo, del #quédateencasa con una frivolidad enorme. En Chile, más de la mitad de los hogares no tiene una conexión fija a internet. Sabemos que las mejores conexiones están en el barrio alto (vayan a una comuna que no sea del sector oriente y traten que les pongan internet con fibra óptica). Sabemos que se requieren muchas condiciones para estudiar y trabajar desde el hogar. Los miles de niños que almuerzan gracias a la Junaeb están recibiendo unas cajas con alimentos, que ciertamente no será lo mismo que el almuerzo del jardín o de la escuela. Por eso hay que tener cuidado con apurarse demasiado en ver el lado positivo de esta crisis sanitaria. Aprender a vivir con menos, a valorar lo que tenemos, a necesitar menos cosas, a pasar largos tiempos en familia –o en soledad, depende, todo depende– ciertamente serán aprendizajes muy valiosos, pero lo serán para unos pocos, no para los perjudicados de siempre.

Por eso que esta crisis nos vuelve a poner delante una pregunta ética. Profunda y difícil. La de si los seres humanos somos competidores o colaboradores, como comentaba Agustín Squella ayer en una entrevista. Que es lo mismo que la pregunta acerca de qué ocurre en las sociedades contractualistas -en las que del homo economicus hemos pasado al homo reciprocans– con las personas que no tienen la capacidad para reciprocar, para dar algo a cambio, como diría Adela Cortina en “Aporofobia, el miedo al pobre”. O que es lo mismo que la pregunta de si somos capaces de decir que queremos una economía de mercado, pero no una sociedad de mercado, como sugería Michael Sandel en “Lo que el dinero no puede comprar”.

Esta crisis sanitaria, fuera de los más obvios y graves problemas de salud, vuelve a levantar la pregunta por la justicia social, nos vuelve a preguntar quiénes somos los seres humanos y cómo queremos vivir. Vuelve a sacar de debajo de la alfombra las tantas formas de desigualdad en que vivimos.

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