Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Mariano y la liberación

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La primera vez que lo vi en persona fue en un retiro de jesuitas a fines de los noventa. Venía a dar el retiro un jesuita español, teólogo de la liberación, que hace poco había publicado “El Reino de Dios, por la vida y la dignidad de los seres humanos”.  Me llamó la atención su figura. Alto, espigado, elegante, con un pelo bien blanco y bien peinado, una polera roja con cuello, bluyines y unas chalas Birkenstock, importadas y escasas en Chile en ese tiempo. Luego me tocó estar varias veces en la misa en la parroquia San Cayetano, en La Legua. Sus liturgias tenían un sentido teológico profundo. Toda la comunidad llevaba su Biblia para leer y compartir la Palabra de Dios y para la celebración de la eucaristía la comunidad se reunía en torno a la mesa para compartir el pan. En ese tiempo, Mariano compartía su tiempo como pintor de brocha gorda en andamios y párroco de esa comunidad de base.

Cuando se fue a vivir a Colo en Chiloé, el 2001 o 2002, fuimos con otro compañero a acompañarlo por un tiempo. Él estaba recién llegado y todas sus pertenencias cabían en un bolso de mano. Nos quedamos en la casa ermita de la preciosa capilla de madera de Colo, típica de la escuela de construcción chilota. Después de comer unas papas cocidas nos fuimos a la capilla a rezar Completas –la oración de la noche–. Y estuvimos leyendo unos salmos. De su Biblia sacó un algodón que tenía la sangre de Monseñor Romero, que en 1980 había sido asesinado por los militares salvadoreños por su defensa de los derechos humanos. Al día siguiente nos fuimos a Quinchao y de ahí en lancha a la isla Chulín, en el archipiélago de las Desertores donde estuvimos como una semana o diez días.

En las Desertores todavía no había ni luz ni tele. No habían llegado las salmoneras. Los jóvenes no se iban a trabajar fuera de la isla y la economía era de subsistencia en base a la agricultura y los frutos que regalaba la mar. En la iglesia, los hombres se sentaban a la derecha y las mujeres y los niños a la izquierda. Nos alojamos en la casa de un matrimonio mayor. Y nos dedicamos a compartir la Palabra con las familias y a celebrar bautizos y matrimonios a punta de pasacalles acompañados por el acordeón de Mariano. Ahí fue cuando aprendimos la palabra huilliche “quelcún”. Era julio. El día que nos teníamos que volver, se apareció un temporal que cerró todos los puertos y que nos obligó a quedarnos en Chulín tres días más. Al segundo día de espera yo ya estaba medio desesperado por volver. Mientras tomábamos el mate, la señora de la casa me dijo: -“no se afane, si aquí en las islas hay que saber hacer quelcún”.  Cuando la mar se pone brava, los chilotes fondean la lancha y se guardan. A esperar que escampe. Sin apuro, sin afanarse. Sabiendo que la vida depende del tiempo, del clima.

Mariano pertenecía a la misma estirpe de José Aldunate. Y de tantos otros. Los que, siendo testigos de la injusticia, de la miseria, de la persecución, de la pobreza y de las profundas desigualdades que herían a América Latina vieron que no se podía seguir pensando a Dios ni hablando de él, sino a partir de la experiencia de los pobres. Seguramente habían leído a Metz y Moltmann, un católico y un protestante, ambos alemanes, que entendieron que no se podía hablar de Dios sino a partir de la experiencia del holocausto. Seguramente conocían el movimiento de los curas obreros en Francia y en América Latina estaban leyendo la “Teología de la Liberación” de Gutiérrez y la “Iglesia de los Pobres” y el “Jesucristo Liberador” de Sobrino.  

Todos lo conocimos por su compromiso con la defensa de los derechos humanos durante la dictadura. Sabemos que estuvo siete veces detenido, una vez torturado. Nos contó esa vez en Chulín que uno de sus carceleros se quería casar y que le estuvo pidiendo consejos. Se reía con ternura cuando contaba esa historia. Famosa es su foto en la huelga de hambre en 1978.

Obrero pintor, pastor, hermano, vecino, misionero, músico de procesión y sacerdote. Con su muerte y con la de don Pepe Aldunate hace unos meses, siento que se muere una parte de la historia de Chile y una parte de la iglesia.  Una que amamos, en la que hemos creído y que nos ha inspirado.  Y que un inmenso bien le ha hecho a nuestro país.

En el contexto de las democracias posliberales, en sociedades fragmentadas y diversas, el cristianismo sigue teniendo mucho que ofrecer cuando es un testimonio vivo del evangelio de Jesús. Mariano no fue un activista, fue un hombre que creyó que seguir a Jesús era sinónimo de ser hermano de los pobres y amigo de los perseguidos. Ese fue su secreto.

En medio de tanta pelotera, cuánta falta nos hacen personas como él. Lo vamos a extrañar.

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