Francisco Javier Diaz

Francisco Javier Diaz

Abogado y cientista político (U. de Chile, London School of Economics). Analista, columnista, ex-influencer y speechwriter profesional. Fue Subsecretario del Trabajo (2014-2018), ahora ejerce como abogado en materia laboral.

Marzo caliente

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No son pocos los que comienzan a verbalizarlo: la tregua aparente se puede terminar en marzo. De no mediar cambios profundos y reformas que duelan, marzo puede traer masivas movilizaciones. Pero el gobierno parece no entenderlo.

En su columna en el New York Times, el Presidente Piñera insiste en su discurso de la “segunda transición” que ya enarbolaba en marzo pasado… y también en el antepasado, como si aquí no hubiera pasado nada. Y que lo que está en juego, según el Presidente, es elegir entre el actual modelo económico y Chilezuela. Disculpando el anglicismo, tenemos un Presidente “in denial”.

Es cierto que el proceso constituyente iniciado formalmente ayer en el Congreso con la aprobación de la reforma constitucional, servirá de cauce político para la multiplicidad de demandas acumuladas. Por eso el paso de ayer fue crucial e histórico. Es de esperar que, poco a poco, quienes han visto con reticencia este proceso se vayan sumando. De hecho, una fuerte campaña por el “Rechazo” de parte de la extrema derecha puede terminar siendo funcional al objetivo de lograr una movilización electoral masiva.

El plebiscito de abril será un parteaguas en la historia nacional. Jurídica y políticamente, lo que emanará de allí será una orden soberana del pueblo de Chile en cuanto a poner fin a la Constitución de Pinochet. Los vericuetos jurídicos que de allí en adelante puedan esgrimirse para intentar volver a la Carta del 80 serán estériles. El mandado del pueblo se hará claro en abril de 2020 y no existirá posibilidad de volver atrás. Podrán intentar boicotear una nueva Constitución, pero si se gana claramente el primer plebiscito, no podrán impedirla, solo retrasarla.

Para que el itinerario constituyente cumpla con su rol de cauce, se requiere el compromiso de los actores políticos y sociales, y especialmente del gobierno. Amplio debate en todo Chile, discusión, diálogo, generosidad en las posturas. El gobierno no debe intentar sacar ventajas pequeñas.

Junto a ello, es necesario también al menos un itinerario de reformas, algunas simbólicas y otras muy concretas.

De partida, perfeccionar la representatividad de la convención constituyente, con las reformas en materia de pueblos indígenas, participación de independientes y paridad. Esta última puede ser la primera gran prueba para no llegar al temido marzo caliente. Hay que recordar las centenas de miles de mujeres que coparon la Alameda el 8 de marzo pasado. Si no hay novedades en materia de paridad constituyente, la convocatoria pudiera ser incluso mayor. ¿Cuántas marchas de un millón de personas aguanta un Presidente?

Segundo, cambios profundos y reformas que duelan. Hasta ahora, lo puesto arriba de la mesa es tímido e insuficiente. La agenda antiabusos pasó sin mayor gloria, llena de tecnicismos y letra chica, al mismo tiempo que se develaba en medios electrónicos que el propio Presidente mantiene parte importante de sus recursos en paraísos fiscales sin mayor control ni transparencia. La agenda social, a su vez, ha sido solo un conjunto inconexo de pequeñas cosas, y como reconoce el Ministro Briones, a cuentagotas. No se han anunciado reformas estructurales y de hecho, el tema de pensiones parece ser aplazado hasta quizás cuándo.

Tercero, el gobierno debe esmerarse más en su gestión política. Solo en la última semana, el gobierno vio cómo iban dimitiendo figuras claves. ¿Puede renunciar el Director de Presupuestos en medio de la ley de reajuste? ¿O el Subsecretario del Interior, o el Intendente de una región, sin que medie alguna mínima explicación? A eso se suma el bochorno que significó el episodio COP 25 y la evidente fragilidad conceptual de la Ministra de Medio Ambiente. Si el gobierno no se esmera en lograr mayor orden, se le vendrá de lleno el marzo caliente.   

En definitiva, el gobierno tiene un cierto margen de oportunidad para que el proceso constituyente dé cauce a las demandas ciudadanas. Pero deberá esforzarse mucho más de lo que ha hecho hasta ahora, y sobre todo, entender que su rol histórico ya no es volver a su antiguo programa, sino que aportar a la construcción del nuevo estado social y democrático de derecho que la inmensa mayoría reclama.   

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