Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Miedo y Política

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Aristóteles definió el miedo como ese dolor que se produce por la presencia de algo malo, acompañado de la sensación de impotencia para repelerlo. 

Vivimos el tiempo del miedo. El miedo a la enfermedad y la muerte, propia o ajenas. El miedo a perder el trabajo, el miedo a no saber cómo alimentar a la familia, el miedo a la destrucción del emprendimiento que tomó años de esfuerzo construir, el miedo de las personas mayores a que pasen los días perdiéndose la posibilidad de estar con las personas que quieren, el miedo de los solos a que se alargue su soledad. El miedo ante la incertidumbre. El miedo a gastarse los ahorros y quedar a la intemperie. El miedo al contagio o a contagiar a otros. El miedo inconcebible a la pobreza como canta el Gitano Rodríguez en la entrañable “Valparaíso”. 

El miedo no empezó con esta pandemia. Sabemos que es la emoción más temprana en la vida humana y la más compartida con el resto de los animales. El miedo revela nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia de otros, nuestra vinculación con cosas que están fuera de nosotros y que no podemos controlar. El miedo no es solo la angustia ante el peligro que acecha. Es también la sensación de impotencia para enfrentarlo.  Impotencia que es peor que el peligro mismo. Es el no poder; el no tener los recursos para enfrentar lo incierto. Los personales y los materiales. 

Y el miedo es el peor caldo de cultivo para la peor política. El miedo produce enemigos. Y los enemigos conducen a la política de las emociones. El miedo exige respuestas autoritarias, voces fuertes, golpes en la mesa. El miedo demanda convicciones, frases duras. El miedo crea la expectativa de personas fuertes, que ofrezcan soluciones inmediatas a lo que sabemos que no tiene solución inmediata. El miedo no admite más preguntas y le deja poco espacio al imperio de la razón. El miedo se aminora si hay alguien con claridades suficientes a quien seguir. A quien entregarse. Alguien que acorrale de una vez por todas la incertidumbre. El miedo es el caldo de cultivo para los populismos. 

No hemos vivido un peor momento político desde el retorno a la democracia que este. La discusión en la Cámara de Diputados acerca de la idea de legislar el retiro del 10% de las pensiones fue prueba de ello. De la peor política. 

Beatriz Sánchez –atenta a tanto miedo- sacó un tuit que decía: “Hoy es el día. Hoy vamos a ver quién es quién, en la Cámara de Diputados. Con la votación para sacar el 10% de nuestra plata de las AFP, vamos a saber quién está por salvarle el negocio a las AFP y a los grandes grupos económicos de Chile… Y quién NO.”

No importa que el proyecto haya sido malo. No importa que este proyecto no toque a las AFP –porque la comisión la cobran al momento de cotizar y no de administrar o retirar–. No vale una política de las razones y la argumentación. Vale la arenga maniquea. Dividir el mundo entre buenos y malos. Entre leales y traidores. 

Hay que llamar a las cosas por su nombre, decir las cosas como son. Son algunos de los mantras que repiten políticos una y otra vez. Hasta el hartazgo. 

Pero el miedo no solo transforma el pánico y la impotencia en la culpabilización del otro diferente. No solo conduce a una política de la permanente “alterización”. No solo es el poderoso combustible político que lleva a la xenofobia, al asco, a la idea de un muro y al triunfo de Trump.  El miedo también paraliza. Deja helado. Entumece. Y así como hemos visto el populismo de las convicciones claras y de las cosas dichas como son, también hemos visto un gobierno que se entumeció. Y que de entumecido que está por el miedo, ha llegado tarde a todo. Tanto a las medidas sanitarias como a las económicas. 30 años de ahorro y otros tanto de regla fiscal como preparación para un momento como este. Y terminamos, sin embargo, en la discusión de las pensiones. Un gobierno que de entumecido ha sido incapaz de comprender el país que gobierna. Porque no tiene las categorías culturales para hacerlo. Un gobierno sin lenguaje social para entender la pobreza, la postergación, las demandas identitarias, el origen de la violencia.

De seguir así las cosas –en el océano del odio y la parálisis– el panorama político no es muy auspicioso. Y vamos a terminar en una elección presidencial de extremos. De slogans, frases manidas, manipulaciones y populismos.  Si la sensación de impotencia frente al control de la propia vida sigue aumentando, vamos a terminar votando por la primera persona que golpee la mesa.  

Esta era la hora para la mejor política. Y estamos fracasando. 

Foto: Imagen de “Medusa” de Caravaggio (1596)

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