Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Miedo

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Hace varios años decidí que tenía el derecho a declararme fóbica social y desde entonces voy por la vida con ese rótulo autoimpuesto sin que se me arruguen las ganas ni me persigan las culpas. Fóbica social a mi manera, claro está: no asisto a comidas con gente que no conozco, no voy a inauguraciones repletas de personas que circulan con cara de foto para páginas de un diario, no piso embajadas y trato, salvo excepciones, de no salir de noche. Me da sopor la vida social como un deber ser, y detesto profundamente a aquellas personas que son verdaderos profesionales de las fiestas y de la conversación forzada, esa que está escrita como un  manual en el que uno conoce las respuestas antes de que se hagan las preguntas. La gente que me conoce sabe que sacarme de mi casa es casi más difícil que meter un elefante en una caja de fósforos, sin embargo nunca he tenido problemas con los y las indispensables de mi vida por este repliegue voluntario.

Hasta ahora.

Cuando estalló el país el pasado 18 de octubre mi fobia sufrió su primer tambaleo. Si bien mi casa me siguió pareciendo la guarida perfecta para acomodar el desorden de miedos, alegrías e incertidumbres que me sacudieron como a tantos y tantas, el sube y baja de arrebatos emocionales me obligó a abandonar mi madriguera porque necesitaba reconocer mis angustias caminando a la par con las de otros. Entre cigarros, cafés, conversaciones trasnochadas y marchas, volví a ver a quienes hacía años no veía, y cada encuentro y reencuentro comenzaba y terminaba en un abrazo, probablemente el gesto simbólico más elocuente de todos. Los abrazos cobijan, calman, te dicen que no estás sola; el gesto atávico de quien fue niña e hizo de los brazos de los padres y  los abuelos la mejor casa de muñecas contra los terrores. El blindaje que susurra que estás a salvo; el caparazón con fuerza de ariete. La calma.

Han pasado cinco meses de ese octubre y hoy mi vida y la del resto de los chilenos y chilenas no se parece en nada a lo que ninguno de nosotros había imaginado en nuestras fantasías por más diabólicas que fueran. La rudeza ya no anda vestida de fuerzas especiales ni bombas lacrimógenas asesinas, sino que es un enemigo invisible que muta y avanza como la Gran Ola de Kanagawa. Un adversario  que nos hace sospechar del que tenemos al lado, al frente y atrás, y que nos convierte a todos y todas en potenciales portadores de la mala nueva.

Ya no hay abrazos para el miedo porque los abrazos dejaron de ser los muros de contención y se convirtieron en enemigos repelentes, y para muchos se acabaron los encuentros casuales porque la casualidad se transformó en una pésima noticia. Ahora nos vemos a través de pantallas de computadores o celulares y nos mandamos besos con los dedos porque tampoco estamos dispuestos a poner los labios sobre una superficie dudosa. Fijamos citas virtuales como si estuviéramos viviendo en el futuro y no quedara tiempo para hacerlo en persona. Pero no estamos en el futuro y lo que a muchos nos sobra en el día es tiempo, a pesar de no saber cuánto tiempo nos queda.

La incertidumbre es una hiena cabrona. Chilla en las noches como si anunciara la desgracia y parece estar siempre riéndose de nosotros. La incertidumbre paraliza como la pena porque no ofrece soluciones ni resguardos: es y punto.

Y así estamos.

¿Pudo esta pandemia haber sido distinta en Chile?, sí y negarse a verlo es cerrar los ojos con obsecuencia cómplice. La indolencia e intereses económicos de un Ejecutivo más preocupado de salvaguardar sus inversiones que de proteger la vida de los ciudadanos fue más fuerte. La impericia casi criminal de un gobierno que le ha hecho caso a su 6%,  obviando irresponsablemente a un país entero. Algún día se sacarán esas cuentas y se cobrarán las facturas que hoy quedan como pendientes. No sabemos quiénes lo harán porque no sabemos quiénes estarán en condiciones de hacerlo.

Mi fobia social sigue intacta en teoría pero completamente arrasada por la cotidianeidad que me aísla como imperativo de sobrevivencia. El calvario de la hipocondríaca aterrada convertida en la versión femenina de Martín Romaña, pasando de la exageración al paroxismo.

No sé cómo serán los ejercicios que permitirán vencer la sospecha ni soy capaz de imaginar el esplendor de mañana. Solo sé que no seremos los mismos que fuimos y que nos olfatearemos como animales un buen rato hasta que reconozcamos que estamos ante la misma especie, y hasta que tengamos la certeza de que en la cercanía que algún día regresará, no viene una bala camuflada.

Pero ese tiempo no ha llegado aún. Mientras lo espero con los dedos llenos de jabón, solo pienso que me gustaría tener 9 años y estar con mi mano de niña bien agarrada de la mano de mi mamá, ese territorio infinito que siempre me ha protegido sin fecha de vencimiento.

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