Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Nadie nos va a revelar el futuro

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Por estos días, todos necesitamos imaginarnos un futuro. Se ha vuelto un desafío hacerlo. La realidad nos ha dejado pasmados superando nuestras peores pesadillas y prolongando por meses esta situación inédita de encierro, enfermedad y muerte. La pelea de los números y las estrategias, fundamental para saber dónde estamos parados y cómo enfrentar la pandemia, enciende una contingencia que dificulta que nos conectemos con la entidad de lo que estamos viviendo, que es la constatación palmaria de lo frágiles que somos y de lo mucho que lo hemos ignorado en nuestra forma de mirar la vida, de relacionarnos con la naturaleza y de tratarnos unos a otros.

Nadie estaba preparado para un desafío de la magnitud del que tenemos al frente, y hasta la más prolija de las estrategias hubiera estado expuesta a fallas e inconsistencias. Sin embargo, la terrible situación a la que hemos llegado no era inevitable. Hubo muchos momentos en que se pudo tomar un camino distinto, pero se prefirió reafirmar la decisión gubernamental en lugar de enmendar. Cerrarle la puerta a las opiniones críticas y descalificar como mal intencionadas todas las advertencias fue la ruta segura del fracaso. Por eso, se puede afirmar que el mayor error del gobierno de Chile no ha sido equivocarse, sino descansar en que no lo haría.

En el camino, confiados como nadie en sus capacidades y convencidos de la excelencia de su gestión, nuestros gobernantes han sido incapaces de ver dónde están las verdaderas fortalezas con que contamos para enfrentar esta crisis: en lugar de evocar una guerra inexistente, lo que necesitamos es asumir que estamos ante un desastre, de esos que hemos tenido siempre, porque de tanto tropezarnos con las desgracias que nos trae la naturaleza, hemos aprendido a enfrentarlas, a apoyarnos entre todos y levantarnos una y otra vez. Nuestra sólida tradición sanitaria es también un recurso vital en este momento, y su fortaleza no se basa en la sofisticada tecnología de sus camas críticas, sino en sus estrategias de salud pública, esas que nos permitieron enfrentar la mortalidad y la desnutrición infantil, esas que nos disciplinaron para encarar el cólera y que se basan en los consultorios de barrio, en los controles periódicos y en las medidas de autocuidado. Y también tenemos la fortaleza de nuestros ahorros y de nuestra trayectoria de responsabilidad fiscal, tantas veces criticada pero clave a la hora de enfrentar situaciones como la crisis económica del 2008 y la pandemia actual. Con esas reservas, Chile puede sostener las necesidades básicas de la población durante el confinamiento, y contar con una base sólida de recursos para facilitar posteriormente la reactivación y la recuperación del empleo.

A pesar del rotundo fracaso que tuvo la estrategia inicial del gobierno, Chile no está desvalido para hacer frente a esta situación, y en estos días tenemos una oportunidad para hacerlo mejor. En las semanas que vienen, todo se juega en hacer cuarentenas efectivas, apoyando de verdad a las familias para que puedan quedarse en su casa y mejorando significativamente nuestra capacidad de detectar a tiempo los casos, trazar sus contactos y aislarlos. Sólo así bajaremos los contagios. Allí está la urgencia de hoy, pero las incertidumbres de estos días ya se proyectan hacia el futuro. Ni el más optimista de los pronósticos niega que las secuelas de la pandemia nos acompañarán al menos hasta el 2022, que seremos más pobres por un tiempo, que tendremos que revisar muchas cosas y cuestionarnos nuestras prioridades.

Se ha vuelto común hacer pronósticos sobre el futuro. En las conversaciones familiares, en los zoom con conocidos, amigos y colegas, y en los artículos de opinión de filósofos, politólogos y científicos, cada quien hace sus apuestas. Algunos dicen que nada cambiará. Otros afirman que esto será el golpe de gracia al capitalismo, a la globalización, al consumismo. No faltan los que ven venir un amenazante Leviatán, que nos controlará en todo momento, limitará nuestras libertades y hará del miedo nuestro principal combustible. Elucubrar sobre el futuro ante un descalabro como el que tenemos al frente es casi inevitable, sin embargo, la historia reciente nos ha enseñando que nuestra capacidad de hacer pronósticos certeros es cercana a cero. Mas valdría que tuviéramos la humildad de reconocerlo, y en lugar de anticipar qué va a pasar, gastáramos nuestra energía en pensar qué queremos que pase, qué necesitamos y qué sería bueno para nuestro país. Y aquí no podemos cometer el mismo error que el gobierno. Nadie tiene la llave de ese futuro, y aunque la tuviera, nadie tiene el poder de hacerlo realidad por sí solo, con los suyos, con su tribu, su lote, su partido o su sector. Qué sea del futuro dependerá de conversaciones y decisiones colectivas, que ojalá sean lo más amplias posibles. Dependerá de las ideas compartidas que instalemos en la sociedad, la lectura que hagamos de lo que pasó, las prioridades que fijemos en el horizonte. Y esa disquisición sucederá paralelamente a nuestra discusión constitucional.

Decíamos que la pandemia es más un desastre que una guerra, pero cuando termine tendremos frente a nosotros un panorama similar al que han tenido otras sociedades en otros tiempos después de un transe bélico, de una gran convulsión o una crisis. Son momentos en que se trazan líneas que marcan el futuro y nadie nos va a revelar cuáles serán. Y las estamos comenzando a definir desde ya.

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