Felipe Vasquez

Felipe Vasquez

Penquista instalado en Santiago hace más de 15 años. Periodista de la U. de Concepción y Magister en Ciencia Política de la U. de Chile. Me he movido por el servicio público, como consultor estratégico, en el sector privado y el mundo de las ONG. Tuve la oportunidad de colaborar en la entonces Secocu del Gobierno del Presidente Lagos -que de hecho fue mi primer trabajo- y en la Secom de las dos administraciones de la Presidenta Bachelet. Además, como asesor de contenidos en el Ministerio del Interior, en el inicio del segundo mandato de la Mandataria. Cuando el Campanil gana, el ‘pan francés’ es más crujiente. Todo parte con Los Beatles.

No pisar el palito

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Parecía evidente que iniciada la campaña del Plebiscito del 26 de octubre, la búsqueda de liderazgos presidenciales que encabezaran mediática y políticamente este proceso, se iba a desatar. No sólo por lo trascendental y única que tiene esta elección en nuestra historia democrática, sino también porque los habituales ‘tiempos electorales’ así lo determinan. Poco más de un año antes de los comicios presidenciales suele haber bastante claridad de cuáles serán los principales candidatos e incluso, cuál es el potencial ganador.

Todo ello era previsible. Casi matemático.

Con las cartas prácticamente jugadas en la derecha, en el extremo con José Antonio Kast y desde la UDI, con un Joaquín Lavín incombustible arriba en las encuestas –pero no con esas mayorías a las que estábamos acostumbrados hasta 2010-, el ojo evidentemente se iba a poner en la oposición.

Ese amplio espectro del arco político que hoy agrupa a los que se oponen al actual gobierno llevaba casi dos años con la brújula perdida, sin poder capitalizar el rechazo que hoy provoca en la ciudadanía la gestión del Presidente Piñera y sin un liderazgo que emergiera con fuerza.

El acuerdo de noviembre de 2019 que permitió el camino constituyente que está partiendo no fue la ocasión. Desde el PC y otros sectores de la izquierda criticaron el pacto político, que por cierto incorporó también a la derecha, transformándose por cierto –y bienvenido sea- en un acto republicano, más que el de un espectro político específico, por más que éste haya sido su principal impulsor.

La campaña por el Apruebo era la nueva oportunidad para mostrarse unidos. Los sectores de la izquierda que se habían restado del acuerdo de noviembre ya se habían sacudido de su decisión, subiéndose a los llamados a aprobar el proceso constituyente. La épica de la campaña única del 88, todos detrás del No, volvía a resonar. Pero nuevamente se farrearon la chance. Cuatro comandos distintos, cuatro campañas, cuatro franjas.

Vino la pandemia y con ello la suspensión del Plebiscito. Lo mejor que lograron estos cuatro comandos fue anunciar que iban a trabajar de manera coordinada. Pero de unidad en la oposición, ni hablar.

Y casi como caído del cielo -esta vez sí capitalizando la desastrosa gestión en materia de ayudas sociales y económicas para paliar los efectos del Covid- vino el proyecto de retiro del 10% de las AFP. Por fin apareció esa oposición que tanto estábamos esperando, actuando como el bloque que hasta ahora no había sido ni querido ser. El resultado todos lo sabemos: uno de los golpes más duros que un Congreso le haya propinado a un Presidente, con el apoyo incluso de parte importante de su sector, obligándolo a promulgar una ley que jamás hubiesen querido que existiese.   

Todo parecía ir viento en popa, era sólo cosa de administrar con inteligencia política esta inercia para iniciar un verdadero trabajo que tuviese como objetivo final que la derecha no consiga un segundo periodo consecutivo en La Moneda.

Para eso era fundamental coordinarse de verdad de cara al Plebiscito y sólo poner los esfuerzos en conseguir un triunfo contundente del Apruebo y la Convención Constituyente, dos elementos que agrupan con holgura a la oposición. En un acuerdo, que parece que fue más tácito que concreto, esta nueva oposición organizada priorizó por sobre todo y como debía ser el Plebiscito, decidiendo postergar para después cualquier decisión o definición presidencial. 

Pero nuevamente no pudieron. La tentación fue más grande y pisaron el palito.

Primero fue el Frente Amplio -con un anuncio que rápidamente trataron de morigerar dada la avalancha de críticas recibidas desde la oposición por lo inoportuno- señalando que como bloque iban a llevar candidato presidencial a primera vuelta, echando por tierra la posibilidad de una primaria opositora en la que por supuesto ellos participaran. Todo podría haber quedado ahí, pero desde la ex Nueva Mayoría tampoco lo hicieron mejor. A los pocos días, el presidente del PPD y por cierto presidenciable, Heraldo Muñoz, señaló que veía poco posible una gran primaria de la oposición, extendiendo aún más la polémica.  

En medio de esto, desde la derecha, el candidato Lavín de manera muy hábil coloca una cuña en la centroizquierda, diciendo que él abraza ahora la socialdemocracia, ante el estupor de muchos. Y la réplica vino desde la misma UDI, con una ahora presidenciable Evelyn Matthei, señalando que ella más que socialdemócrata, se sentía cercana a Merkel y Macron, dos referentes del socialcristianismo y del liberalismo europeo que bien poco tienen en común con lo que representa el gremialismo. Y la oposición, principalmente la ex Nueva Mayoría donde se instalan estas cosmovisiones, casi impávida, no ha sido hasta ahora efectiva en explicar –cosa que jamás debiese haber estado en duda si se hubiese hecho la pega antes- por qué la socialdemocracia o las miradas que tienen los gobernantes de Alemania y Francia son parte de un ideario de centro izquierda y no de derecha.

La fragmentación y falta de coordinación y disciplina que ha mostrado la llamada oposición es caldo de cultivo para que las transformaciones que el país necesita nuevamente no ocurran y que podamos terminar con una derecha usando el veto de los 2/3 en la constituyente para mantener el status quo, con sendas victorias en las elecciones de gobernadores regionales, alcaldes, municipales y parlamentarias, y extendiendo por cuatro años más su estadía en Palacio.  

Existen momentos en política en que los gustitos personales y partidistas deben dejarse de lado en pos de un bien superior. Hoy es uno de esos y la centroizquierda e izquierda lo saben. Chile está iniciando un camino de transformación esperado por cuatro décadas que requiere dejar de lado los egos y el camino propio para conducirlo de la mejor manera, por el bien del país y sus ciudadanos. A no seguir pisando el palito.

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