Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

¡No se puede abrir!

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Podría haber sido una anécdota más, en un tiempo de normalidad de mal gusto como muchas, pero una más.

Podría haber sido uno más de los desatinos a los que nos tiene acostumbrados. Los errores no forzados que nos recuerdan su incapacidad de darle dignidad a su cargo presidencial, de no medir las consecuencias de la carga simbólica del cargo, como cuando aterriza en su helicóptero en cualquier parte por quedarse sin combustible o se fotografía en plena cuarentena en Plaza Italia, según él, para saludar a militares inexistentes, posando para una foto cuyo significado no entendió hasta que se lo explicaron.

El funeral de don Bernardino podría haber sido eso: un funeral más, en tiempos que abunda el horror, la pena y la muerte camina por las calles. Era un hombre de 104 años dirán algunos.

Al mirar el video aquél, el Presidente apurando a una mujer que duda en levantar la tapa del ataúd de don Bernardino para alabar el bello traje que llevaba puesto “porqué don Sebastián quiere verlo”, como un monarca absoluto que dispone, recordé uno de esos gags de lo absurdo, todo era un poco raro, la estética, los movimientos y comentarios de los presentes, la música en el último rito filmado del ex arzobispo, me trajo a la memoria a “Mediomundo” el programa del teatro del absurdo de Münchmayer, Rillón y Julio Jung.

Hasta ahí era algo medio macabro y tragicómico, será por mi aversión brutal a cajones, funerales y ver a un muerto dentro de un ataúd, algo que me da una sensación entre risa nerviosa, torpeza y horror ante un ser de cera que ya no está ahí.

De hecho mis instrucciones son claras y ya están escritas, antes de cualquier cosa, un féretro cerrado sin vistas a nadie o con vistas al mar, entre el cielo y el mar como diría Joan Manuel Serrat.

Hasta ahí bien. Pero a los pocos minutos y al ver el mensaje de un amigo que recientemente perdió a su padre por Covid-19, de manera abrupta, inesperada que decía “a mí padre lo pudimos enterrar 5 personas, no pudimos verlo, tocarlo y menos vestirlo” comenzó a crecer mi malestar.

Cuando al otro día temprano escuché a la subsecretaria de Salud decir que “se había cumplido el protocolo 100%” en el funeral “porque el ataúd estaba sellado aunque tuviera vidrio” mi indignación comenzó a crecer por la mentira que hay tras esas palabras.

Cuando se publicó el video completo y el propio Presidente reconoce que su tío Bernardino: sí al mismo que le alababan el último traje al abrir la tapa del cajón, había muerto “de una enfermedad que ha hecho sufrir a tantos”, esto es de Covid, mi exasperación mutó en rabia, esa que produce la mentira y la injusticia.

Luego cuando Herman Chadwick, el propio, el otro primo, dijo que eran solo 20 personas y el periodista le recordó que eran más ya que había dos fotógrafos y músicos, él conocido primo contestó: ¡Ah pero esos no valen! Ahí herví.

Revisemos el punto y perdonen que me ponga latero. El Ministerio de Salud y el gobierno mienten en este episodio, como ya nos hemos acostumbrado lo hagan en otros momentos de esta pandemia.

En Chile, si te mueres con o sin pandemia, en tiempos de paz o de guerra, por enfermedad, vejez o un accidente, tu ataúd estará siempre sellado. No es algo nuevo, es una norma del Reglamento de Cementerios de 1970 en su artículo 51: “Sólo se permitirá la sepultación de cadáveres colocados e urnas herméticamente cerradas”.

Todos hemos pasado por ese mal rato con algún familiar, del cual yo arranco cobardemente para “encargarme de los papeles” por mi aversión a los ritos mortuorios de los que les conté.

Llega la funeraria se pone al muerto vestido dentro y se sella, ello no impide que uno pueda ver al fallecido -cosa que jamás hago con mi cobardía- a través de un vidrio que se encuentra sellado al igual que el resto del féretro. Distinto es cuando producto de un accidente o una enfermedad, aparte del sellado se cierra el vidrio y se cierra completamente el ataúd donde no puedes abrir la tapa del mismo por razones obvias. En ambos casos el cajón está herméticamente cerrado. Excúseseme de tanto detalle macabro, pero es relevante para el punto.

Cuando se dice que el cajón de don Bernardino estaba sellado y se cumplió el protocolo mienten. Que los Piñera se apuren en abrir –con mucho más gente alrededor- que las 5 o 6 personas que se autoriza a muchas familias de a pie –no del Presidente de Chile- que por éstos días entierran muertos en la soledad de un cementerio, sin cuartetos de cuerdas, ni aperturas de tapa para ver al fallecido se ha incumplido gravemente la norma.

Sí, si don Bernardino murió de Covid –como reconoce el certificado de defunción y las palabras del Presidente- como lo señala el Instructivo del Ministerio de Salud para el caso, no habría posibilidad de abrir para verlo a través del vidrio sellado, ni traje que alabarle, ya que debería estar en una bolsa mortuoria de las tantas, en que tantos van hoy, y que se compran por miles en licitaciones públicas. Su cajón debiese estar completamente cerrado y lo del domingo fue un incumplimiento triple de las normas que se imponen a todos los chilenos; La cantidad de deudos, la apertura del cajón y la falta de bolsa mortuoria para el cadáver.

Lo que hay tras las palabras de mi amigo y de casi 7.500 chilenas y chilenos, es la indignación contra un mínimo civilizatorio que la sociedad moderna ha desarrollado con afán, no sin retrocesos y dolores, y es el hecho que los ciudadanos en una República somos iguales ante la ley, esto es, que los efectos de la misma no reconocen grupo privilegiado, personas que en razón de sus cargos ya sean Presidentes de la República o concejales en patineta, sin salvoconducto un domingo, puedan ponerse por encima de la misma y la aplicación de ésta es igual para todos.

El daño frente a la violación de ese principio esencial en una democracia tiene características brutales y altamente perniciosas frente a los ciudadanos, el cumplimiento de las normas y la confianza en el sistema, algo que hoy es doblemente o exponencialmente serio. Lo que el Presidente hizo representa de una manera patente el problema de legitimidad de la elite chilena, su accionar no lidera por medio del ejemplo, del cumplimiento de la norma, ejercen por medio de la autoridad como derecho divino por sí y ante sí, nada más.

Por éstos días en que vemos funerales con “características distintas”, tristes, sin el cariño que cualquier persona quisiera darle en el último adiós a un ser querido, asistimos a piruetas en patinetas de autoridades sin permisos, en un momento en que la credibilidad, la transparencia apuntan a la crisis del Estado de Derecho y sus instituciones fundamentales, lo que ocurrió ayer con el Presidente de la República no es un detalle, no es una humorada, es grave, disminuirlo, disfrazarlo, atenuarlo y ocultarlo es un intento más por acallar lo obvio y lo evidente, el Presidente siempre debe jugar al límite, las normas son para otros no para él. Ya habrá alguien que se inmole explicando sus conductas que se apartan de la norma.

Si a lo anterior le sumamos cartas laudatorias –en medio de la peor pandemia en un siglo- a quien condujo una estratégica por ex autoridades que lo tratan de “Jaime” como un amigo, como un igual, uno más del club exclusivo en que las normas son para los otros, no para nosotros, la rabia aumenta y las palabras falaces y la acciones destruyen la confianza en el sistema, desprestigian la función pública y la constituyen en un grupo de amigos que hace y deshace frente a nuestros ojos.

¿No fue esto precisamente lo que los chilenos redujeron a una palabra hace unos meses?

¿No es la dignidad del trato, propio de una democracia, la sobriedad de la misma lo que los chilenos pidieron a gritos durante meses?

¿No es más que una sola petición de igualdad de condiciones económicas o de oportunidades, algo incluso más simple, que seamos tratados como iguales, que podamos nacer en condiciones similares, ser educados con oportunidades análogas para desarrollar nuestros talentos más allá de la cuna?

¿No han entendido nada?

¿Aún no entienden el reclamo del privilegio?

Pareciera que no, por ahora, como parte de un inconsciente de clase y privilegio, y usando la maquinaria comunicacional del gobierno continúan mintiendo para recordarnos las palabras de Benito Juárez; “A los amigos, justicia y gracia, a los enemigos la ley a secas”. 

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