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Nuestra hora más oscura

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La pandemia ha golpeado a Chile, y especialmente a los más pobres, con muerte y desolación. La arrogancia y falta de transparencia con que se ha conducido la crisis nos revelan una cifra cercana a los 250.000 contagiados, más de 4.300 chilenos fallecidos, los que horrorosamente y ante el estupor de todos, han aumentado a una cifra de 7.364 personas muertas producto del COVID-19 en su paso por Chile y de un nuevo reconteo de las autoridades sanitarias. Las comunas con mayor hacinamiento y pobreza registran un alto número de chilenos muertos, ya no en las UCI prometidas, sino en pasillos de centros de atención primaria.

Nos encontramos en un punto crucial, ante una cifra de contagios que llega a niveles mundiales y que demuestra el fracaso de la estrategia impulsada por el gobierno. La oposición, los centros de estudios, los alcaldes y las sociedades médicas y científicas, advirtieron la necesidad de mejorar la trazabilidad y el aislamiento de los contactos de los contagiados, y no fueron oídos.

El cambio de ministro ha significado la tibia esperanza de una nueva estrategia que pareciera tensionar al gobierno porque ha quedado expuesto en su fracaso. La apuesta ante la debilidad que arrastraba desde octubre por encontrar, en el buen manejo de esta crisis, fue el todo o nada, la palanca para salir del atolladero de la profunda falta de credibilidad que venía arrastrando desde el estallido social, ello luego de las mayores protestas sociales desde la recuperación de la democracia.

El gobierno se apuró en transmitir que había un conflicto entre las estrategias que apostaban a frenar los contagios en forma drástica y la necesidad de mantener funcionando la economía, y optó por medidas de mediana intensidad, cuarentenas móviles y apresurados intentos de volver a la normalidad.

Se señaló muchas veces que para tener cuarentenas más firmes se debían asegurar ingresos suficientes a las familias. El gobierno se negó. En cambio, impuso el veto presidencial para reafirmar su propuesta del Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), y cuando se vio rebasado por cifras económicas que recordaban la crisis de 1982, se siguió resistiendo a aumentar más el gasto público, ignorando nuevamente la voz de los expertos.

Mientras algunos celebraban como “halcones” el triunfo pírrico de un veto, se realizaron diversos intentos desde la sociedad civil y el mundo político para proponer un camino alternativo de apoyo las economías de las familiares, hasta que el Colegio Médico logró concordar con un grupo transversal de economistas una propuesta concreta que abrió el camino para reponer la discusión.

El debate por el marco para el gasto público y el aumento del IFE se tomó la agenda, mientras el gobierno se apuraba en aceptar de manera tácita (jamás explicita) su error repartiendo cajas de mercaderías, en la más impúdica operación de lavado de imagen que se recuerde. Finalmente, se logró acordar con una parte de la oposicion un Plan de Emergencia para la pandemia.

No fue sino el periodismo independiente y la sociedad civil lo que hizo caer el “castillo de naipes”, para usar la propia metáfora del ex ministro de Salud, de una estrategia fracasada. Efectivamente, las investigaciones de la periodista Alejandra Matus y el trabajo de la Fundación Espacio Público fueron factores clave para que se comenzara a conocer la verdadera profundidad de la pandemia en nuestro país. Nuevamente la realidad nos golpeo en la cara y nos dimos cuenta que el oasis del que nos hablaba el Primer Mandatario antes del estallido social, no era más que un espejismo.

Hoy el escenario es complejo e incierto, especialmente en las Regiones Metropolitana y de Valparaíso, donde se concentra gran parte de los contagios. 114.000 empresas continúan funcionando bajo el rótulo de estratégicas, lo que significa el movimiento, en Santiago, de 2,3 millones de personas en una urbe donde habitan 7,1 millones de habitantes. La mayoría de las comunas siguen presentando niveles de movilidad superiores al 60%, mientras la economía muestra su debacle en una pandemia que no cede.  

A estas alturas, habiéndose logrado un esquema más sólido de apoyo a los ingresos familiares, todo se juega en incrementar significativamente la capacidad de trazabilidad y aislamiento de los contagiados y sus contactos, involucrando activamente a la atención primaria de salud y a las comunidades, al mismo tiempo que reduce al máximo la movilidad.

Paradojalmente, resultó que la dicotomía que originalmente planteó el gobierno era justamente al revés: sólo con medidas sanitarias profundas y drásticas se podían contener las consecuencias económicas y sociales de la pandemia.

El nuevo ministro tiene poco tiempo para decidir la nueva estrategia lo que es claro, es que Chile no puede seguir esperando.

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