Sergio Espejo

Sergio Espejo

Abogado Universidad de Chile y Master en Políticas Públicas de la Universidad de Harvard. Ha sido Diputado, Ministro de Transportes y Telecomunicaciones y Superintendente de Electricidad y Combustibles. Enseña políticas públicas en la U. de Chile, integra el consejo académico asesor del programa de medio ambiente de la facultad de Derecho UC y es decano de Ciencias Jurídicas y Sociales de USEK. Abogado socio de Aylwin y Compañía y consultor internacional.

Nuestro cisne negro

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Hace poco más de 20 años Nassim Taleb publicaba “El Cisne Negro”, un ensayo sobre lo que llamó “el impacto de lo altamente improbable”. Chile se encontró, en octubre de 2019,  con su cisne negro. El problema es que todavía no lo reconocemos.

El libro de Taleb nos muestra como, con cierta frecuencia, enfrentamos eventos que reúnen tres requisitos: son altamente improbables, poseen tremendo impacto en nuestra vida y están sujetos a la denominada predictibilidad retrospectiva. Es decir, si bien somos incapaces de anticiparlos, una vez que se producen pensamos que era lógico que ocurrieran.

¿Podría aplicarse mejor a lo que estamos viviendo?

Si bien la sorpresa fue la tónica de lo que experimentamos los chilenos al desatarse la furia dirigida, primero contra estaciones de metro en Santiago y luego contra centros comerciales, mobiliario e instalaciones públicas e incluso contra pequeños comercios en múltiples lugares del país, las explicaciones simples y rápidas se sucedieron.

Son delincuentes, sostuvo el ministro del interior, y respondió a través del uso de la fuerza policial y militar. Con el aval del Presidente de la República, por cierto. Es la desigualdad, sostuvieron otros, mientras agregaban que lo habían anunciado y se veía venir. En realidad es el conjunto de abusos que ha experimentado la población, plantearon quienes miraron hacia la banca, las farmacias, los productores de papel higiénico o de pollos y otros abusadores compulsivos como la causa última del estallido social.

Poco a poco cada uno ha hilvanado su particular explicación, blandiendo la bandera mapuche como símbolo del respeto negado a los pueblos originarios, la molestia de pagar un tag en autopistas concesionadas, la urgencia de modificar la constitución para construir una casa que pertenezca a todos, la necesidad de respetar a las minorías sexuales, la molestia por el monto de la dieta parlamentaria, la demanda por ciclovías y la crisis de expectativas que provoca la modernidad capitalista.

Y mientras cada una de esas causas, de relevancia y valor público disímil se expresan, la euforia va cediendo paso al esfuerzo por construir una conversación política entre iguales, los ciudadanos, que debe dar paso a una nueva constitución. A políticas públicas que se hagan cargo de necesidades impostergables, en materia de pensiones, salarios y medicamentos. A la evidencia de que la destrucción afectó como siempre a los más pobres y a los sectores medios, a quienes necesitan del transporte público que fue vandalizado y que deben continuar desplazándose entre sus lugares de trabajo y hogares en condiciones particularmente difíciles. 

Mientras muchos confiamos en que este momento de parto puede dar vida a un país mejor, sólo mentes inocentes (siendo generosos) pueden dejar de interrogarse por las razones subyacentes y múltiples de este estallido, por la forma en que el desprestigio de todas las instituciones que tradicionalmente contribuían a ordenar nuestra convivencia, ha impacto en la dificultad para construir una ruta de salida, por la ineficiencia y descontrol policial y la forma en que grupos políticos organizados y el Narco han actuado durante estos días.

Peor aún, ¿cómo reconstruir la convivencia democrática entre muchos que parecen simplemente no creer en ella? ¿Cómo dar vida a la confianza sin la cual el diálogo y la persuasión parecen estériles y sólo resulta atractivo el recurso a la fuerza? ¿Cómo convertir la dignidad en el trato que deben brindar las instituciones públicas, así como el respeto que nos debemos entre iguales, en valores ordenadores de nuestra vida en comunidad?.

El cisne negro está aquí. Nuestras respuestas hasta el día de hoy resultan insuficientes. Por más esfuerzo que hagamos en construir una narrativa sobre lo que estamos viviendo y plantear sesudas explicaciones, la verdad es que estamos todavía a ciegas.

Y es mejor reconocerlo. Como dijo Taleb, la lógica del cisne negro vuelve más importante lo que no sabemos que lo que sabemos. En reconocerlo está la verdadera humildad e inteligencia. Aquellas que nos permitirán vencer el miedo a construir un futuro cuyos contornos están todavía por definirse.

Nota: Mi gratitud a Jaime Binder, amigo en la lejanía, quien me recordó el valor del Cisne Negro cuya existencia nos negamos a reconocer.

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