Felipe Vasquez

Felipe Vasquez

Penquista instalado en Santiago hace más de 15 años. Periodista de la U. de Concepción y Magister en Ciencia Política de la U. de Chile. Me he movido por el servicio público, como consultor estratégico, en el sector privado y el mundo de las ONG. Tuve la oportunidad de colaborar en la entonces Secocu del Gobierno del Presidente Lagos -que de hecho fue mi primer trabajo- y en la Secom de las dos administraciones de la Presidenta Bachelet. Además, como asesor de contenidos en el Ministerio del Interior, en el inicio del segundo mandato de la Mandataria. Cuando el Campanil gana, el ‘pan francés’ es más crujiente. Todo parte con Los Beatles.

Nueva Constitución: Nunca más sin ellas

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Y así fue como todo lo que acompañó la reforma constitucional que permitió el retiro por única vez del 10% de los fondos de la AFP, terminó transformándose en una suerte de inicio del proceso constituyente. Sin que aún se haya producido el plebiscito, ni menos instalado la convención que va a redactar la nueva Carta Magna, una moción en la que se empalmaron como nunca legisladores y ciudadanía, pudo finalmente tocar uno de los pilares más robustos de la Constitución del 80. ‘Esto ya partió’, clamamos quienes estamos tras el Apruebo.

Pero lo ocurrido en torno  a esta reforma no fue el único hecho que marcó el (re)inicio del proceso constituyente. La noche del 22 de julio las cacerolas volvieron a sonar. Sí, algunas de ellas eran en apoyo del 10%, que estaba ad portas de ser aprobado. Sin embargo, esa sonajera que estremeció las principales ciudades del país, en su inmensa mayoría, era en señal de rechazo, repudio, impotencia, hastío y tanto más hacia la decisión de un juez –en primera instancia- que dejaba en libertad a un violador. Las mujeres volvían a unirse para pedir justicia por Antonia (así como por tantas otras).

Sí, esas mismas mujeres que marcharon multitudinariamente el 8 de marzo, transformándose en último acto del movimiento social antes de que el Covid-19 azotara al país y se iniciaran las cuarentenas, volvían a hacerse notar cuatro meses después. Las mismas que pusieron pausa al estallido social ese Día de la Mujer, ahora –al sentirse profundamente violentadas- le ponían play, activando no solo al género femenino, sino a todos los que nos sentíamos igualmente hastiados por la decisión de ese magistrado. Fallo que, afortunadamente fue revertido a los pocos días por el tribunal de alzada.

Primero fue el hambre, luego la falta de recursos y ahora ellas -una vez más, quienes no cesan en la búsqueda de igualdad de derechos- las que nos hicieron despertar de este letargo que ha sido la cuarentena.

Porque no es casualidad que los países que mejor han respondido al coronavirus son gobernados por mujeres. Ahí están Ángela Merkel en Alemania, Jacinda Ardern en Nueva Zelanda, Katrín Jakobsdóttir en Islandia o Erna Solberg en Noruega, enfrentando sin lugar a dudas los embates de sociedades –algunas más que otras- machistas. Contra todo, han mostrado un manejo ejemplar y, para quienes lo vemos desde Chile, envidiable. ¿Cuál ha sido el principal rasgo diferenciador que han tenido? Un estilo de liderazgo participativo y en la gran mayoría de los casos, un alto perfil académico. No por nada, Ardern ha llevado a que su país haya cumplido recientemente más de 100 días sin nuevos casos de Covid-19.

No hay que olvidar que fue un liderazgo femenino, el de Michelle Bachelet, el que en 2014 le planteó al país un gobierno reformista, reformas muchas de ellas, torpedeadas desde todos los frentes, incluso el interno. Ahora, a la distancia e incluso con añoranza, muchos creen que se les debería haber puesto mayor atención. Como a la reforma previsional – con un Mario Desbordes, ante de ser nombrado ministro, que fue capaz de decir ‘bloqueamos el proyecto a la Presidenta Bachelet, no era nada de malo”- o a la propuesta de nueva Constitución que la Mandataria ingresó antes de dejar La Moneda. De seguro si la actual administración, con una mirada de Estado, hubiera seguido adelante con el camino propuesto, el actual proceso constituyente –que tiene aterrados a los del Rechazo- difícilmente hubiese ocurrido.

Pero basta con ver cómo se configuran los actuales inquilinos de Palacio luego del cambio de gabinete. Solo hombres. Interior, Segegob y Segpres quedaron liderados por el mal llamado ‘sexo fuerte’, relegando a la ex vocera –la única que algo de equilibrio podía tratar de poner- a Desarrollo Social. Cartera que, de manera simbólica, tiene sus oficinas en La Moneda, pero todos saben bien que el petit comité lo conforman quienes encabezan los ministerios clásicos: Pérez, Monckebeg y Bellolio. En este cambio de equipo, perdieron la oportunidad de suplir las severas carencias mostradas en la conducción del país y particularmente de esta pandemia, incorporando las habilidades y pericia que han mostrado liderazgos femeninos en el mundo.

Hace unos días, mi hija de dos años, viendo un programa infantil español en Youtube –bueno, sí, hemos sucumbido al encanto de las pantallas durante la cuarentena- nos preguntó a mi mujer y a mí, porque ese espacio televisivo era conducido por dos hombres y una mujer. “Falta una niña”, dijo.

Y faltan en el comité político, en el Congreso, en las gerencias, en los directorios de empresas, en el mundo laboral, en la investigación, y etcétera, etcétera.

Estamos a menos de 80 días de comenzar a dibujar un nuevo Chile. La paridad de género como elemento para configurar la futura convención no basta para ese Chile que quiero para mi hija. Porque quiero que nos parezcamos –desde lo más profundo de nuestras bases- a una sociedad que se entrega –sin sabotear- al liderazgo de una Merkel o Ardern que a lo que hoy somos. Por eso, creo firmemente que la futura convención constituyente debiese ser presidida por una mujer. De seguro, la nueva Carta Magna que de ahí surja será mucho mejor que las que –hasta ahora- han sido solo escritas por hombres. La Constitución del 80 fue mal parida, que ésta nazca de una mujer.  

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