Felipe Harboe

Felipe Harboe

Abogado, actualmente Senador, fui Diputado y Subsecretario del Interior. Voy por el fome camino de la prudencia por sobre la estridencia. Promuevo proyectos e ideas en las que creo, independiente si son populares o no.

Nuevo pacto social para los negocios en el Chile post pandemia

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“No es nada personal, son solo negocios”. La frase corresponde al guión de la película de “El Padrino” de Francis Ford Coppola. El éxito en los negocios ha sido un factor de veneración social. Son muy pocos los que se preguntan la estela de zonas de sacrificio y gente empobrecida que dejó el proceso de acumulación de la riqueza. Como forma de expiar las culpas de los daños colaterales que genera la máquina de hacer dinero, los hombres de negocios se transforman en filántropos o generosos contribuyentes a los cultos religiosos.

En la actualidad, la crisis social y sanitaria está cambiando radicalmente la forma en la cual la sociedad mira los cánones del mundo de los negocios y sus externalidades. Las estatuas que son derribadas en todo el mundo son una señal que las nuevas generaciones no están dispuestas a seguir sacrificando el derecho a una vida digna de millones de personas y la sostenibilidad del territorio. Cuando asumen la tarea de participar de una empresa quieren saber para quién están trabajando. El alto grado de conectividad y acceso a la información, ha permitido que dicha realidad sea posible. Las tecnologías de la información han facilitado el acceso al conocimiento, transformando a los ciudadanos en observadores de los costos que le generan a la sociedad los buenos negocios para algunos.

El mundo post pandemia cambiará la forma en que miramos nuestra relación con el otro, con el entorno, el medio ambiente, la naturaleza, el relacionamiento social la forma en que vivimos, la formación de conurbaciones con escaso equipamiento y, como no, también llegará una nueva forma en la relación de los negocios y la sociedad.

Muchos de los buenos negocios que funcionan en el territorio de Chile, se han levantado generando sustantivas zonas de sacrificio. La provincia de Arauco es un ejemplo vivo de dicha realidad. El territorio se transformó prácticamente en una zona mono – productora de patrimonio forestal para la industria de la madera y la celulosa. La concentración de la matriz productiva y el monopolio de la operación de la cadena de producción de la industria ha generado importantes zonas de sacrificio territorial, cuya cara más visible son los altos niveles de pobreza y conflicto permanente entre la actividad económica y las comunidades. Entender que 3 empresas tengan cerca del 70% del territorio de una provincia impidiendo un desarrollo urbano armónico y equilibrado y con subcontrataciones que no permiten crecimiento y desarrollo de pequeños contratistas fue la tónica de la economía de los 90 y de la primera década del siglo XXI; pero no resulta sostenible de cara a este nuevo Chile.

En este contexto, los buenos negocios y los beneficios agregados que generan dejaron de ser buenos argumentos para justificar la postergación de las demandas sociales. El nuevo escenario nos convoca a prestar atención al contrato social que se requiere establecer entre las comunidades y los inversionistas. Las ganancias deben ser generadas a partir del fortalecimiento no solo de las utilidades, sino también desde la perspectiva de validación social que dicha actividad genere en sus entornos. De la construcción de un contrato social que sea compatible con los incentivos de inversionistas y las comunidades donde se emplazan resultará un desarrollo económico sostenible y con proyección de futuro. Pero para todo ello se requiere un Estado que tenga una visión de sociedad. No se trata que las fuentes productivas sean estatales; pero si, que al menos que quienes lideren el Estado tengan una visión estratégica del modelo de desarrollo que Chile requiere para sacar adelante a la mayoría de la sociedad. Se trata de terminar con un Estado que se comporta como un espectador de la película protagonizada por otros. Necesitamos un Estado que, como Coppola en sus películas, tenga capacidades e instrumentos suficientes para materializar una visión de sociedad definiendo las 3 o 4 áreas estratégicas que conformarán las piedras angulares de nuestro desarrollo y de la nueva forma de evaluar las inversiones en función de su aporte a dicho proceso validado socialmente. 

Por ello, que es bueno hacer notar que, la civilización actual, no va a esperar 200 años para derribar el legado de un buen negocio basado en un contrato social precario. Los monumentos que van a perdurar son aquellos cuyas bases se construyeron respetando el imperativo de un país que busca la justicia social como norma de vida en comunidad. La paz social supone crecimiento y desarrollo y a ello debemos propender; pero éste último entendido como un proceso de ganancias en calidad de vida recíprocas entre la comunidad y quien invierte.

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