Francisco Javier Diaz

Francisco Javier Diaz

Abogado y cientista político (U. de Chile, London School of Economics). Analista, columnista, ex-influencer y speechwriter profesional. Fue Subsecretario del Trabajo (2014-2018), ahora ejerce como abogado en materia laboral.

Oasis de aniversario

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Fue por estas fechas, hace un año, cuando el Presidente Piñera pronunció la tristemente célebre frase: “Chile es un verdadero oasis”. Frase que se inscribe en el catálogo mundial de declaraciones de autoridades desconectadas de la realidad.  

“¿Es una revuelta?” dicen que preguntó Luis XVI cuando le informaron acerca de la toma de la Bastilla del 14 de julio de 1789. “No señor, es una revolución” fue la respuesta que le dio su ministro, el duque de Rochefoucauld.  

Así se oye hoy el oasis de Piñera.  

Pronunciado apenas 8 días antes del mayor estallido social en la historia chilena. 

Qué lejanos se ven aquellos días previos al estallido. El Presidente venía llegando de la Asamblea General de Naciones Unidas, donde había intentado enarbolar un discurso medioambiental que le permitiera figuración internacional. Un mes antes, había ofrecido sus buenos oficios al G7 para canalizar la cooperación para enfrentar los incendios forestales en el Amazonas. En Nueva York, aprovechó la sede chilena de la COP 25 para continuar sus conversaciones con el Presidente Macron, reiteró en persona la invitación para Greta Thunberg, e incluso cruzó saludo con el actor Harrison Ford.  

Chile se preparaba para recibir a los líderes de la APEC en noviembre, donde Piñera quería servir de anfitrión para el gran encuentro entre Donald Trump y Xi Jinping, ganando unos minutos de atención a nivel global.  

“Se demuestra el liderazgo internacional del Presidente Piñera” decía la vocera de entonces, Cecilia Pérez.  

En la región, tras las primarias presidenciales del mes de julio donde ganó ampliamente la oposición a Macri, Argentina entraba en recesión. Bolsonaro en Brasil rápidamente ganaba pésima imagen en el mundo entero. En Ecuador se producían fuertes protestas ante el alza de los combustibles. Venezuela seguía siendo explotada comunicacionalmente por el gobierno chileno.  

Y ahí vino la frase de Piñera.  

“Chile es un verdadero oasis, con una democracia estable, el país está creciendo, estamos creando 170 mil empleos al año, los salarios están mejorando”.   

Parece que hubiera pasado una década desde entonces. Toda la planificación de su gobierno se acabó en una semana. La consagración final del modelo neoliberal chileno se derrumbó como un castillo de naipes.  

En lo internacional, Piñera pasó de las luces a las sombras. De hablarle al G7 por el Amazonas, terminó preocupado de los reportes de Derechos Humanos y la Corte Penal Internacional. En rigor, su política exterior fue siempre una fachada sin sustento. La COP 25 terminó siendo un fracaso de forma y fondo, y Chile deshonró su palabra al negarse a firmar el Tratado de Escazú. Cúcuta solo se recuerda como un episodio vergonzoso. Se canceló la APEC. Se cerraron embajadas chilenas, PROSUR parece ser no mucho más que un ZOOM de amigos y en menos de tres años, pasaron tres ministros distintos por Cancillería.  

En lo nacional, desastre completo. Apenas ocho días después de la frase del oasis, el país estallaba socialmente en la cara del Presidente. Un millón y medio de chilenos en la calle pidiendo su renuncia. Crisis completa en poco más de tres semanas, hasta el punto de inflexión. La noche del 15 de noviembre, la derecha tuvo que entregar su principal bastión, ni más ni menos que la Constitución. Y el gobierno se transformó en la administración más débil y más rechazada de la que se tenga memoria en la política reciente.  

Lo que vino después parecería inverosímil incluso para el guionista de una serie de Netflix. Una pandemia desconocida trastocó completamente las prioridades y el Presidente intentó ponerse a cargo. En tiempo récord se reforzó la atención de urgencia, se trajeron ventiladores del extranjero, se creó una red de laboratorios para exámenes, hasta se montó un hospital de campaña. Comenzaron las cuarentenas ABC1, esas de fitness en casa, departamentos amplios y delivery gourmet, y parecía que el gobierno controlaba la situación.  

Pero nuevamente, el síndrome del oasis golpeó en la cara al gobernante. Cuando la pandemia llegó a los barrios más pobres, el virus simplemente se desbocó y ninguna cuarentena dinámica fue capaz de ensillarlo nuevamente. “Hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual no tenía conocimiento” admitió el Ministro Mañalich. Chile hoy se encuentra en el top ten mundial de muertes por millón de habitantes. 

El oasis está de aniversario. En su nombre, se conmemora la falta de conocimiento de la realidad chilena. 

Piñera podrá criticar muchas cosas de la Nueva Mayoría, sus problemas políticos, su manejo, su incompetencia, pero en ningún caso que no la vio venir. El programa de Bachelet II buscaba hacerse cargo de las graves e intolerables desigualdades y la necesidad de llevar adelante reformas profundas que incluyeran la propia Constitución.  

Para la derecha, en cambio, las cosas marchaban bien y no había que cambiar nada. El plan inicial de Piñera no se trataba de seguir avanzando, sino que de retrotraer las reformas de Bachelet. Todo aderezado con ministros millonarios, soberbios e indolentes.  

Si hay algo peor que marearse con el éxito, es marearse sin el éxito.

Eso le pasó al gobierno.    

Y ahí quedó el oasis.       

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