Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Oda al Cactus de la Costa

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Encuentro que la época más linda en la costa central de Chile es la primavera. Los árboles y las matas están brotando, aparecen las flores, empiezan a cantar los pájaros. La luz es bonita. El clima es benevolente.

Hay un sujeto casi invisible, escurridizo, cuya presencia pasa desapercibida todo el año, salvo en este tiempo. Es el cactus de la costa. Un cactus que crece en los roqueríos, a la orilla del mar. Gris. Sin gracia. Sin brillo. Feo. Chico. Azotado por la sal y los vientos.

Neruda le dedica una oda. Seguramente lo descubrió desde su casa en Isla Negra. Desde su ventana lo debió haber visto

“Erizado, tranquilo

entre dos piedras,

inmóvil,

sin ojos y sin hojas,

sin nidos y sin nervios,

duro, con tus raíces minerales…”

Hace varios septiembres que voy a visitar esos cactus. Por años nunca los vi. Aunque ahí estaban. Ahora los veo a lo largo del mismo paseo de siempre. Se puede recorrer la costa por un buen rato descubriéndolos. Abundan, pero no llaman la atención. Es cosa de aprender a mirar.

“Allí, de todo

lo que existe, fragante,

aéreo, consumado,

lo que tiembla en las hojas

del limonero o entre

los aromas dormidos

de la imperial magnolia,

de todo lo que espera su llegada,

tú, cactus de las arenas,

pequeño bruto inmóvil,

solitario,

tú fuiste el elegido

y pronto

antes que otra flor

te desafiara

los botones de sangre

de tus dedos sagrados,

se hicieron flor rosada,

pétalos milagrosos…”

En septiembre en la copa de estos cactus aparece una flor rosada. Siempre que los veo florecer pienso que me gustaría ser director de una escuela, de un liceo o de un colegio.  Me imagino haciendo el discurso de graduación. Y pienso que leería esta oda en voz alta.  Y que se la dedicaría a los feos, a los que les fue mal, a los que no les va a dar el puntaje de la PSU para entrar a la carrera esperada, a los que eran malos para la pelota, a los que fueron hostigados por los matones, a los que no fueron capaces de concentrarse, a los que no les resultó hacer ecuaciones, a las que sintieron vergüenza de su cuerpo y estuvieron un rato en la bulimia, a las que tuvieron la cara poblada de espinillas, a los que pasaron desapercibidos, a los que escondían a su papá o su mamá porque sentían que los podrían humillar. A los que no invitaban a sus amigos a la casa porque era la familia más pobre del curso.  A los que nadie vio, las que vivían asustadas y los que le tenían miedo a su orientación sexual. A los que no brillaron por ninguna cualidad especial. A los que no cumplen con los estándares que inventamos. Pienso que eliminaría todos los premios. No más mejor deportista, no más mejor alumno, no más premio solidario, no más excelencia académica. Pienso en una graduación sin medallas.

Me imagino hablándole a los estudiantes que egresan, pero también a sus padres, a los profesores, a los que creen en el mérito, a los libertaristas o a los liberales-que-siempre-son-de-la-elite-de-cualquier-elite-pero-de-la-elite, a los que creen que tienen lo que tienen porque se lo han ganado, a los que se olvidaron del don.

Me imagino la graduación y me pregunto qué sentirían al oír estos versos de Neruda. Pienso en el cactus de la costa y en el final de la oda. Y pienso que construimos la ética al revés.

“Donde

estés, donde vivas,

en la última

soledad de este mundo,

en el azote

de la furia terrestre,

en el rincón de las humillaciones,

hermano,

hermana,

espera,

trabaja

firme

con tu pequeño ser y tus

raíces.

Un día

para ti

para todos,

saldrá

desde tu corazón un rayo

rojo,

florecerás también una

mañana:

no te ha olvidado

no,

la primavera:

yo te lo digo,

yo te lo aseguro,

porque el cactus terrible,

el erizado

hijo de las arenas,

conversando conmigo

me encargó este mensaje

para tu corazón desconsolado.

Y ahora

te lo digo

y me lo digo:

hermano, hermana

espera,

estoy seguro:

No nos olvidará la primavera.

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