Eduardo Vergara

Eduardo Vergara

Es Director Ejecutivo de Chile 21. Fue jefe de la División de Seguridad Pública del Ministerio del Interior y director del LabSeguridad.org. Fundó Asuntos del Sur. Cientista político (University of Portland) y MPA (Instituto de Estudios Políticos de París, Sciences Po). Editor del libro “Chile y las Drogas”, co autor del libro ¨De la represión a la regulación: Propuestas para reformar las políticas de drogas”. Es miembro del Observatorio de Crimen Organizado para América Latina y el Caribe (México).

Orden público en tiempos que reina el miedo

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El escenario cambió. La seguridad tal y como la conocíamos ya no existe. En el actual escenario de pandemia es necesario identificar los elementos que explicarán la problemática de la seguridad y el orden público durante los próximos meses, cuales serán las debilidades de nuestro sistema y por sobre todo identificar los escenarios a futuro. Esta pandemia encontró a la seguridad pública pasando por uno de sus momentos más débiles en las últimas décadas y con una policía como Carabineros con sus más bajos niveles de aprobación. Como suele suceder con las agendas mediáticas, estas son rápidamente reemplazadas cuando otros temas acaparan los titulares. Es así como el debate público dejó a la seguridad en segundo plano tras la emergencia causada por el coronavirus.

Sin embargo, ese silencio oculta una degradación continua de Carabineros, que a pesar de que ese encuentra recuperando los niveles de confianza, no ha cambiado en nada en comparación a un par de meses atrás. A pesar de ello, no hay esperanza alguna que el proceso de reforma anunciado por el Gobierno sea efectivo y menos suficiente. Por otro lado, la realidad de una seguridad desigual que quedó en evidencia durante el 2019 y se venía arrastrando hace décadas, incluso se profundizó durante el inicio de esta crisis. En suma, como estos elementos, la gran mayoría de las aristas que explicaban los niveles de inseguridad y mal manejo de esta hasta el mes de febrero de este año, no solo se mantienen, sino que muchas se han profundizado.

Hay una serie de aristas que ayudan a entender la naturaleza de los desafíos de seguridad que estaremos enfrentando en los próximos meses. Las principales tienen que ver con la debilidad institucional, la suplantación del estado, la vigilancia y privacidad, la necesidad de bioseguridad, el crecimiento de economías ilícita y la informalidad, el aumento de armas, la demanda por drogas, la paraseguridad y el empoderamiento de otras actividades de crimen organizado. Estas volverán a poner en jaque el orden público.

Detengámonos en esto último. Es posible esperar en el mediano plazo un resurgimiento de acciones de agitación social, saqueos y violencia. Incluso en algunos casos, un nuevo empoderamiento de estructuras criminales y crimen organizado ligado a narcotráfico y otras actividades ilícitas. Gran parte de estos fenómenos ya los vimos en el estallido social que partió en octubre, particularmente en donde hubo una contracción de la presencia policial, pero hoy están también sucediendo en los países más afectados por la pandemia. Los saqueos hace ya meses partieron en Italia tras llamados de agitación y rebelión. En diferentes ciudades se observaron incrementos sustantivos en los robos e incluso se advirtió que la Camorra se estaba re organizando. En México, un país con alta presencia de organizaciones criminales, la realidad no es muy diferente. Ya se ha articulado un grupo de whatsapp que se organiza para saqueos y tienen nombres como “Saqueos Covid-19”, “Saqueos Coronavirus”, grupos que están siendo monitoreados por la policía. Solo en la última semana de marzo hubo más de 80 detenidos por saqueos en la Ciudad de México. En Argentina también se han registrado saqueos bajo la consigna del coronavirus. El caso de Estados Unidos es además relevante ya que ese país tiene un historial de saqueos durante emergencias como huracanes, inundaciones, cortes de energía y desastres naturales. Por esto mismo la ciudad de Nueva York se encuentra hoy en máxima alerta esperando no se repliquen escenarios que ya se han visto en catástrofes o incluso en las Revueltas de Los Ángeles tras la detención con maltrato policial en 1991 y que paralizaron la ciudad más grande de California.

Pero de la mano con acciones de orden público, es el crimen organizado quien más se ve beneficiado. Si bien el crimen organizado recibe el impacto de la paralización de las rutas internacionales, busca de forma efectiva aumentar su poder a nivel doméstico. Por ejemplo, las mafias que controlan las favelas en Rio de Janeiro, como Comando Vermelho (CV), impusieron un toque de queda en los lugares donde tienen control, este se iniciaba a las 8 de la noche y se extendía hasta la madrugada del día siguiente. Operaban bajo el argumento que si el Estado no vela por la seguridad de la gente ellos lo harán. Esto, teniendo en cuenta que lugares como las favelas son de alto riesgo sanitario, pero también en lo que respecta al golpe económico. De acuerdo a Agencia Brasil, el 70% de las familias que viven en las favelas han sufrido una caída en sus ingresos desde el inicio de la pandemia. Ejemplos similares se han visto ya en Colombia y Venezuela. La presencia de organizaciones criminales y particularmente de narcotráfico es la tónica de gran parte de los países de Latinoamérica y hace altamente esperable que poco a poco cobren un nuevo protagonismo, no solo en los territorios donde la presencia y eficiencia del Estado ya se mostraba débil o incluso ausente, sino que en nuevos espacios donde éste no logra actuar. Su empoderamiento vendrá principalmente de la mano con el aumento de la precariedad y la pobreza, en otras palabras, podrán ofrecer trabajo y ayuda a personas en estado de desesperación. Reclutar gente, eslabones desechables para el crimen, será aún más fácil que antes.

Frente a esta realidad, es necesario desarrollar una estrategia para aumentar la presencia del Estado, a través de planes y programas sociales en los territorios vulnerables. Esto se consigue con un diseño que permita mayor eficiencia por medio de los municipios, pero también con presencia efectiva de la oferta en terreno. Atención especial merecen los planes para enfrentar las adicciones. Los modelos de abstinencia no solo han sido un fracaso en reducir el consumo, sino que han demostrado incluso aumentarlo. Frente a poblaciones de adictos desesperados por conseguir drogas, el Estado (SENDA) no puede responder solo promoviendo abstinencia o tratamiento. Es momento de pensar políticas transitorias que se apeguen más a la realidad que a los deseos personales o institucionales.

Es el Estado el que tendrá que hacer un doble esfuerzo para moverse a los territorios con la amplia variedad de servicios, junto con colaborar en que otros servicios, como los básicos privados, también lleguen. Esta estrategia debe contar con una lectura adecuada de los espacios que está ganando el crimen organizado y narcotráfico ya en otros territorios. Guste o no, es una competencia contra reloj que no puede ser confundida con la militarización de los territorios más vulnerables ya que esto generará mas violencia y caos en beneficio del narco.

Para mayor información sobre los escenarios que podemos esperar durante y después de esta emergencia sanitaria, recomiendo leer el informe Seguridad en tiempos de pandemia: escenarios, desafíos y propuestas publicado por la Fundación Chile 21 y disponible en https://www.chile21.cl/seguridadpandemia/

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