Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Orientales: Lecciones uruguayas

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Escribo estas líneas minutos después que luego de un vibrante final –por una cabeza- se reconoce la derrota del Frente Amplio uruguayo al término de 15 años de exitoso gobierno.

En efecto, con 28.600 votos de diferencia, el Gobierno del Presidente Tabaré Vázquez felicitaba, ésta tarde, a Luis Lacalle Pou, el abogado y ex senador de 46 años que se alzó con un inesperado final en la Corte Electoral. Daniel Martínez, el candidato oficialista se preparaba para reunirse a saludar a su contendor.

Uruguay es un país a observar siempre, un modelo en el que tengo la suerte de contar con buenos y grandes amigos en la política de ese país lleno de civilización, cultura y respeto. Y es que uno tiende a idealizar un país donde el laicismo, la democracia y el avance progresista de los últimos 15 años puso en el centro a un pequeño y deprimido país –que lloraba glorias pasadas- convirtiéndolo en un modelo de democracia, desarrollo sostenible y participación.

El Frente Amplio uruguayo –realmente amplio como su nombre lo indica- nació en 1971, de una escisión de miembros blancos (del centenario Partido Nacional) y la unión con sectores moderados de izquierda y democristianos.

Su líder, el retirado general Liber Seregni, logró con la recuperación de la democracia en 1985, ponerse a la cabeza de una coalición que se enfrentó como tercera fuerza política a la centenaria batalla entre miembros del Partido Colorado (Batllismo) una suerte de unión de la masonería, burguesía ilustrada y la derecha moderada, con un partido nacional compuesto por miembros del conservadurismo moderado y de derecha liberal en lo económico. Una mezcla curiosa gobernó al pequeño país oriental.

Conocí Uruguay, por primera vez en 2001, era un pequeño país con un pasado glorioso. En las calles de Montevideo se veían vitrinas cerradas, gente mayor caminaba por las calles, los jóvenes emigraban en la llamada “diáspora uruguaya”, y Jorge Batlle, el tercero de la familia creadora de la política del Estado benefactor batillista gobernaba entre desaciertos, metidas de pata y salidas de libreto. Era el fin triste de una época, la caída de un proceso democrático y de apertura de mercados brusca, dura para los uruguayos acostumbrados a la presencia del Estado. Se avizoraba la melancolía en la calles de la Ciudad Vieja, en los entornos del mercado, en sus plazas, en los alrededores de Punta Carretas o el Cementerio Central. Lo anterior, se cruzaba con la crisis total de Argentina del 2001 y la sucesión interminable de presidentes y defaults. La economía uruguaya dependía directamente del desastre argentino.

Volví en 2003 y 2004, en la antesala de la campaña presidencial del Presidente Tabaré Vázquez a quien conocí personalmente. Un uruguayo clásico, un hombre de Estado. Líder del futbol, amante del mismo, parrillero ingobernable y exitoso ex intendente de Montevideo. Liber Seregni había muerto solo unos meses antes,  y no sin conflictos había transferido el poder de la coalición a un “afuerino” no un “histórico”, ni menos a un ex tupamaro.

Con visión, el oncólogo Vázquez, -hombre que siendo Presidente no dejó jamás de atender pacientes y que hace poco contrajo la enfermedad a un pulmón, como contrapartida trágica a su lucha de una vida contra esa dolencia-  promulgó entre otras muchas políticas la más severa ley antitabaco del mundo, condujo en esa primavera de 2004 al triunfo histórico del Frente derrotando la rotación de blancos y colorados.

El equipo que asumió era un elenco notable. Una combinación de buena política progresista, en tándem entre un hombre de Estado como Tabaré y un economista brillante como Danilo Astori, quien en el Gobierno de Pepe Mujica equilibraría las tensiones de un arco progresista tan diverso con buenas políticas públicas centradas en gasto responsable, equilibrio fiscal, lo que coincidió con el mejor momento del precio de los commodities y la nueva apertura hacia la economía brasilera. Lula se convertía en el mejor aliado político y económico del éxito del Frente Amplio y disminuía la dependencia del vaivén de la economía argentina.

Volví en 2009, en la antesala de la primera vuelta de Pepe Mujica. El Frente en su mejor momento. Mujica-Astori la fórmula perfecta para llegar a un éxito, que sucedió sin contratiempos a un primer gobierno de efectivos y potentes cambios como el de Tabaré.

Mi favorito el Plan Ceibal, un plan, el primero para dotar a jóvenes de computadores especiales, de muy bonito diseño –que luego se implementó en Chile- que podía conectar a una educación de alta calidad y gratuita (primaria, secundaria y universitaria) con la alfabetización digital y el conocimiento universal.

Entre las canchas de futbol, en el malecón de Montevideo, uno podía ver a los gurises (estudiantes como les llaman allá) con sus computadores con antenitas verdes conectándose al conocimiento. La civilidad uruguaya en su mejor momento, el triste país del pasado se llenaba de jóvenes, de emprendimientos modernos, de creadores de tecnología, y de más niños en sus calles, en una nación que llegó a tener las más bajas tasas de natalidad del mundo.

En ese entonces conocí a María Simón, una mujer extraordinaria, ex decana de ingeniería aplicada y matemática que era Ministra de Educación y Justicia. Pocas veces escuché un discurso más potente sobre las nociones de justicia de la más brillante de las ministras del ramo que he conocido y, que como una paradoja del destino, sabía más de justicia y sus nociones filosóficas, que muchos abogados de la plaza.

Aguda Simón, miembro del Frente Amplio, independiente me llevó a conocer la campaña de Mujica-Astori en preparación a la primera vuelta. Fue la primera vez que estuve cerca del famoso otrora tupamaro histórico.

Por otra parte, recordaré siempre la civilidad y amistad entre sectores políticos. Volví en 2010, poco después de la asunción de Mujica, su mujer Lucía Topolansky, guerrillera en sus tiempos de juventud, hija de una familia acomodada de médicos y mujer del líder, fungía como senadora más votada y presidenta del Senado (jamás aceptó ser primera dama), tenía y sigue teniendo vuelo electoral propio y ajeno al Pepe, al punto que en 2017, en el segundo gobierno de Tabaré asumió como Vicepresidenta de la República, a la renuncia de Raúl Sendic, hijo del famoso guerrillero tupamaro homónimo que murió en París poco después de la recuperación democrática, luego de haber compartido años de tortura y encierro con Mujica.

En 2010, asumía un amigo del Partido Nacional, como senador suplente. En esa ocasión, en el Senado mi amigo me presentó a los principales líderes de ese entonces del Partido Nacional: El senador Jorge Larrañaga, el ex Presidente Luis Alberto Lacalle (padre del actual presidente electo) y sobrino de Herrera el líder histórico del Partido Nacional que se define como humanista, de centro y panamericanista. Un partido que votó en contra del aborto y tiene posiciones conservadoras en torno al tema, pero que no tenía problema alguno en votar por el matrimonio igualitario.

Recuerdo un almuerzo en la Ciudad Vieja, esa tarde después de la asunción de mi amigo como flamante senador. Políticos de todo el espectro, frenteamplistas, nacionales y varios colorados llegaron al almuerzo, abrazos, conversación (siempre mucha), bromas y amistad cívica de la verdadera.

Aunque Mujica hizo un gobierno que no descolló por logros internos, mantuvo la responsabilidad económica, pero logró sin duda posicionar, a través de su historia de ejemplo, a sus gestos de sencillez tan uruguaya imponer a fuerza de sentido común (el más perdido de los sentidos) al Uruguay en el ojo mundo, posicionar a un país pequeño en la órbita de los grandes y convertirlo en un laboratorio de ideas innovadoras.

Un amigo subsecretario me llevó a almorzar, el auto oficial era un pequeño, un Chevrolet Corsa, Mujica había impuesto como norma la austeridad total y ese era el auto oficial para todos de subsecretarios para arriba, incluido él, no más, tampoco menos. Dignidad, el auto que podía tener cualquier hijo de vecino, mientras recorríamos Montevideo apretujados en el pequeño auto oficial.

Lo de Mujica no es pose y Tabaré era muy parecido, es verdadero, pero es también una austeridad muy propia del uruguayo, alguien que se siente bien con su país, con el saber más que con las cosas que tiene, con la conversación con una parrilla eternamente prendida y un tinto de Tannat y donde la broma era que la carne era uruguaya y el vino chileno entre amigos. Uruguay se parecía a ese viejo Chile de tiempos lentos, de ritmos cansinos, el de nuestros abuelos, el país donde la pobreza estaba presente, pero donde el que más tenía, practica la austeridad, la creencia en las normas de educación, civilidad, democracia y de amistad.

Sin duda Uruguay, no es una utopía. Es un país que tuvo una historia y un pasado glorioso, que vivió de esa decadencia, pero que supo resolver su deuda con el pasado, con la justicia y la democracia, después de una dictadura de inusitada violencia, constituyendo una de las democracias más sólidas y apreciadas por sus ciudadanos del continente según el Latinobarómetro.

En Uruguay la democracia es vibrante, está siempre en las calles la discusión política, las banderas tricolores (azul, rojas y blancas del Frente) y blancas con celeste (del Partido Nacional) que los vecinos uruguayos cuelgan de sus ventanas en tiempos de elecciones. La democracia más potente se construye desde abajo, con primarias abiertas a cualquier cargo de elección popular, con listas abiertas, donde los partidos deben buscar miles de personas que participen y sean candidatos (todo uruguayo será a lo menos alguna vez candidato a algún cargo para llenar listas y participar, sabiendo que no ganará). La política se hace desde abajo hacia arriba, con mucha participación de barrio y discusión, con la posibilidad de plebiscitar los grandes temas nacionales en sus elecciones. Solo un antecedente de ello. El voto es obligatorio y el 90% de los uruguayos habilitados sufragaron el domingo pasado en la elección del ballotage presidencial. La multa por no votar $25 mil pesos chilenos, y si eres funcionario público $50 mil pesos. Está claro, la gente participa y lo hace más allá de cualquier multa porque cree en el sistema.

Pero el Uruguay como cualquier lugar no está exento de problemas y conflictos. La caída del vicepresidente Sendic (por falsificación de su título universitario en 2017) unido a la desaceleración de la economía fue el principio del fin de la época de un Frente, que aun así, y contra todo pronóstico retuvo al 49,8% del electorado nacional y especialmente a Montevideo como su bastión. Pero el Frente sufrió el desgaste de 15 años de gobierno, críticas en materia económica y de seguridad ciudadana, el estancamiento en proyectos de infraestructura largamente postergados, y un mercado interno que por tamaño depende de los vaivenes de sus gigantes vecinos: Argentina y Brasil.

Lacalle Pou es un hombre razonable y triunfo con moderación. Su triunfo extremadamente ajustado es una buena noticia para las fuerzas progresistas, ello porque Lacalle fue apoyado en la segunda vuelta, por una amenaza que se cierne sobre toda América Latina y es el populismo de ultra derecha, en éste caso liderado por el partido Cabildo Abierto (que obtuvo el 11% de los votos) liderado por Guido Manini Ríos.

Manini es un ex comandante en jefe del Ejército que en materia de derechos humanos y violaciones a los mismos fue extremadamente refractario, al punto que al emitir una declaración contra el Gobierno de Vázquez por la aprobación de un proyecto previsional de las Fuerzas Armadas, estando en ese entonces a la cabeza del Ejército fue enviado a detener por el Presidente Vázquez quien lo mantuvo en arresto y lo llamó a retiro por sus dichos.

Uruguay, tiene una democracia vibrante –no sin amenazas como todas las democracias- de la que se puede aprender mucho en estos días duros. Una manera de ver la vida, una manera de entender a hombres y mujeres formando parte de una comunidad y ponerlos en contacto con amistad cívica, educación de calidad y profundos conceptos de Estado de Bienestar que son posibles de lograr.

Nuestra historia no es muy distinta, Uruguay más allá de un lugar idílico es una nación y un país de ciudadanos de la que se puede aprender y usar de ejemplo para lo que viene. Ese es nuestro desafío y por supuesto el de los Orientales.

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