Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Orlando

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Septiembre es un mes lleno de símbolos, de cargas, de recuerdos.

Junto con la llegada de la primavera, nos evoca fechas que para el imaginario colectivo provocan silencio, introspección, hay algo en este mes que nos lleva pensativos. A mí me ocurre cada vez que llega.

Septiembre, es sin duda alguna ese imborrable martes 11 de 1973, mañana en que se moviliza la Marina, y el Presidente Allende despierta sobresaltado en Tomás Moro intentando contactar a los traidores.

Septiembre, es la conjura. Es Allende disparándose en La Moneda, es la muerte del “Perro” Olivares en el Palacio, es el secuestro y muerte de tantos a las afueras de la Casa de los Presidentes quemándose tras un inmisericorde e inédito bombardeo.

Es la foto de un tanque a punto de pasar sobre civiles tendidos en Morandé.

Es el Acta de Independencia arrebatada de las manos de la Payita y destruida por un militar.

Es Isidro y sus compañeros del GAP disparando una .30 desde las ventanas del Ministerio de Obras Públicas, son Carvajal y Pinochet gritando histéricos por una radio.

Septiembre es sin duda alguna, el “metal tranquilo de mi voz”… el discurso perenne.

El silencio, los toques de queda, el Golpe, el trauma, la persecución.

Septiembre son sus días posteriores, es Víctor Jara, torturado, asesinado, con sus dedos quebrados, con su lengua cortada y 44 impactos de bala.

Septiembre es la pena de Pablo Neruda, dejando su casa en Isla Negra días después del Golpe e internándose para morir, mientras la “Chascona” era saqueada a cuadras de su cama en el cerro, cuando los cadáveres aún flotaban en el rio.

Septiembre es el cuerpo de Joan Alsina, el cura que pidió morir de frente a su verdugo para darle el perdón. Los cadáveres arrojados desde el puente Bulnes y desde tantos puentes.

Septiembre son los paredones, los consejos de guerra.

Septiembre es años después, la cuesta Achupallas donde la CNI juró vengar dos por cada muerto. Septiembre son los disparos que acribillan a Pepe Carrasco y tantos más que fueron vengados después de ese domingo eterno de 1986, con todos nosotros pegados a Cooperativa y sus tambores.

Pero paradójicamente: Septiembre es también la primavera.

Son los aprontes de una cueca, es la música, son los gritos y pañuelos al viento, son los volantines que se encumbran sobre las ciudades en terrenos baldios que bailan bajo la mirada atenta de la Cordillera, la alegría contenida luego del invierno.

Es curioso, son días en que pasamos de la pena a la alegría;

Del invierno, a la primavera y sus primeras luces.

Son los días que recordamos nuestro nacimiento como Nación, nuestro comienzo.

¿No es acaso la primavera siempre un comienzo?

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Septiembre es también un buen momento para observar gestos.

Septiembre es un buen mes para someter a escrutinio los movimientos de la derecha. Su reacción es la obstinación frente al momento eufórico que viven sus huestes, oteando desde el silencio, desde sus sobremesas dominicales donde se atreven a confesar aquello que solo decían en privado hasta hace poco, y hoy se envalentonan en público.

¿Será que el tiempo no pasó? Siempre estuvieron ahí…

En 2003, Pablo Longueira, entonces líder de la UDI confesaba a los 30 años del Golpe la connivencia de su partido y los civiles en la dictadura y esbozaba un reconocimiento tibio, pero claro, de nunca más.

En 2013, a 40 años del Golpe, el Presidente Piñera hablaba de “cómplices pasivos” refiriéndose a muchos partidarios de la dictadura, los que incluso pululaban en el Gobierno que él dirigía.

Permítanme. Septiembre es un buen termómetro para medir la temperatura de la derecha chilena.

Este septiembre, cuando la derecha admiradora de esa dictadura ha vuelto a sacar su voz en cuello, siente orgullo y confiesa lo inconfesable con cada vez más confianza.

Este septiembre el Presidente ha sido, como nunca particularmente frio, e incluso ha dado espacio a “la interpretación que cada uno tiene del quiebre democrático” en un gesto claramente pauteado por ese mundo que le recuerda quien lo eligió y lo mantiene a flote –como si fuese lo único que importase-.

Son frías tasas de aprobación en las encuestas, ese dios pagano al que La Moneda confiesa una seducción al nuevo Oráculo de Delfos.

Ahí está esa derecha, a ratos acallada, pero vigente, manteniéndose en el subterráneo preparada para dar su salto, azuzando todos los días su batalla, su nacionalismo, su ramplonería, con sagacidad, noticias falsas y recuerdos fragmentados en fantasías del pasado.

Sin reconocer nada de ese septiembre. Justificándolo, desdoblándose por un argumento que encuentre el “sentido”, la “exegesis” o digamos “el contexto”, la expresión perfecta para justificar lo inconfesable.

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Pero por lo mismo septiembre, es recordar con ello a Orlando, a Carlos y miles más.

Septiembre es el asesinato alevoso y macabro de Orlando Letelier del Solar y el general Carlos Prats González.

Hoy recordando ese septiembre, el de Orlando quiero traerlo a la memoria.

Es un deber hacerlo, en tiempos que pareciera incorrecto hablar de ciertas cosas.

Es por eso, que hoy quiero recordar a Orlando Letelier sin eufemismos, porque en él se sintetiza, como en muchos otros, el horror, no solo de la muerte, sino de la venganza y del ensañamiento, pero también de una lucha por la verdad que es cada vez más necesaria en tiempos de naufragio, de fragilidad y de fatiga, muchas veces sin razón a luz de su tiempo.

Diremos las cosas por su nombre, a riesgo de arruinar la sobremesa del domingo, de generar la pelea familiar, de ponerse como dicen “desagradable y reiterativo”.

Lo haremos por Orlando y también por todos los Orlandos que no tienen aún sepultura, y cuyos huesos yacen entre las montañas, el desierto y el océano. Porque es un imperativo hacerlo cada septiembre. Más aún éste septiembre en que sacan la voz aquéllos que justificaron y contextualizan todo el horror.

Recordarlos, mirar sus fotos, reencontrarse con sus historias, con lo que pudo ser y no fue es nuestro deber.

____

Orlando Letelier del Solar, fue asesinado brutalmente el 21 de septiembre de 1976 en Sheridan Circle, una pequeña rotonda de Washington D.C. plagada de embajadas, árboles y ardillas. Una bomba colocada –intelectual y físicamente por sus asesinos –Pinochet, Towley, Contreras y Espinoza- bajo el auto, lo levanta por los aires varios metros, ahí, a minutos de la Casa Blanca.

Orlando muere según su autopsia por “desangramiento, por amputación traumática de sus extremidades inferiores y lesiones sufridas por una explosión”. Muere por el macabro desmembramiento de su cuerpo producto de la explosión entre los fierros retorcidos de su auto. Con el fallece también su asistente la norteamericana Ronni Moffitt y queda herido su esposo Michael.

Con él, ese septiembre podría haber muerto Juan Gabriel Valdés, mismo que siendo embajador 40 años después levantó un busto en homenaje a Orlando en la Embajada de Chile en Estados Unidos.

Los “crímenes” de Orlando: Haber sido ministro del Interior, Relaciones Exteriores y Defensa Nacional durante el Gobierno del Presidente Allende en 1973. Antes, haber sido embajador en Estados Unidos durante la nacionalización del cobre aprobada en 1971, el trasfondo del principio del fin, y la actitud de Estados Unidos frente al Gobierno de la Unidad Popular.

Por ello, purgó ocho meses en Dawson, junto a otros valientes, en el frio austral, en la Academia de Guerra y Ritoque.

Fue el primer detenido la mañana del 11 de septiembre al ingresar a su despacho como Ministro de Defensa Nacional del gobierno constitucional y democrático que era depuesto.

Pero lo realmente imperdonable en Orlando, para la dictadura de Pinochet, fue su activismo sin cuartel, ni descanso luego del Golpe.

Gracias a Saul Landau se incorporó al Institute for Policy Studies y fue profesor de la American University, en todas sus actividades coordinó, integró, escribió y presionó a los Estados Unidos y a los gobiernos europeos a la condena de la dictadura de Pinochet.

Se convirtió en un denunciante, en un valiente –como tantos por aquellos años- que no cejó un minuto en levantar la voz, en recopilar antecedentes y dar a conocer los horrores del régimen, en buscar apoyos, en mover sus redes, vínculos y amistades.

Eso le valió el primer acto de ensañamiento antes de su muerte. Orlando fue declarado apátrida, despojado de su nacionalidad.

La dictadura de Pinochet el 10 de septiembre de 1976 –solo días antes de su muerte- promulga el Decreto Supremo N° 588 que titula bajo un frio: “Priva de nacionalidad chilena a persona que indica”.

La dictadura intentó borrar su relación con la tierra que sirvió siempre.

La firma: Augusto Pinochet Ugarte, Raúl Benavides, Patricio Carvajal y los civiles (cómplices pasivos), Miguel Schweitzer, Sergio Fernández, Jorge Cauas, Sergio de Castro. Sí, los Chicago Boys, (los mismos que a juicio de un diputado que funge de “liberal” en la UDI “nada sabían” de las violaciones a los Derechos Humanos y eran “defensores de la libertad”) entre otros.

De ahí sus palabras ante 5.000 personas esa tarde en Nueva York: “Hoy día, Pinochet ha firmado un decreto que me priva de mi nacionalidad. Este es un día importante para mí. Un día dramático en mi vida, en que la acción de los generales fascistas me hace sentir más chileno que nunca.

Porque nosotros somos los verdaderos chilenos, en la tradición de O´Higgins, Balmaceda, Neruda, Gabriela Mistral, Claudio Arrau y Víctor Jara y ellos –los fascistas- son los enemigos de Chile, los traidores que están vendiendo al país a los intereses extranjeros.

Yo nací chileno, soy chileno (y proféticamente agregó) moriré chileno. Ellos nacieron traidores, viven como traidores y serán recordados siempre como fascistas traidores”

Luego de estallada la bomba, diez días después de esas palabras, de destrozado su cuerpo y habiéndolo privado de la tierra que se lleva en el corazón, que es el lugar donde se nace, la dictadura se volvió a ensañar con su cadáver. La familia no pudo enterrarlo en Chile, sus restos no pudieron descansar en la tierra que lo vio nacer. Solo Venezuela dio su autorización. Orlando fue enterrado en suelo ajeno, hasta 1994, fecha desde la que descansa en el Patio de Honor del Cementerio General de Santiago con su frase profética como lápida, en el que fue su lugar de origen, su tierra.

Hay una imagen bella.

No sé su fecha exacta (¿Días antes de su muerte?).

Es en Estados Unidos, en el exilio.

Orlando baila contento una cueca en septiembre, esa foto lo dice todo.

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