Milena Vodanovic

Milena Vodanovic

Periodista y magíster en gestión de negocios. Hace décadas trabajó en las revistas Apsi y Solidaridad y luego en Revista Paula, medio que dirigió entre 2007 y 2015. Actualmente ejerce como profesora universitaria en la UDP y la UAH; es miembro del directorio del medio de comunicación multiplataforma Pauta y consejera de Comunidad Mujer. En los últimos años ha iniciado un nuevo camino de exploración en la creatividad. Publicó el Libro La Vida a mano (Editorial Hueders, 2016), con dibujos, bordados y estampados de su autoría, y pasa muchas horas en su taller de ceramista, construyendo piezas utilitarias y escultóricas.

Otra manera de mirar

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Estas han sido semanas de palabras grandes: Dignidad, Justicia, Verdad. Ahora le tocó el turno a la Paz.

A riesgo de ser muy, muy, pero muy políticamente incorrecta, diré que a mí esa palabra no me gusta nada. Nada de nada. Dicha así la encuentro vacía. No sirve la paz apresurada. Ni menos decretada.

A lo más es, como dicen los ingleses, un “wishful thinking”, una expresión de deseo.

La paz es un resultado. Y se llega a ella, hasta donde he logrado dilucidar, de dos modos: o cuando a un sector derrotado no le queda más que firmar su claudicación incondicional, y entonces la paz es la imposición del vencedor; o cuando bandos en pugna logran atravesar el largo camino del encono y la tensión, hasta llegar a un sitio donde naturalmente se bajan las banderas y se llega a un encuentro calmo y beneficioso.

Ninguna de las dos cosas ha pasado acá, en esta batalla de Chile 2019, aunque se ha avanzado con ese derrotero constitucional que nos tiene entre cachudos y asombrados.

Ya lado y lado intentan vestirse con el triunfo: una parte de la derecha insiste insólitamente en hacernos creer que todo esto es obra de ella, de su generosidad, de la visión por cierto muy tardía de su Presidente. Hasta hay una cierta disputa de si fue más generosa la UDI o el resto, ¡por favor! Y los partidos de oposición alardean con que “al fin” la clase política está dando el ancho y se ufanan de su -también tardía- puesta de pilas. Hasta el PC se sube al carro.

Pero no nos saquemos la suerte entre gitanos: todos sabemos que si hoy tenemos un camino constitucional, si la derecha tuvo que renunciar a su Constitución del 80, si los partidos dormidos de la oposición se hicieron cargo cuando no quedaba otra cosa más que la vergüenza, si estamos discutiendo una agenda social más intensiva y, después de años de hacerse los lesos, los parlamentarios ¡al fin! se bajan el sueldo, no se debe a ellos sino a la gente cansada, agotada y hastiada que salió a las calles pidiendo dignidad.

Y, atención, que esas personas no han decretado que la dignidad llegó. La siguen pidiendo. Y falta mucho para darla por obtenida.

Son demasiados los temas todavía en el campo de batalla para tocar la diana del triunfo.

Así es que eso de la Paz está por verse y es proceso en curso.

Por lo pronto, está el asunto difícil y urgente de la violencia. Y su peligrosísima politización. Hoy el país está dividido en dos: los que sólo ven la violencia callejera, el saqueo, la embestida horrorosa a manos de hordas enardecidas a un auto de carabineros aterrados y los que únicamente se fijan en la violencia policial, en la violación a los derechos humanos. Si alguien dice “saqueo”, el otro contesta “perdigón”. Imposible conversar.

Me temo que va a ser muy difícil que logremos establecer límites claros en estas materias mientras sigamos instalando esta discusión en el plano de la política inmediata y no en el del bien común.

No es fácil. Porque, a riesgo otra vez de ser muy políticamente incorrecta, concuerdo con la tesis de que, lamentablemente, fue la violencia la que impulsó los acuerdos y que, sin ese componente de fuego, el gobierno y la clase política habrían seguido sordos frente al desesperado reclamo de un país no escuchado. Es un dato grave pero real. Hay un sector que percibe que la violencia sirvió.

Qué miedo. Entonces, mano dura. Que las fuerzas del Estado repriman con más decisión. ¿Se entiende? Se transforma en un círculo vicioso.

Por otra parte, el sector opuesto se niega a reconocer, a aceptar, a mirar de frente que las fuerzas policiales cometieron violaciones a los derechos humanos. Quizás no son sistemáticas, tal vez no son tan graves como las atrocidades que vivimos hace 40 años (menos mal que el estándar subió), pero violaciones son. Es impresentable que hayan sido las redes sociales y un puñado de oftalmólogos valientes los que pusieran en evidencia que los manifestantes (y no los saqueadores) estaban perdiendo sus ojos a manos de Carabineros y que los perdigones no eran únicamente de goma. Finalmente la Universidad de Chile emitió su informe concluyente de balines rellenos de metal y recién ahí Labocar se puso las pilas para concluir -de nuevo la letra chica- que las especificaciones técnicas de las cajas de esta munición no concordaban con lo que había en su interior. Explíquenle eso a Gustavo Gatica.

Es para llorar. O para romper alguna cosa de la rabia que da. ¿Se entiende? Se transforma en un círculo vicioso.

No sé cómo se hace pero intuyo que hay que cambiar la lógica, dar vuelta la forma de entender las cosas, para romper este juego ocioso y sin salida. Acabar con la impunidad es parte del requisito.

El tema de los ojos que han perdido tantos jóvenes me ha quitado el sueño. Más de 200 lesiones oculares. ¿Por qué? ¿Disparos a la cara? ¿El ojo es la parte más blanda del rostro? ¿Órdenes de hacer eso? ¿Improvisación policial?

De todos modos, qué específico: ojos.

Ya están llenas las redes sociales de bordados, dibujos, pinturas, rayados, poemas y canciones elaborando ese espanto. El Arte haciendo la pega de procesar. Ojos. Son el ícono de “Chile en la calle 2019”.

En Instagram, una ilustradora botánica a quien respeto mucho, se preguntó cuál sería el sentido simbólico de estos ojos cegados. La Escuché. Me inquietó. Me lo pregunté también. Busqué.

Hay respuestas evidentes: “Ante un pueblo que despierta, cegarlo”; “Pedir dignidad en Chile vale un ojo de la cara”, y varias más.

Pero los símbolos nunca son tan evidentes y su maravillosa sabiduría es que encierran varias lecturas, acaso un tanto elusivas, y cada uno siente, de un modo siempre más intuitivo que intelectual, más bien a partir de una percepción naciente que de convicciones ya definidas, cuál es el mensaje que entregan en cada ocasión.

Entre muchas, una interpretación me estremeció. Aquella que ve en la pérdida de los ojos, en ese sacrificio tremendo, una posibilidad de trasmutación. En muchas cosmovisiones es necesario que se pierda a mirada física y concreta para que surja el tercer ojo, el despertar de la conciencia transpersonal.

Que no se malentienda: hay dolor concreto en esos ojos lacerados; hay personas sufrientes; familias destrozadas. Hay violencia allí y violación a los derechos humanos.

Pero la idea de que al perder los ojos, en ese sacrificio, haya simbólicamente un llamado a abrirnos a otro modo de mirar, me interesa. Poéticamente, me interesa.

Quiero detenerme en ese símbolo y ahondar. Desde el amor, la compasión, el dolor, las ganas, la generosidad, la pasión, en la búsqueda de la Dignidad, de la Paz, del Respeto, de la Justicia, de la Verdad, de todas las palabras grandes. Sin cálculos. Abrir el tercer ojo. Dale. Vamos. Que Chile lo despliegue en su solitaria estrella blanca. Claro. ¿Cómo no lo habíamos visto? Digamos la otra palabra. Hace falta. Pongámosla sobre la mesa. Digámosla aquí: Conciencia.

Porque eso es lo que más necesitamos. Otra manera de mirar.

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