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Pedro Gandolfo en El Mercurio: “Laudes del paraíso entre los olivos”

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Por Pedro Gandolfo // Contenido publicado en El Mercurio

Louise Glück siempre estuvo ahí en el escenario del primer mundo de la literatura -para nada en los márgenes-, porque en cualquier relato aparece entre las poetas norteamericanas contemporáneas con mayor reconocimiento y prestigio en su país e internacionalmente. Su obra -en la que se cuentan trece volúmenes de poesía y ensayos literarios sensibles, ilustrados e inteligentes- ha sido insistentemente traducida, publicada en las más exclusivas editoriales, recibida con muy buenas críticas especializadas y acogimiento del público lector; lo curioso es, sin embargo, que no haya figurado antes ni figuró ahora entre los candidatos al Nobel de Literatura que, sorpresivamente, se le concedió esta semana. Lo que hace este premio es, entonces, hacerla más visible aún y, sobre todo, reclama una lectura en que se intente una ponderación del conjunto de su obra.

El lector más frecuente de esta poeta ha leído alguno de sus libros ( ‘Iris salvaje’, ‘Averno’ o ‘Ararat’) e, incluso más a menudo todavía, poemas dispersos recogidos en antologías o páginas literarias online. Cuando se premia la totalidad de una trayectoria literaria, en cambio, hay implícita una ponderación íntegra y una ubicación de la obra dentro de una tradición, lo cual implica, en cierta medida, jerarquizar. Todo lo anterior es singularmente arduo respecto de cualquier poeta -y en el estado actual de los estudios literarios hasta de dudosa validez- e imposible, desde luego, de llevar a cabo en estas pocas y modestas líneas.

Como lo han indicado con cierto consenso numerosos críticos, la poesía de Louise Glück posee una ‘voz’, un sello formal continuo, que ha evolucionado, por cierto, desde su primer poemario hasta el último, pero esa evolución es solo una modulación de aquella voz distintiva, un ejercicio que opera dentro de ese registro sin salirse ni romper con él. Una contemporánea suya, la canadiense Anne Carson (que sí estaba en las listas de ‘premiables’), es, en este sentido, tratando a veces una temática cercana a alguna de las suyas, como la separación conyugal y la pérdida amorosa, el polo formal opuesto, por lo arriesgada, experimental y aventurera en sus excursiones poéticas. Glück, en cambio, es una autora en que brilla el equilibrio, la apolínea y delicada armonía de su lenguaje poético. Conocerla, por lo mismo, supone entrar en su campo e ir modificando la sensibilidad para apreciar los matices que ella, con indudable talento, ha sabido descubrir y hacer irradiar dentro de aquel.

En un amplio sentido, Glück se inserta en la tradición de la poesía lírica -que inauguran Safo y los demás poetas líricos griegos-, en la cual la subjetividad del poeta es la mirada y el objeto mismo de exploración, pero se aleja de la poesía estrictamente ‘confesional’ y logra un discreto distanciamiento a través de una secuencia de estrategias usadas con refinamiento y buen gusto. El deseo, el sentimiento, el dolor, el conflicto amargo, se hallan en su poesía presentes aunque velados por recursos como el frecuente uso del ‘tú’ (el sentido del ‘you’ en la poética de Louise Glück fue un enigma tópico en la crítica literaria norteamericana), las referencias a la mitología grecorromana, el empleo fragmentado de bellas imágenes tomadas de la naturaleza, la ironía, entre otros, son los recursos que emplea para intermediar y alejarse del patetismo, el sentimentalismo hiperbólico y la deflagración del yo. Así, ni confesional ni objetiva, Glück logra en sus mejores poemas el equilibrio, la cadencia pausada, una cierta serenidad y luminosidad, en fin, esa ‘austera belleza’ que subrayaron los miembros de la academia sueca.

Un buen ejemplo de sus virtudes es este poema, ‘El pasado’, traducido por Jordi Doce:

‘Exigua luz que surge de repente
en el cielo, entre dos
ramas de pino, y sus finas agujas
grabadas ahora en la extensión radiante.
y encima este cielo, alto, ligero…
Huele el aire. Es el
olor del pino blanco,
más fuerte cuando el viento sopla en él
con un sonido igual de extraño,
como suena el viento en una película.
Sombras que se desplazan. Cuerdas que
suenan a cuerdas. Lo que oyes ahora
debe ser el sonido del ruiseñor, Chordata,
el macho cortejando a la hembra…
Un rechinar de cuerdas. La hamaca
se mece con el viento, bien sujeta entre dos pinos.
Huele el aire. Es el olor del pino blanco.
¿Es la voz de mi madre lo que oyes
o solo el ruido de los árboles
cuando el aire pasa entre ellos
pues cómo sonaría entonces
pasar entre la nada?’.

La contención, sutileza y misterio de este poema, en el que apenas asoma el dato subjetivo -el pasado-, la sombra de una presencia, la voz materna, el confuso rumor parlante del viento entre las hojas, efímero, fugaz, inasible, ocupa el centro trémulo del poema y parece desaparecer por entre sus versos.

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