Martin Letelier

Martin Letelier

Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile con intercambio académico en la Universidad de Utrecht, Países Bajos. Maratonista aficionado. Me gustan los postres, el tenis y la literatura (en ese orden).

Perros chicos y perros grandes

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Hay un meme que circula por estos días en las redes sociales que me causa mucha gracia. En él se ve un perro musculoso e imponente que dice: “Mi papá a los 22: Ya llegué a mi casa propia. Niños bajen a felicitar a su padre que hoy lo ascendieron en la empresa”. A su derecha, se ve un perro pequeño y debilucho que llora diciendo: “Yo a los 22: Mamá, ya no sé qué ver en Netflix”.

La imagen es un éxito del género. Fácilmente se pueden encontrar diversas versiones, comparando perros, celulares, gatos, periodistas, músicos e incluso electrodomésticos. En todos, la consigna es la misma: con el tiempo nos hemos vuelto -los humanos, los animales, incluso las cosas- más sensibles y cómodos, menos autovalentes e intolerantes a la frustración.

Pero el meme perro chico/perro grande -que de paso muestra la capacidad millenial de reírse de sí misma- revela en una segunda lectura, una verdad aún más dura: que los jóvenes, sus formas y banderas, generan a lo menos desconfianza entre los mayores. En más de alguna conversación un interlocutor mayor me ha dicho: “desconfío de las decisiones de alguien que no ha sido padre, que no paga dividendos o arriendo”. Pareciera ser, que en buena medida, las brechas que hoy nos dividen, más que ser entre izquierdas y derechas, entre ricos y pobres, son muchas veces diferencias generacionales. 

No es casualidad que conceptos propios de la antropología como «baby boomers», «centenialls» y para qué decir «millenials» han pasado a ser adoptadas por el léxico común y utilizadas hasta el cansancio. Hoy más que nunca las distintas generaciones están conscientes de sus características y sus diferencias. 

Los baby boomers son aquellas personas que hoy tienen entre 56 y 74 años (y que deben su nombre al pronunciado aumento en la tasa de natalidad en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra). Son los modelos encarnados del self-made man. Atravesaron por el rigor y el horror de la dictadura y lograron a punta de esfuerzo convertir a Chile, un país tercermundista, en uno capaz de asomarse, aun así sea en la mesa del pellejo, entre los países de la OCDE.

En contraposición, se encuentra la actual generación de entre 35 y 20 años. Los hijos de la democracia, quienes experimentaron un nivel de desarrollo y estabilidad no antes visto, que hoy está estudiando o viviendo sus primeras experiencias laborales y que ha pospuesto ritos que las generaciones anteriores realizaron con años de ventaja. A diferencia de sus hermanos mayores de la generación X -la intermedia entre ambas, que fue más cauta y condescendiente con sus mayores- la generación millenial es desafiante, a veces irreverente y en lugar de esperar su turno, reclama con fuerza por un espacio propio. 

Somos el clan que semanas atrás el analista Max Colodro denominó una generación en el limbo: “Sienten recelo hacia el diálogo con los adversarios y ven a la moderación como una enfermedad senil que los incita a traicionar sus inamovibles virtudes. No creen ni respetan la autoridad, hacen lo que quieren”. Carlos Peña por su parte, nos ha diagnosticado un cuadro clínico. La anomia. Seríamos una generación que padece del absolutismo de las propias certezas, presas de nuestra subjetividad como fuente total de la verdad. El perro grande actúa y trabaja. El perro chico opina, destruye y deconstruye todo a su paso. Para más remate, seríamos campeones en durar poco en los trabajos.

Yo entiendo que podamos no ser los más amigables del asado familiar. Y reconozco que, en buena medida, las redes sociales, más que ser la oportunidad de intercambiar ideas, han funcionado como cajas de resonancia, donde solo seguimos a nuestros afines, reafirmando posiciones, caricaturizando a todo quien piense diferente y cegándonos en un umbral de autocomplacencia.

Pero de cara al futuro, llegará un día en que esta pandemia acabe y tengamos que delinear el mundo del mañana. En esa línea, los últimos informes de perspectivas económicas del FMI y del Banco Central son lapidarios: Cuando esto pase, los jóvenes nos encontraremos con un escenario similar al de una posguerra. Más parecido al terreno en el cual crecieron nuestros padres y abuelos. Seremos más pobres de lo que nunca habíamos sido. Y a eso hay que sumarle el cambio climático y sus consecuencias a la vuelta de la esquina.

Sin embargo, y con todo esto en contra, pareciera que los insoportables miembros de esta generación, contamos con herramientas que serán claves para liderar una nueva forma de hacer las cosas. Un estudio realizado en 2019 por Deloitte, la auditora más grande del mundo, en que se encuestó a 13.416 millenials de 42 países, arrojó que, consultados por cuales son los objetivos que deben lograr las empresas, la innovación, la generación de trabajos y mejorar la sociedad, fueron puestos en niveles similares a los de generar utilidades.  Este voto no es solo palabrería, sino que es vivencial: un 63% de los encuestados está dispuesto a sacrificar una parte importante de su salario por trabajar en lugares que generen impacto social y medioambiental. Cifras superiores a las de sus predecesores se apreciaron también en trabajo en equipo, en mostrar un mayor sentido comunitario y en propiciar un ambiente más humano y simétrico en el espacio de trabajo.

En definitiva, al trabajar, lo realizamos con compromiso en la medida de que los fines de la empresa no sean únicamente la maximización de utilidades, sino que logren equilibrar esto, con otros propósitos más altruistas. Somos también una generación donde existe una conciencia generalizada de que el cambio climático es una bomba de tiempo, estando dispuestos a realizar cambios en nuestra vida cotidiana, como cambiar nuestras dietas, reducir nuestros deshechos y buscar formas más amigables de movernos por la ciudad, en pos de cuidar el planeta.

Cuando pase la pandemia, será imperativo repensar el crecimiento y el desarrollo. Replantear la economía, la educación, el trabajo, la equidad de género, la profundización de la democracia. Hacerse cargo, pero en serio, del cambio climático. Encontrar un nuevo orden y una nueva forma de hacer las cosas, siendo los 4.352.390 chilenos que actualmente tienen entre 15 y 29 años, en buena medida, los responsables de tomar esta pesada posta.

Para eso será necesario poner en práctica todas nuestras virtudes: la innovación, el sentido comunitario, el trabajo en equipo, la conciencia social y ecológica. Demostrar que somos la generación con mayor acceso a educación e información de Chile. Trabajar nuestras falencias, replantear el uso de las tecnologías para que sean verdaderamente espacios de diálogo y compatibilizar nuestro afán refundacional con la valoración y la experiencia del pasado. El desafío será titánico. Pero estoy seguro de que como perros grandes, estaremos a la altura.

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