Oscar Landerretche

Oscar Landerretche

Óscar Landerretche es profesor titular docente del Departamento de Economía de la Universidad de Chile. Tiene un doctorado en economía del Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT. Fue Presidente del directorio de Codelco (2014-2018), Director de la Escuela de Economía y Administración de la Universidad de Chile (2012-2014) y director fundador de la Maestría en Políticas Públicas de la Universidad de Chile (2004-2010).

Placer Culpable No. 3: Bajando Pa’ Puerto Aysén

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Una parte central de la “chilenización” que formó parte de mi educación familiar en el exilio se hizo con música.

La música: ese ancestral mecanismo de educación y propaganda en que la intrincada matemática emocional del sonido te hace conectar con la estética de una cultura y en que las letras te familiarizan, además, con su mitología.

El instrumento para ello, en mi caso, fue una colección de casetes grabados de mis papás que nos acompañó por el exilio colombiano e inglés. En ella se encontraban los sospechosos usuales para una familia con nuestra biografía: Quila e Inti, Víctor y Violeta, Quelentaro, Barroco Andino, Patricio Manns, Charo Jofré, etc. O sea, los artistas centrales de la nueva canción chilena, la banda sonora de la era revolucionaria que vivió nuestro país durante los gobiernos de Frei Montalva y Salvador Allende.

Cómo seguramente le ocurre a muchos, esa música es una parte esencial de mi identidad. Cuando la escucho me conecta con las estructuras de sentido y significado que ordenan mi vida.

Para mis papás, por razones obvias, esos casetes eran mucho más importantes. Todavía recuerdo el momento en que siendo aún un niño pequeño y habiendo tenido el atrevimiento de haber colocado uno de estos casetes en el equipo de música, el maldito aparato decidió aterrorizarme enredando la cinta.

¿Se acuerdan de ese suplicio? A muchos de ustedes seguramente les pasó. Si comentan este artículo con millennials y posteriores expliquen que existió una era en que la música primero no era gratis y segundo estaba íntimamente asociada a su forma física: el vinilo, el casete y luego el CD. Había una época en que uno podía “perder” la música que te importaba y te inspiraba. Otros tiempos.

Pero en este caso era peor que eso: no había realmente una forma sencilla de conseguir ese tipo de música en los años setentas y ochentas en el exilio. Para empezar, la gente cuidaba los discos de vinilo como hueso santo. Había que conseguir prestadas copias en casete de la música si es que se trataba de un álbum y tener un equipo con doble casetera. Ahora bien, si era un compilado, era misión imposible reconstruirlo.

Además, en esos tiempos anteriores a internet e incluso la televisión por cable, esa música era uno de los pocos contactos de mis viejos con esa patria que les era prohibida. Lo que “manitas de hacha” no podía evitar sentir era que en la forma quizás “descuidada” en que había dado vuelta el casete había destruido algo sagrado.

Recuerdo el alivio que sentí cuando mi madre terminó de desenredar la cinta y esta estaba OK; con unos dobleces, pero OK. La puso y sonaba bien. Recién ahí se le quitó la cara de que me iba a vender a un circo gitano. Ufff.

Habían también en la colección algo de cueca y música folclórica digamos “políticamente neutra”: Los Perlas, Tito Fernández, Silvia Infantas y Los Cóndores, Margot Loyola, el Coro Chile Canta, Jorge Yañez, varios grupos de magisterios chilotes, etc. Todo en casetes.

Y por cierto que había un casete que en el lado A tenía un compilado de los Huasos Quincheros y en el lado B una selección de las Cuatro Brujas. Claramente era un casete menos escuchado en la casa, pero estaba disponible en la colección. Las cuatro brujas se escuchaban más. Yo las escuchaba, también a los Quincheros y me gustaban ambos. En el caso de los Quincheros era su música campesina y de rodeo (nada de marchas al estilo cuarteto barbershop). 

Para ser justo con mis viejos, nunca me dijeron nada sobre la connotación política de los Quincheros. Me vine a enterar mucho más tarde, cuando ya era adolescente, como resultado de comentarios de familiares cuando me mandaron de vacaciones a Chile.

Lo que se me dijo y explicó, en el fondo, es que no me tenían que gustar los Huasos Quincheros porque eran partidarios de la dictadura y Pinochet. No lo sabía. Años más tarde, cuando me topé con un documental que contaba la historia de su activo respaldo a la dictadura me di cuenta de que ello no era algo menor. No era que fueran simples “partidarios”, más bien, habían sido activistas muy centrales de ese gobierno criminal. Más aún, en ese documental aparecían declaraciones de alguno de ellos que sentí como hirientes, insensibles y crueles.

Me dolió… mucho.

Con el tiempo me di cuenta porqué.

Los Quincheros tienen muchas canciones famosas, llenas de alegría, tristeza, poesía y belleza; pero hay una que me saca lágrimas siempre y es “Bajando Pa’ Puerto Aysén”.

Mi madre proviene de una familia de colonos de Chaitén que lleva cuatro generaciones dedicada a criar animales en esos parajes, robando a punta de esfuerzo campos a ese monte feroz que recupera cualquier espacio descuidado y que cierra de un año a otro las huellas que abren caballos y baguales. Arriba en los campos del lago Yelcho los criaban y luego los bajaban a Chaitén para embarcarlos hacia Puerto Montt y venderlos en diferentes ferias de la Región de los Lagos.

“Tropilla de cariblanco,

bajando pa’ Puerto Aysen.

Sobre las bestias hay nieve,

sobre los ponchos también.

Circula entre manos negras,

el fuego de un cimarrón.

Sírvase un sorbo Don Migua,

para dentrar en calor.”

Esos versos me hacían imaginar la vida de mis bisabuelos, abuelos y tíos; la belleza de esa ganadería precaria y dura que se enfrenta al frio y la nieve; lejos, muy lejos de las ferias, campiñas y praderas de Osorno. Me hacían imaginar el cotidiano heroísmo del arriero que enfrenta la naturaleza para mantener a su familia; y también me hacían sentir esa pena campesina y resignada que expresa la canción.

“Hermano la tarde hiela

y el relente apuñalea.

Más que la tarde compadre,

son los años que flaquean.”

Cuando alguien ha dicho algo hermoso y profundo que pasa a formar parte de tu identidad; cuando ha cantado una canción que ha servido para conectarte, de niño, con tu cultura y los orígenes de los que te encontrabas separados por el destierro, te importa. Es un sentimiento que pasa a ser parte de tu alma. Pero luego descubres que ese alguien tuvo activa participación en sostener ese destierro y luego te enteras de su crueldad. ¿Son cosas separables? ¿Debes separarlas? No lo sé.

El problema es que me sigo emocionando con esas canciones y particularmente con “Bajando Pa’ Puerto Aysén”. Así que las escucho igual nomás. Pero ahora, a las capas de sentimiento y dolor que tiene la canción en sí misma, hay otras que añade la historia de la que somos todos herederos. Me pasa algo similar con otras canciones de los Quincheros: me llenan de contradicciones, de alegrías y penas mezcladas, de dolor y dulzura, de placer y culpa mezclada.

Y creo que lo que he aprendido, con el tiempo, es que con las tragedias de la historia ocurre algo similar a lo que se expresa en esa canción. Seguimos caminando, cumpliendo con nuestros trabajos y tareas, cansados, acarreando envueltos en una tristeza callada todos nuestros dolores.

Y en ese caminar triste hay belleza.

“Laray lararay laran

tropilla sobre la nieve,

sombras en el corazón.”

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