Francisco Javier Diaz

Francisco Javier Diaz

Abogado y cientista político (U. de Chile, London School of Economics). Analista, columnista, ex-influencer y speechwriter profesional. Fue Subsecretario del Trabajo (2014-2018), ahora ejerce como abogado en materia laboral.

¿Qué onda, Señor Presidente?

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Hay un video en Youtube que retrata la desconcertante personalidad del Presidente. Ocurrió en 2017, cuando Sebastián Piñera era candidato para las elecciones de ese año y es entrevistado en el programa Tolerancia Cero por Daniel Matamala y Mónica Rincón. Los periodistas indagaban acerca de las operaciones jurídico-tributarias que realizó Piñera en 1992 a través de las llamadas “empresas zombies”. Mónica Rincón le espeta al actual Presidente que aquellas operaciones se realizaban con el solo propósito de eludir impuestos a través de la adquisición de las pérdidas de arrastre de dichas empresas. Y allí es cuando emerge la versión desconcertante de Piñera, quien entrega un verdadero guion acerca de la operación, lleno de antecedentes inexactos y medias verdades.  La periodista le pregunta: “¿Pero para qué querría usted comprar una empresa que no es más que un papel y un RUT?”. Y Piñera responde olímpico: “¡Pero Mónica, era una empresa que tenía 100 años de historia!”.

Son esas actitudes las que desconciertan del Presidente Piñera. La capacidad no solo de armar retrospectivamente un verdadero guion respecto de sus actos, sino que de actuarlo a tal punto que pareciera estar convencido de la total veracidad del relato.

Tristemente, en las últimas dos semanas ha emergido nuevamente aquel rasgo del Presidente. Pareciera que se ha terminado convenciendo de su teoría conspirativa respecto del 18-O y de su rol de héroe en esta historia. El rol de líder que es objeto de una colosal conspiración del marxismo internacional, que busca forzarlo a cambiar su programa de gobierno, pero que él resiste estoicamente los embates del populismo, como se esmera en repetir, cual Ulises amarrado al mástil para no escuchar los cantos de sirena.

Lo grave en esta oportunidad es que el guion se ha vuelto absurdo y risible. Y eso no es bueno para la auctoritas presidencial.

A poco andar del estallido social, se asomó el guion sugerido desde el Segundo Piso: se trata de un ataque coordinado desde el extranjero. Allí vino la frase que transformó la protesta puntual en movimiento histórico: “estamos en guerra” con aquel mítico enemigo poderoso e implacable que no respeta a nada ni a nadie, o en palabras de la Primera Dama, una banda de alienígenas. Y aunque parezca increíble, a dos meses de aquellas declaraciones, el Presidente aun no reconoce que aquellas palabras fueron quizás si el más grande error cometido. “Guerra con la pobreza, guerra con la desigualdad, guerra con la violencia” suele decir el Presidente para sacarse el bulto. Pero aun no reconoce derechamente el error que incendió la pradera.

Y la semana pasada volvió a emerger aquel Presidente desconcertante. ¿No se da cuenta de sus evidentes equivocaciones? ¿No se da cuenta que sus argumentos no son creíbles?

Comenzó con una entrevista radial, cuando intentó definir un encuadre de discusión absolutamente exagerado. “¿De cuál cambio de modelo me habla usted? ¿Cambiar lo que tenemos hoy por el modelo venezolano?”

Luego, en una columna en el New York Times, el Presidente detallaba los desafíos de futuro. “Es la hora de realizar una segunda transición”. Así, olímpicamente, después de la protesta social más grande la historia, volvía al discurso con que asumió el mando hace 20 meses.

Siguió, escudado por los Ministros Blumel y Rubilar, con el ya tristemente célebre informe de Big Data. El episodio fue una comedia de equivocaciones, donde desde el Fiscal Nacional hasta los propios partidos oficialistas fueron unánimes en criticar la desprolijidad del gobierno.

Pero a pesar de todo eso y del ridículo que hicieron los servicios de inteligencia y orden público, el Presidente insiste con lo mismo en una entrevista a CNN. Y sigue con el cuento de la Big Data, el enemigo poderoso e implacable, la participación de gobiernos e instituciones extranjeras, y un intento de relativización a las violaciones de derechos humanos que han ocurrido de forma reiterada en estos meses.

Este último punto es relevante: el guion presidencial indica que han ocurrido violaciones a los derechos humanos, pero que son casos particulares donde no se respetaron los exigentes protocolos que el propio gobierno dictó. Y peor aun, que hay una mano negra internacional que tergiversa videos sobre estas violaciones.

¿Cuál es la idea? ¿Negar las violaciones graves y reiteradas a los derechos humanos que han constatado Human Rights Watch, Amnistía Internacional, el INDH o, ni más ni menos, que la Alta Comisionada de Naciones Unidas? ¿En qué está pensando verdaderamente? ¿En cómo contribuir a que se encauce el diálogo democrático en el proceso constituyente, o en salvar su responsabilidad política y penal?

¿A quién le habla, Sr. Presidente? ¿A todos los chilenos, para con humildad reconocer errores y apaciguar ánimos, o a la comunidad internacional, para evitar el juicio severo de la historia?

En el fondo, ¿qué es esto, Sr. Presidente? ¿Una genuina reflexión de un estadista, o es el guion de corto plazo para zafar de un estrepitoso fracaso?

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