Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Rebelión municipal

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En el estallido social, y ahora con el coronavirus, las alcaldesas y los alcaldes han asumido un papel relevante, adelantándose y muchas veces arrinconando a otras esferas políticas más tradicionales, partiendo por el gobierno y el parlamento. De alguna manera, el mundo municipal parece haber leído con mayor agudeza el momento político y las necesidades de las personas. Ese protagonismo municipal en estos tiempos de crisis ha sorprendido a muchos, pero sus síntomas han estado presentes por largo tiempo. Desde hace años, antes del coronavirus y el estallido social, antes incluso de las movilizaciones estudiantiles del 2011, los municipios vienen mostrando niveles de confianza ciudadana superiores a otras instituciones públicas, particularmente políticas. No es un fenómeno sólo chileno, sino que se repite en muchas latitudes. Probablemente, su emergencia no proviene exclusivamente de la alta valoración de la labor municipal, sino de la creciente insatisfacción con la función política más tradicional.     

La crisis política que se observa en la enorme mayoría de las democracias occidentales tiene razones profundas. No es culpa de malos políticos, que los hay por cierto, sino de cambios sociales y desafíos históricos que no encuentran respuesta en el tipo de instituciones políticas que tenemos ni tampoco en los paradigmas tradicionales de izquierdas y derechas. En ese contexto, la labor de representación y gestión que se realiza en el nivel local se ha transformado en una reserva de nuevas formas de vinculación entre ciudadanos y autoridades, y en un laboratorio para políticas innovadoras. No es sólo en Chile donde los municipios están desafiando los límites que les impone la legislación, ni se explica solamente porque existan alcaldes y alcaldesas figurones, populistas, paternalistas o mercanchifles. Los hay, por cierto, pero probablemente en la misma medida que los vemos entre parlamentarios, fiscales, generales y no pocos ministros.

El activismo municipal tiene otra explicación: su aparición viene a llenar un vacío producido por el conservadurismo y la rigidez que han ido adoptando las políticas públicas de nivel nacional, ensimismadas en paradigmas obsoletos e incapaces de responder a los gigantescos cambios que han tenido el mundo, y a los vergonzosos rezagos sociales que exhiben las sociedades pese a sus avances materiales. Y es allí donde la gestión municipal se ha transformado en un espacio, imperfecto y precario, de nuevas prácticas y paradigmas de política pública. En algunos casos, esa oportunidad se ha utilizado para experimentar soluciones improvisadas, carentes de método y profundidad, cargadas al clientelismo, pero también hay múltiples ejemplos que hablan de gestiones locales que han dado en el clavo, en Chile y en el mundo. Casos emblemáticos son las políticas de integración social en materia de vivienda de Barcelona, las innovaciones de transporte sostenible de Milán o Copenhagen, el urbanismo social de Medellín, la recuperación del centro histórico de Quito, la políticas pro peatones de Nueva York o París, el reciclaje de Oslo, la regeneración de barrios deteriorados de Buenos Aires o Washington, las políticas de prevención en salud de Londres, los programas contra la violencia de género de Ciudad de México o Bogotá, las experiencias de presupuestos participativos de Belo Horizonte o Curitiba y un largo etcétera. En Chile ha habido experiencias interesantes en muchos municipios, y desde hace largo tiempo, pero su visibilidad ha sido históricamente baja, lo que sólo recientemente empieza a revertirse: la inclusión de migrantes en Quilicura, la recuperación de barrios degradados en Independencia, las farmacias populares en Recoleta, la movilidad sostenible en Santiago, las estrategias de seguridad en Peñalolén, los nuevos formatos de participación ciudadana de Renca, las tempranas iniciativas contra las bolsas plásticas en Punta Arenas y Pucón, la reinserción social en La Pintana, el manejo de residuos en Vitacura o el fomento del deporte en Puente Alto.

Muchas de esas iniciativas se llevan adelante en un contexto de precariedad, con facultades y recursos limitados, muchas veces en el borde de lo que permite la legislación. Ello, junto con ser una debilidad, se ha transformado en un factor de sintonía con los ciudadanos. Tal como dice Benjamin Barber en su libro “If mayors ruled de world” (Si los alcaldes gobernaran el mundo), la fragilidad del gobierno local lo acerca a las personas, lo saca de esa omnipotencia y verticalismo que hoy genera tanto rechazo, y obliga a los equipos municipales a buscar la colaboración con los ciudadanos y la sociedad civil, con el gobierno central y el sector privado, para construir soluciones allí donde las políticas convencionales no llegan, o lo hacen tarde y mal. Saberse insuficientes y limitados se ha transformado en una virtud, en un factor de innovación y humildad, hoy tan necesario en la política.

No es raro entonces que alcaldes y alcaldesas hayan sido más empáticos y oportunos. No es raro tampoco que se equivoquen, se les vaya la mano y se metan donde no deben. El ninguneo del que han sido objeto históricamente en Chile es un resabio de centralismo y elitismo que no resiste más. El Chile de hoy no puede manejarse entre 15 o 20 pro-hombres. Son demasiado pocos, son demasiado hombres, demasiado barrio alto santiaguino, e insuficientemente pro.

El mundo que viene, estallido social y pandemia incluidos, está lleno de interrogantes que nadie puede arrogarse el mérito de saber resolver. El poder deberá ser compartido, deberá aprender a dialogar, a escuchar, a navegar en la incertidumbre y a construir soluciones entre todos, no carentes de errores y cegueras. Para Chile, eso significa pasar a un tipo de gobierno menos centralizado y vertical, quizás esa es la única manera de que vuelva a reconocérsele autoridad y confianza. Puede parecer una paradoja, pero para recuperar poder habrá que compartirlo.

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