Camila Erazo

Camila Erazo

Cientista política de la Universidad Diego Portales, con estudios en Teoría Política y Relaciones Internacionales en la Universidad de Chile. "He dicho asombro donde otros dicen solamente costumbre". 

Reinventarnos para ensayar nuevos circuitos

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Tal como plantea Zizek en su reciente libro Pandemic! –y muchos otros lo han planteado también–, la pandemia ha traído de vuelta a la humanidad la conciencia de su fragilidad, de lo contingente y absurda que puede llegar a ser la vida humana. Pero también nos ha expuesto, con más claridad que nunca, la relación indisoluble entre los fenómenos de la vida en sociedad. Ya pocos cuestionan que toda esta amenaza humana es el resultado de una mezcla en la que procesos económicos, culturales y naturales están intrincadamente relacionados. Frente a este panorama, lo único que nos queda por delante es reinventarnos para cambiar el circuito.

En un reciente artículo titulado “COVID-19 y los circuitos del capital”, cuatro investigadores provenientes de las ciencias sociales y de las ciencias naturales, advierten sobre cómo esta epidemia está relacionada con las “fronteras de la producción de capital”, en tanto provienen de procesos de económicos que extreman las condiciones de medioambientales y de ciclos de vida a tal punto que propician la creación y la transmisión de los patógenos. De hecho, aseguran que, por lo menos, el 60% de los nuevos patógenos humanos emergen al saltar de las comunidades de animales salvajes a las comunidades humanas locales.

Pero este tipo de advertencia no es nueva. De hace años ya que se llama la atención sobre los problemas de sequía, los desplazamientos forzados de población expulsión, diría Sassen–, los incendios forestales, las inundaciones, y así un sinfín de emergencias que observamos diariamente, que tienen sus orígenes en las formas de desarrollo económico.

A principios de agosto, The Guardian publicó una carta en la que un amplio grupo de economistas –entre ellos Joseph Stiglitz y Mariana Mazzucato– instan a los gobiernos a desmantelar las economías de combustibles fósiles, debido a que su impacto ambiental agudiza las desigualdades, “creando un sistema que resulta incompatible con un futuro estable”. También la pandemia, como indican todas sus cifras, ha afectado en mayor proporción a las poblaciones históricamente marginadas.

Sin embargo, la excepcionalidad de esta circunstancia, este tiempo donde todo ha quedado en suspensión, ha creado una oportunidad para pensar en futuros igualmente excepcionales, de modificar ciertas prácticas que nos lleven a crear nuevas formas de normalidad.

Hace un par de semanas, la Unión Europea llegó a un histórico acuerdo, cuyo elemento más alentador es que, en lugar de limitar los esfuerzos a reducir los déficits económicos creados por la crisis –tal como se hizo en 2008–, esta vez se incluye una visión estratégica sobre el futuro, donde una parte importante de los fondos irá a programas de digitalización de las economías y transición hacia un desarrollo verde. Para que la UE apruebe la inversión de los planes de recuperación–que no está de más decir que por primera vez se autorizará a la Comisión a contraer préstamos en nombre de la UE– los estados deberán indicar “la contribución efectiva a la transición ecológica y digital para conseguir una evaluación positiva”.

Esta aproximación estratégica surge de un diagnóstico común de los estados europeos: han tomado conciencia de que las emergencias que enfrenta el mundo están profundamente interconectadas y que la única forma para continuar adelante es transformando lo que a todas luces parece no estar funcionando.

Australia, país que históricamente se ha resistido a reducir sus emisiones de carbono, también ha dado señales de cambio en post de una economía verde. Así lo anunciaron la semana pasada, en un proyecto de reimpulso al país, que abordará audaces desafíos como, el uso de tecnologías para avanzar a “cero emisiones netas”.

Quedarnos al margen de estos procesos, observando con ligereza cómo surgen iniciativas que ensayan nuevos circuitos, nuevas formas de normalidad, sería una forma de trivializar lo que hemos experimentado. Hannah Arendt decía que, si la libertad y nuestra capacidad de actuar nos garantizan algo, es que siempre podemos volver a empezar.

IMAGEN: Del fotógrafo brasilero Sebastiao Salgado (1944) de su libro “Éxodo” (1994)

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Desde esta perspectiva, Mazzucato no sólo propone dejar atrás la narrativa de un Estado que sólo corrige al mercado, sino desmitificarla: el Estado ha hecho mucho más que solucionar las fallas del mercado. Ha creado y dado forma a mercados que hoy permiten a millones de personas acceder a nuevas tecnologías. No hay nada de excéntrico, entonces, en pensar que el Estado debe jugar un papel activo – o protagónico- en la creación de valor en la economía.

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