Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Revisitar a Jorge Semprún: Memoria y consciencia de Europa

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Solo recuerdo los miles de tonos verdes esa tarde de primavera, después de la lluvia. A escasos metros de la frontera entre España y Francia. Al fondo, el Bidasoa desde Francia en Biriatou. En la otra ribera, España. Esas dos entelequias de naciones nacidas al abrigo de siglos de resistencia, de lenguas, de culturas, cuyas fronteras hoy no existen, pero hace sesenta años eran el espacio entre el horror y el atraso franquista y una Francia que salía de la guerra.

Ahí, en la tranquilidad de su pequeña plaza, que recuerda al escritor, mirando al río, con un cementerio cuyas tumbas fueron abiertas ante el estupor del pueblo –pues la Guardia Civil- descubrió que esos fríos espacios húmedos, ETA se escondía para resistir en los ochenta. Casas de piedra, un campanario. Biriatou se levanta como ese “pequeño pueblo de apátrida”.

Jorge Semprún (España, 1923), el escritor, el hombre de la resistencia, el clandestino al franquismo, el intelectual, el político, el deportado de Buchewaltd y el europeo sempiterno, se sienta a observar la orilla española antes de cruzar para seguir dirigiendo la resistencia al régimen franquista. En esa orilla, se convertía en Federico Sánchez, su alter ego en la resistencia.

El lugar ha quedado consignado en la película “La guerre est finie” (1966) de Alain Resnais, y narra magistralmente la historia protagónica con Yves Montand en el personaje de Diego Mora, un antiguo exiliado español que ingresa clandestino a España por ese mismo lugar. Los escenarios buscados y los diálogos escritos, por el escritor, en su primera de muchas incursiones en el cine.

Semprún, pidió ser enterrado en el cementerio de Biriatou para desde ahí mirar España, país del que arrancó siendo un niño de familia republicana en el verano de 1936.

El escritor vivió desde aquél entonces en Paris. Siendo muy joven emprendió la resistencia al nazismo. Fue detenido, torturado y enviado al campo de concentración de Buchewaldt. En 1944 las tropas del general Patton lo liberaron del horror, pero siempre recordó que el campo, luego sirvió como centro de exterminio de las purgas estalinistas.

Ahí en el Ettersberg, bajo el haya de Goethe, paradojalmente muy cerca de Weimar, la ciudad europea, donde se fraguara el primer intento de una Europa democrática y tolerante. Esa que sucumbió bajo los totalitarismos del nazismo y el estalinismo, pero que sobrevivió en los deportados del campo. Comunistas, socialistas y socialdemócratas de todo Europa. Ahí nace lo que en 1935, y en pleno ascenso del nazismo, Husserl denominó “el momento en que Europa sucumbe a su sentido racional y cae en la barbarie o recurre al heroísmo de la razón para renacer”. Sabemos la historia. La caída en la barbarie y el heroísmo de la razón. Todo en un mismo siglo.

Semprún diría que la historia del concepto de Europa nació en los barracones del campo, entre compañeros venidos de todo el continente.

“Elegí la vida, y por eso dejé de escribir, lo intenté, pero era eso o la muerte” relató Semprún, defensor y constructor de esa Europa. Ministro de Cultura de González, riguroso y melancólico creyente republicano hasta el fin de sus días.

Murió en Paris un 7 de junio de 2007, y pese a que su cuerpo no fue enterrado en su “tierra de apátrida” de Biriatou, sino en Garentreville al sur de París, envuelto en la bandera de la República, dejó una portentosa obra literaria y de ensayos que recomiendo leer en tiempos de deriva. “El Largo Viaje”, “La escritura o la vida”, “Veinte años y un día”, “Adiós, luz de verano” y sus ensayos “Federico Sánchez se despide de ustedes” “Pensar Europa” y “El hombre europeo”, son algunas de sus mejores líneas para comprender la consciencia de una Europa por estos días en peligro y a ratos a la deriva.

Semprún nos ofrece lo mejor de la voz de la Europa democrática, abierta, solidaria, construida sobre la base de los totalitarismos derrotados de resistencias inagotadas, que él padeció en razón de su búsqueda incesante de la libertad.

En los días que miraba el Bidasoa desde el mismo lugar en que lo hacia el escritor años antes, y al conmemorarse años de su muerte, la familia, edita un libro póstumo. “Ejercicios de Supervivencia” (Tusquets, marzo 2016) con prólogo de Régis Debray en su edición francesa, y de Mario Vargas Llosa en español.

En su libro Semprún navega en la oscuridad de la tortura que sufrió al ser detenido por la Gestapo antes de ser transportado al campo de Buchewaldt.

Las líneas son lacerantes. La tortura lleva consigo la humillación y la degradación del ser humano en lo más hondo de sí, y Semprún, escarba antes de morir sin pudores en la misma. La exposición de la vergüenza humana, de los insultos, las uñas arrancadas, las veces que se le sumerge en una bañera con excrementos, dejan en el escritor una huella imborrable, que sólo después de su muerte sale a la luz en primera persona.

El resultado del libro pese a toda la atrocidad del relato, es de una esperanza luminosa y resulta una lección del espíritu humano. Nos recuerda que un ser humano sometido al dolor, puede ceder y hablar. Pero puede también resistir, aceptando que la única salida de aquel sufrimiento salvaje sea la muerte. Es el momento decisivo, en el que el guiñapo sangrante derrota al torturador y lo aniquila moralmente, aunque este convierta a aquél en cadáver y vaya luego a tomarse una copa. En esa victoria silenciosa y atroz lo humano se impone a lo inhumano, la razón al instinto bestial, la civilización a la barbarie.

 Semprún tiene la capacidad –y por ello es necesario revisitarlo- de enseñarnos con su propia biografía, incrustada en los conflictos y dolores en el siglo XX que la humanidad resiste en medio de la bestialidad, en que la esperanza deja tras ella una estela de luchas sin decaimiento en un tiempo donde toda lucha vuelve a tomar sentido en tiempos de incertezas globales.

Debray habla de Semprún y señala que éste fue capaz de “convertir la experiencia en conciencia”. Esa experiencia profunda ante el dolor y su arraigo con el mundo que lo rodea es el llamado al espíritu humano.

Leer a Jorge Semprún y su obra, permiten revisitar no solo los conflictos y dramas de un siglo e insertarse con disección profunda en el que vivimos, sino en búsqueda constante de la fuerza de la experiencia y de la conciencia del ser ante el horror.

En Semprún existe la búsqueda incesante, diáfana y precisa de lo que André Malraux señaló como la región crucial del alma, donde el mal absoluto se opone a la fraternidad, no sólo para reconocer dicho mal, sino para, a partir de éste, ser capaz de fijar el punto de partida de la lucha por una humanidad con memoria, fraternidad y futuro.

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