Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Sentimentalismo moral y esperanza social

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Uno de los desafíos más complejos de estas semanas ha sido mantener funcionando la educación a distancia, sobre todo para estudiantes secundarios. Las opiniones van desde mantener rutinas de funcionamiento y estudio más o menos estrictas hasta poner a dieta las expectativas y hacer lo que se pueda. La vida, para los padres que teletrabajan, se ha puesto más difícil ahora que sus hijos están en vacaciones confinadas. Quizá este es un tiempo propicio para recurrir a la literatura y al sentimentalismo moral como educación para la esperanza y la transformación social. Aquí va una idea.

Ha habido un grupo de filósofos anglosajones que, desde Hume en adelante, han defendido una teoría que llaman sentimentalismo moral. Sostienen que la educación no es solo un asunto de argumentación, sino que consiste también en una apelación al sentimiento moral.  El género humano puede educarse en el respeto mutuo, la tolerancia, el reconocimiento, los derechos humanos, la democracia, la libertad, la igualdad y la no discriminación no solo por la vía de las razones, sino sobre todo por el camino de la empatía. No apelando a una esencia común de la humanidad, sino apelando a los sentimientos. 

Para ellos, la literatura, y en especial la novela, ha cumplido un rol crucial en la expansión de la democracia. Ha permitido a las personas repensarse a sí mismas y su relación con los demás y ha sido un instrumento de transformación porque sensibiliza, potencia la imaginación, ensancha horizontes, desconfigura y reconfigura el aislamiento cultural, permite desinstalar etnocentrismos y ver a los demás como seres humanos.

Richard Rorty, un filósofo estadounidense ya fallecido y que se inscribe en las tradiciones del pragmatismo y el sentimentalismo moral, ilustra estas ideas con ejemplos a lo largo de su obra. Para él, los profesores alemanes de la posguerra hacían que sus alumnos leyeran “El Diario de Anna Frank”; sabían que leerlo les permitiría a los jóvenes comprender los horrores del holocausto y entender lo que habían sufrido las familias judías. “La Cabaña del Tío Tom” de Harriet Beecher hizo más por desenmascarar el racismo en el sur de Estados Unidos que muchas políticas públicas.  Si quisiéramos ayudarle a alguien a comprender el lugar de la culpa en la conciencia humana, probablemente lo más efectivo sería hacerlos leer “Crimen y Castigo”.

Una de las preguntas fundamentales de Rorty era cómo expandir la idea del “nosotros”. Entendía por “nosotros” ese conjunto de valores que definían la identidad de las personas y comunidades que colaboran en el progreso moral de la humanidad. Valores como la democracia, la libertad, la justicia y la solidaridad. Y concluía que la novela contiene un enorme poder democrático. Poder que reside en su capacidad para desarmar la idea etnocéntrica de que existe una sola versión verdadera de la vida y de la realidad.

Por eso que, para este filósofo, la novela cumple un rol persuasivo y transformador. Porque produce nuevas categorías y repertorios que describen la realidad de maneras siempre nuevas y porque ha sustituido a la argumentación por la imaginación como eje fundamental del progreso moral. El poder transformador de la narrativa cultiva la empatía y ayuda a ver a los extraños como compañeros en el sufrimiento; favorece la agencia y la autonomía impulsando al lector a aprender a pensar por sí mismo, liberándose de formas acríticas de entenderse a sí mismo y a los demás.

Cuántas novelas han favorecido la ampliación del “nosotros”. O sea, han permitido a muchas personas empezar a ver a una niña judía, a un campesino negro, a una mujer prostituta o a un joven homosexual como uno de “nosotros”. Es decir, como un ser humano igual en dignidad y derechos. 

Si el progreso moral consiste en expandir la empatía, entonces la literatura puede jugar un rol central.  Tal como sucedería si un grupo de estudiantes criados en una cultura machista y patriarcal leyeran la autobiográfica “Teoría King Kong” de Virginie Despentes, una feminista provocativa y honesta que está lejos de transmitir una perspectiva complaciente del feminismo. 

Algo parecido al efecto transformador de la novela ocurrió con la performance de Las Tesis durante el estallido social. Varias personas no vieron que era una acción performativa, una expresión de arte, una metáfora, que más allá de la literalidad de su letra lo que estaba denunciando son las estructuras sociales, culturales y políticas patriarcales en las que se ha desarrollado la vida. La crítica de quienes leyeron la literlidad de la letra era equivalenta a criticar un cuadro de Picasso porque deforma la anatomía humana. Esta acción de arte callejero probablemente ha hecho más por la causa feminista que mucha argumentación y que muchas políticas paritarias. Se parece al poder de la novela, es el poder transformador del arte y la creatividad.

Estos tiempos raros, inciertos y cansadores pueden ser también una oportunidad para el arte. Para el arte en sí mismo, pero también para cultivar el sentimentalismo moral como camino para mantener viva la esperanza social.

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