Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Siete claves para situarse en la crisis

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A pesar de lo mucho se ha dicho y escrito sobre la crisis que vive el país estos días, aquí ofrezco una mirada en siete ideas. Sé que me arriesgo a ser otro opinólogo cargante y frívolo. Pero ¿de qué voy a hablar sino de lo que estamos viviendo?

  1. Lo primero es que cualquier lectura será siempre muy parcial. Se trata de un fenómeno multicausal en el que han participado diversos grupos sociales cada vez más fragmentados. Detrás de este movimiento social no hay un solo sujeto social, son varios y muy distintos. El miércoles, que volvía del trabajo y me quedé sin Metro, caminé atravesando la manifestación más grande que ha habido estos días. En la Alameda, frente al paseo Ahumada, se manifestaban pacíficamente muchos adultos trabajadores. Cantaban “El Baile de los que Sobran” y expresaban su profundo descontento ante las desigualdades y la precariedad de la vida. Un poco más arriba, al llegar a Santa Lucía, estaba la protesta dura, los piedrazos, el maltrato a los Carabineros, las quemas, los guanacos y el zorrillo. Finalmente, en la Plaza Italia se acababa la violencia y abundaba el manifestante joven, alegre, leve, casi de fiesta. Con bailes, manifestaciones artísticas y buena onda. Probablemente no estaban aquí los que han quemado el Metro y los que han saqueado. El lumpen, como se les llama con desprecio.

  2. A pesar de la violencia, que casi todo Chile condena, el apoyo al movimiento ha sido muy amplio. “Chile despertó” se ha transformado en una consigna esperanzadora para muchos. Es fácil entender la frustración de quienes Sygmunt Bauman llama “precariado”. Ese 50% de trabajadores que percibe un ingreso igual o inferior a $400.000 o ese 70% de los trabajadores que percibe un ingreso igual o inferior a $540.000. Son las personas que utilizan el transporte, la salud y la educación pública. Todos bienes precarios. Son los que tendrán una jubilación miserable. Pero el “precariado” no sufre solo por los bajos ingresos que le hacen difícil llegar a fin de mes. La sociedad de mercado –no la economía de mercado– (para esta diferencia sugiero el libro de Michael Sandel “Lo que el dinero no puede comprar”) existe sobre una falsa promesa. La promesa de la libertad. La promesa de que podemos tenerlo todo. Por eso la publicidad vende experiencias que nos hacen imaginar la felicidad. Es la sociedad del crédito. Sabemos que el negocio del retail no está tanto en la venta al contado como en la venta al crédito. Las personas trabajan mucho, ganan poco, viven endeudadas y envejecerán en la miseria. Es la sociedad del cansancio que sugiere Byung-Chul Han.

  3. El precariado es la clase media. Pero también está ese 9,2% de chilenos que viven bajo la línea de la pobreza. Que sube a 20% en la medición multidimensional de la CASEN. Son las poblaciones, villas y campamentos tomadas por los narcos. Donde las familias viven con pavor. Muchos han criticado los saqueadores que llegan en auto a saquear. Creo que son justamente esas bandas organizadas de narcos. Aunque también son familias que viven en la pobreza, personas comunes y corrientes. Frustradas. Que vieron una oportunidad y la tomaron. Pienso que sintieron que viven en una sociedad que les ha quitado tanto y que por eso tienen todo el derecho a quitar también.

  4. Lo más complejo de entender es la violencia política. La quema del Metro ¿Quiénes son? ¿Por qué atacan el servicio público más democrático y eficiente que tiene Chile? ¿Por qué hacen peor la vida de las personas que viven más precariamente? La peor respuesta es la de esa derecha plutócrata que está convencida que Maduro envió un puñado de venezolanos a desestabilizar el país. Y es la peor idea no porque sea una cantinela absurda. Sino por monolítica. Porque sigue creyendo que hay un enemigo claro e identificable que tiene un móvil político dentro del registro izquierda-derecha. Se trata de otra cosa. Se trata de grupos fragmentados, pero organizados. No es pura anomia. Quieren echar abajo un modelo económico, político y social. No es una generación que no respeta la autoridad, es una generación que aprendió que la violencia les confiere poder y control y por eso ellos han ganado autoridad. Probablemente son los mismos que han estado atacando el Instituto Nacional. Por eso ya están organizados y tienen cierta estructura. He leído que se comunican por una suerte de chat que tienen los video juegos. No por las redes sociales tradicionales. Un hacker logró interceptar estas conversaciones poco antes de la quema simultánea de varias estaciones de Metro.  El problema es que la solución armada no funciona. Porque estos grupos fragmentados-pero-organizados de activistas encuentran en las fuerzas armadas y de orden un enemigo más identificable lo que escala la violencia (ver la columna de Nicolás Rojas en El Mostrador de ayer jueves).

  5. Está bien la explicación contractualista de Carlos Peña. Que el estado de naturaleza requiere de un orden normativo que lo organice. Pero han pasado muchas cosas desde Hobbes y su Leviatán. La sociedad contractualista está fundada sobre la reciprocidad. Cedemos a parte de nuestra libertad a cambio de orden, seguridad y leyes. A cambio del Estado. Pero las democracias liberales contractualistas han sido ciegas frente a esas personas que no tienen la capacidad de “reciprocar”, o sea, de dar algo a cambio. Hemos visto en Chile que las demandas de justicia han sido sobre todo demandas por reconocimiento de grupos que han quedado fuera de los grandes acuerdos. (Esta idea la desarrolla Adela Cortina en “Aporofobia. El rechazo al pobre”).

  6. Lo más paradójico está, nos guste o no, que esos cambios de justicia tan anhelados por muchos en silencio comienzan a tener lugar gracias al conflicto y a la violencia. ¿Estaríamos echando por la borda la reintegración tributaria, estaríamos mejorando la pensión básica solidaria y el ingreso mínimo, estaríamos aumentado el impuesto a la renta de quienes ganan sobre ocho millones de 35% a 40%, estaríamos pensando bajar los sueldos de las autoridades públicas, se estarían los parlamentarios bajando su dieta –todo en dos días– si no fuera por el conflicto? Probablemente no.

  7. Finalmente, creo que lo que vivimos es una profunda crisis política que pone en juego la democracia, lo más preciado que tenemos. Y por eso es tan grave.

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