Martin Letelier

Martin Letelier

Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Chile con intercambio académico en la Universidad de Utrecht, Países Bajos. Maratonista aficionado. Me gustan los postres, el tenis y la literatura (en ese orden).

Sobre la lucidez electoral

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Durante un lluvioso domingo en el que se celebran las elecciones municipales, el resultado es el más inesperado de todos. Una mayoría avasalladora ha ejercido libremente su derecho a voto, optando por dejarlo en blanco. Más de un 80% de los votantes ha considerado como su mejor alternativa, no marcar ninguna preferencia. Las autoridades, alarmadas, se apuran en buscar culpables de esta peligrosa revolución, que acusan, es organizada por peligrosos extremistas desconocidos que pretenden socavar la democracia.  Ante la imposibilidad de encontrarlos, culpan al clima, inventan enemigos y repiten las elecciones…teniendo por resultado, el mismo que la primera vez: aplastante mayoría de votos en blanco.

Este es el argumento de “Ensayo sobre la Lucidez”, novela del gran escritor y premio Nobel de literatura, José Saramago. Publicada en 2004, el libro es una alegoría en la cual se evidencian las falencias de una agotada democracia representativa. La clase política ha traicionado su mandato de escuchar las demandas sociales y convertirlas en políticas públicas efectivas, mientras una ciudadanía desesperanzada, de manera espontánea y poética, responde votando en blanco. Ante la oscuridad de quienes detentan el poder, lo más lúcido es el reflejo de una papeleta en blanco.

Las similitudes con el panorama chileno saltan a la vista, donde la crisis de legitimidad de las instituciones y de desconfianza hacia la clase política es de público conocimiento. Aquí no abundan los votos en blanco, pero si las papeletas sin marcar; según datos del SERVEL, más de un 53% de las personas habilitadas, no sufragó en las últimas elecciones presidenciales y parlamentarias.

Dicha elección es el último antecedente previo a las olimpiadas electorales que se avecinan. Si, porque entre lo que queda de este año y enero del 2022, se realizarán incluso ¡ocho elecciones!, en las cuales serían elegidos mediante sufragio hasta 3249 cargos públicos entre alcaldes, concejales, gobernadores -estos por primera vez-, consejeros regionales, congresistas, presidente y eventualmente delegados constituyentes. Las penas de la democracia se pasan con más democracia, dirán algunos reciclando un refrán futbolero.

Pero mucha agua ha pasado bajo el puente y pareciera que el país y el mundo que habitamos ya no es el mismo de aquella lejana elección. Será interesante ver cómo la combinación de factores estallido social/pandemia repercutirán en la participación electoral. 

Por una parte, se ha evidenciado un transversal mayor involucramiento de la ciudadanía en el debate público, que ha copado sobremesas y redes sociales. Sin embargo, y al mismo tiempo, cuesta recordar un momento de tanta desconfianza y rechazo hacia la totalidad de la clase política convencional, donde ni el congreso ni el ejecutivo alcanzan los dos dígitos de aprobación ciudadana.

Las penas de la democracia se pasan con más democracia. Por supuesto, pero eso no basta. Si la democracia representativa quiere realmente subsistir y dejar de ser un mero ritual legitimador de nuestra clase política, donde nuestros votos son vistos como cheques en blanco, no se trata únicamente de un problema de cantidad, sino también de calidad democrática y de parte de quienes nos representan. 

¿Qué características deberían tener entonces nuestros líderes políticos de ahora en adelante?

A pesar de la estática inherente del paisaje pandémico, éste ha sido fértil en acontecimientos políticos.  Éstos a su vez, han permitido dar ciertas luces sobre aspectos formales (o de personalidad) que parecen ser centrales para los electores de cara a la elección de sus próximos representantes. Al respecto me gustaría aportar tres ideas.

Un síntoma que se viene acusando hace tiempo, es la desconexión de la clase política con la realidad de la mayoría de los chilenos. Donde ha quedado al descubierto este hecho, siendo incluso reconocido por algunos (“hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”), los alcaldes han pasado el examen. Han estado conectados con las realidades de los miembros de su comuna, sacrificando en ciertos casos, sus propios dogmas ideológicos en pos de la necesidad del caso concreto. En tiempos convulsos, los alcaldes han demostrado olfato, sentido común y genuina vocación pública. Han dado prueba de su calle, siendo este un valor fundamental y que debiera extenderse a otras esferas del poder.

Por otra parte, en un país en que por razones sanitarias todos hemos tenido que restringir nuestras libertades, autoridades han viajado en avión con un examen PCR pendiente y siendo contacto estrecho de casos positivos, andando en skate sin permiso y asistido a funerales con un mayor número de personas que las dispuestas por protocolo. El caso concreto no es relevante, pero muestra una verdad dolorosa: las reglas son para los otros.

Quienes logren pasar esta prueba de la blancura, esa de entender la legitimidad de los cargos sometidos a decisión popular como una constante que se gana periódicamente, estarán mejor posicionados de cara a una elección, o bien, reelección. La legitimidad hoy es un concepto dinámico, donde ya no basta con ganar el sufragio para tenerla, sino que debe ser trabajada día a día por quienes detentan cargos públicos. La posición de líder se legitima con el ejemplo y no como una excusa para sobrellevar la igualdad ante la ley. 

Por último, un estudio publicado por la revista TIME el 12 de julio hizo un listado de los países que mejor habían manejado la pandemia atendiendo a tres criterios: gestión sanitaria, conducción política y respuesta económica. De los 11 países elegidos, más de la mitad (6) son liderados por mujeres. La cifra alcanza mayor notoriedad si se considera que de 193 países reconocidos por la ONU, solo 22 son dirigidos por mandatarias.

Limitar una discusión tan multifactorial a un mero reduccionismo de género es debatible, pero el dato al menos demuestra una cosa. Que características históricamente asociadas al género femenino, hoy son clave, como la capacidad para liderar de una manera colaborativa y tendiente a llegar a acuerdos, comunicar con empatía y poder actuar al mismo tiempo, en muchas direcciones.

Estos elementos debiesen ser un básico para ejercer cargos en una disciplina que tantos han definido como “el arte de lograr a acuerdos”. No obstante, en nuestro país, lamentablemente han escaseado. Los primeros meses fue criticada la falta de actitud colaborativa de buena parte de la oposición y desde el oficialismo, Mañalich finalmente terminó pagando los costos de concentrar gran parte de una tarea titánica únicamente en su persona.

Frente al vendaval de elecciones, hoy el escenario parece ser más difuso que nunca. Estando a casi un año de la primera vuelta presidencial, quienes corren con ventaja (Lavín y Jadue) presentan aún escuálidas cifras, y además representando proyectos tan disímiles. De ahí que para conquistar a un electorado escéptico y desesperanzado sean determinantes estos aspectos formales mencionados. 

Pero la política es fundamental. Bien vale la pena recordarlo en estos tiempos ajetreados, donde es más fácil que nunca caer en los discursos simplistas del “que se vayan todos” y “para qué votar si son todos iguales”. Son precisamente esos discursos disfrazadamente apolíticos los que la historia recuerda que conducen a un solo lugar; a las demagogias y totalitarismos.

Por eso la importancia de la participación ciudadana de cara a las olimpiadas electorales que se avecinan. Desde el aspecto logístico, será un imperativo generar las condiciones sanitarias que permitan que la votación sea contundente. Pero desde lo decisional, solo en nuestras manos está la lucidez necesaria para decidir nuestro futuro. Ese que parte con el plebiscito de octubre, la presidencial de fines del próximo año y todo lo que haya entremedio.

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