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Suspiro limeño

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Si hay que observar una crisis con atención es la vivida la última semana, y especialmente los últimos años en Perú, desde la elección en 2016 del Presidente Pedro Pablo Kuczynski y su destitución en marzo de 2018.

Unicameralidad, corrupción en la década de crecimiento espectacular de la economía peruana, institucionalidad débil, un Congreso representante de intereses espurios, abuso de la vacancia presidencial, choque entre el Congreso y el Ejecutivo, han sido palabras y hechos recurrentes en los últimos cuatro años y medio.

Derrumbado por sus negocios y supuestos conflictos de interés, el fujimorismo, que por entonces, actuaba con bastante fuerza monolítica, dirigido por Kenji enfrentado a su hermana, lograron derrotar a un Kuczynzki que dejó la presidencia antes de dos años. La primera vacancia presidencial, por la amplísima cláusula de incapacidad moral daba resultado. Con ella llegaba la caída uno a uno de posibles candidatos y el Congreso era procesado por los más diversos delitos. 

La lista es larga 130 parlamentarios con algún tipo de investigación ejercen sus cargos. Con todo, Vizcarra asumió la presidencia, luego de haber ejercido como vicepresidente y embajador de Perú en Canadá. A poco andar comprometió, y vio en su supervivencia la capacidad de reformar el sistema de justicia y combatir la corrupción. El máximo apogeo de su poder lo vivió al disolver el Congreso en septiembre de 2019 –la Constitución permite que el Ejecutivo lo haga por una vez en su período- pero con ello, enfrentó la rabia del Congreso que intentó tres veces la vacancia por incapacidad moral. En una de ellas, incluso, alcanzó a ser destituido, pero tecnicismos legales y un grado de oportunismo extremo llevaron al Congreso a juramentar como presidenta a Mercedes Aráoz su vicepresidenta, que ante el apoyo prestado al presidente que salía, por parte de las Fuerzas Armadas y la Policía hicieron retroceder la maniobra de la otrora flamante cuasi presidenta. 

El enfrentamiento del Congreso y el Ejecutivo se agudizó cuando Vizcarra logró sortear un caso de corrupción por contratos mal habidos de un personajillo de la farándula cercano a él en el Ministerio de Cultura y luego cuando se le comenzó a investigar en fase preliminar su paso como presidente regional de Moquehua, lo que energizó a sus enemigos en el Congreso. La razón, sostienen muchos analistas, la corrupción desatada de congresistas que sin reelección posible viven de las redes de la política y la representación de negocios, conocida es la ligazón de muchos de ellos con universidades de pésima calidad que estafan a miles de jóvenes peruanos, transportistas ilegales o mineros informales.

Golpeado por uno de los peores manejos del Covid-19, un Estado diezmado ante las pugnas partidistas y los egos de algunos personajes, la crisis económica que ha condenado a millones de peruanos al trabajo informal, la democracia peruana ha tocado fondo la semana pasada con la asunción por destitución por vacancia del Presidente Vizcarra, asumiendo la presidencia, el congresista Manuel Merino de Lama, un discreto y poco preparado político electo en Tumbes por 5.500 votos en la última legislativa. 

Sólo 19 legisladores se negaron a aprobar la vacancia y de ellos saldrá el nombre del próximo presidente o presidenta del Perú. A la hora del cierre, los nombres de personeros del Partido Morado y el Frente Amplio, entre ellos Rocío Silva Santiestebán, una poeta y escritora peruana, el ingeniero Francisco Sagasti, Mirtha Vázquez o la ex jueza Carolina Lizarraga. La verdad las posibilidades son escasas, débiles y de baja experiencia, quien sea electo deberá gobernar hasta julio de 2021 y entregar el poder a quien sea electo el próximo año. La situación es crítica.

Con todo lo más interesante de la jornada fue la profunda resistencia del pueblo peruano y de los jóvenes, dos de ellos se cuentan entre las víctimas fatales asesinadas por la represión policial. La intolerancia del pueblo peruano y de una nueva generación a la violación de derechos humanos hizo reaccionar a la sociedad peruana completa contra Merino y su premier Antero Flores Aráoz. Ni el recuerdo del presidente de facto a sus antecesores y correligionarios de gran calado moral Fernando Belaúnde Terry, ni a Valentín Paniagua, el presidente del retorno a la democracia (2000-2001) hicieron que la ciudadanía no se enfureciera primero con la decisión de destitución de Vizcarra, ni mucho más, con el asesinato de dos jóvenes por cargas de la Policía Nacional.

La sociedad peruana, pese a todo ha demostrado unión y fuerza para defender la democracia y los derechos humanos, para oponerse de una buena vez a las componendas de un Congreso que para la sociedad huele a una cloaca, y aunque la salida no es fácil, los jóvenes en las calles, las figuras intelectuales como Mario Vargas Llosa y otros, además de la prensa han reaccionado aireados contra las violaciones y asesinatos cometidos y ante la usurpación del poder en un país cansado y agobiado por las dificultades y la corrupción que tiene ya a 4 ex presidentes arrestados o con graves problemas con la justicia.

Del Perú hay que aprender, de lo bueno y lo malo, una democracia carcomida por la corrupción y los intereses oscuros puede destruir el fondo de institucionalidad que queda. Es también, claro que los mecanismos de destitución presidencial se han convertido en una forma de legitimación de la acción golpista en contra de presidentes en América Latina, un mecanismo sofisticado revestido del efectismo de la interpretación forzada del derecho, que ya ha afectado a Brasil, Perú, Paraguay y Bolivia en los últimos años, y que como bien denunciara en su clásico texto, el cientísta político argentino Aníbal Pérez Liñán es la nueva amenaza a la estabilidad del continente.

Es de esperar que la situación del Perú pueda superarse pronto, pero se requerirá de una reingeniería constitucional para mejorar el texto, o que este, sea interpretado por el Tribunal Constitucional –asunto pendiente- para evitar la inestabilidad que continúa a esta hora, probablemente la situación solo sea salvada con reformas de fondo a partir de la presidencia que surja con la suficiente legitimidad en 2021, de lo contrario el mal puede convertirse en crónico. 

En nuestro proceso constituyente mirar al Perú es un imperativo. El balance entre Ejecutivo y Legislativo, la disolución del Congreso, la unicameralidad, el impedimento a la reelección son elementos que suenan en algunos, pero de cuya experiencia habrá que sacar lecciones para evitar males o mejorar experiencias, de lo contrario, no olvidemos nunca que los males que padece un país hermano pueden ser el principio de una crisis que nuestro país comienza a anunciar.

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