Pablo Morris

Pablo Morris

De profesión sociólogo. Me apasiona la investigación social, las políticas públicas y los temas laborales. Padre de una linda concertista de violín. También músico, escritor, maratonista y aprendiz de cocinero y jardinero. Soy chileno, migrante interno y externo. Optimista, quiero un país más justo igualitario y solidario, donde las personas puedan cumplir libremente sus sueños. Fui jefe del departamento de estudios de la Dirección del Trabajo y antes trabajé en SENCE, Asesorías para el Desarrollo, Fundación Chile y Fundación Chile 21.

Tres ideas para un nuevo modelo laboral

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El mundo del trabajo ha sido el principal afectado con la crisis económica generada por la pandemia del covid-19, no sólo en Chile sino en toda América Latina y el mundo. En esta columna no volveré a citar datos que son bastante contundentes con respecto al impacto laboral y a la crisis social generada por la pandemia. 

Lo que quiero proponer son tres ejes conceptuales claves para pensar la recuperación y el nuevo modelo que deberá surgir cuando hayamos superado la contingencia sanitaria. 

Primero, es importante distinguir entre “trabajo” y “empleo”. Trabajo puede ser entendido en un sentido amplio como cualquier actividad humana de transformación de objetos o insumos naturales o previamente creados por el ser humano en bienes y servicios de muy diversa índole 

El valor del trabajo en este sentido amplio radica en resolver múltiples necesidades humanas. Sin embargo, habitualmente en política pública el concepto utilizado es el de empleo: políticas de empleo, brechas de acceso al empleo, competencias de empleabilidad, políticas de empleabilidad. 

Sabemos que en un año se han destruido en Chile dos millones de empleos producto de la pandemia, es decir, dos millones de personas han dejado de percibir un ingreso por la actividad que realizan. ¿Pero significa esto que la gente no está haciendo nada? No, probablemente en muchos casos se han desplazado hacia actividades. o trabajos no remunerados y socialmente invisibilizados 

Esto es muy claro en el caso las mujeres que realizan trabajo doméstico, de apoyo escolar a sus hijos e hijas o en labores de cuidado de otras personas: niños, personas en situación de discapacidad, adultos mayores. Gran parte de las brechas de desigualdad laboral tienen que ver con este trabajo invisibilizado, no remunerado ni valorizado socialmente, y que ha aumentado durante la pandemia y el periodo de confinamiento, a veces coexistiendo con un empleo formal, lo que significa en la práctica una doble jornada laboral. 

¿Recuperar empleos? Por supuesto que sí. Pero que sea en el marco global de condiciones de trabajo decente.

Un segundo eje relevante es la relación entre formación y trabajo. El enfoque tradicional señalaba que en la vida había un momento para estudiar, aprender y adquirir conocimientos a través del sistema educativo formal y luego otro, de aplicación de esos conocimientos al ámbito laboral como dos momentos separados en el tiempo. 

Ese paradigma ya no es viable, producto de las transformaciones tecnológicas que han llevado a la desaparición de algunos sectores y ocupaciones y al auge y aparición de otras nuevas. Hoy cabe pensar en sistemas de formación a lo largo de la vida y aprendizaje continuo. Lo relevante es desarrollar competencias aplicables a distintos ámbitos, no sólo del trabajo sino también de la vida. Competencias útiles para moverse entre empleos pero también competencias útiles para la familia, el ejercicio de la ciudadanía, la participación y el involucramiento cívico. 

Y en tercer lugar, es importante la relación entre cultura y trabajo. Tradicionalmente se ha pensado que el trabajo es el ámbito de lo productivo, siendo sus palabras claves, la competitividad, la competencia, la producción, la productividad, la rentabilidad y la eficiencia. La cultura y la actividad artística tienden en cambio a ser vistas como lo contrario: como un espacio de creatividad, innovación, libertad, relajo e inspiración 

Esta separación también es muy cuestionable, sobre todo cuando hace mucho tiempo se viene hablando de la importancia de la creatividad y la innovación para dar un salto profundo de desarrollo económico. Y también cuando diversos estudios han acumulado evidencia sobre el valor de las habilidades socioafectivas y el impacto que tiene en la vida adulta, por ejemplo, el desarrollo de competencias artísticas creativas en la juventud y en la niñez. 

Es necesario romper con esta supuesta contradicción en ambos sentidos. Incorporar criterios o hacer de la actividad cultural una actividad rentable. Y hacer de la actividad productiva una actividad creativa. 

Tres ideas o enfoques que propongo para el debate sobre el nuevo modelo el país deberá construir post-pandemia. La nueva Constitución no resolverá el detalle de estos problemas, pero si estaría si sería muy recomendable pensar seriamente en incorporar como derechos constitucionales: 

  • el trabajo decente, 
  • el acceso a oportunidades formativas a lo largo de la vida y 
  • la cultura como actividad socialmente valiosa y valorada. 

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