Felipe Vasquez

Felipe Vasquez

Penquista instalado en Santiago hace más de 15 años. Periodista de la U. de Concepción y Magister en Ciencia Política de la U. de Chile. Me he movido por el servicio público, como consultor estratégico, en el sector privado y el mundo de las ONG. Tuve la oportunidad de colaborar en la entonces Secocu del Gobierno del Presidente Lagos -que de hecho fue mi primer trabajo- y en la Secom de las dos administraciones de la Presidenta Bachelet. Además, como asesor de contenidos en el Ministerio del Interior, en el inicio del segundo mandato de la Mandataria. Cuando el Campanil gana, el ‘pan francés’ es más crujiente. Todo parte con Los Beatles.

Una elección no inclusiva

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La polémica que ha surgido en torno a si las personas que están contagiadas de Covid-19 pueden votar o no en el Plebiscito del 25 de octubre, ha permitido que se instale un debate que hacía falta que tuviéramos en el país: cómo incluimos en el ejercicio de sufragar a aquellos que no pueden emitir su voto de manera presencial y que están habilitados para hacerlo.

Durante el Gobierno de la Presidenta Bachelet se pudo saldar la mayor deuda que había en la materia y tenía que ver con los chilenos que viven en el exterior. Así, Desde 2017, los connacionales que residen en el exterior pueden ejercer su derecho a sufragio en plebiscitos nacionales, elecciones primarias para la nominación de candidatos a Presidente de la República y elecciones presidenciales, formando parte del proceso como cualquier otro elector dentro de Chile.

Sin desconocer lo relevante de esta incorporación y que significó una ampliación de nuestra democracia, de todos modos, del punto vista del mecanismo no significó ninguna innovación. Era usar los mismos votos de papel y organización, pero ahora en un local de votación fuera de Chile.

El desafío que viene ahora entonces es cómo incluimos a otros excluidos. Me refiero a aquellos que por razones de salud o impedimento físico no pueden asistir a estos centros de votación.

Afortunadamente, son muchos los que ya se han hecho esta pregunta por lo que la política comparada permite encontrar soluciones para todos los gustos, estableciendo sistemas de voto a distancia.

Gran popularidad ha ido adquiriendo últimamente el voto electrónico. El uso de tecnologías de la información no es nuevo y son números los países que han cambiado la papeleta de votación por cartillas perforadas o quioscos de votación. Ambas alternativas siguen de todos modos obligando la presencia del votante, lo que igualmente no las ha librado de críticas. ¡Cómo olvidar esa imagen de Homero Simpson tratando de votar por Obama y el sistema no se lo permitía, marcando siempre McCain!

Lo que sí es nuevo es la posibilidad de votar por Internet. Con más críticos que adherentes, en Chile una sola firma ofrece este servicio de manera masiva (y supuestamente segura). Tras un tropezado inicio, con cuestionamientos a las elecciones internas de Ciudadanos y la UDI, y por la filtración de datos en la consulta de la Laguna del Parque Padre Hurtado, la empresa E-Voting, gracias a la pandemia se transformó en el medio preferido de juntas de accionistas para votar. El Servel en todo caso descartó de plano la opción del e-vote para el Plebiscito. “Brasil se demoró 20 años en instalar el voto electrónico y las personas que lo dicen tan sueltos de cuerpo, como decía mi abuelo, es no conocer la historia”, indicó algo molesto el presidente del Consejo Directivo, Patricio Santamaría. 

Otra opción es el voto por poder. Aquí el votante designa a un representante, mandatándolo a votar en su lugar. El gran inconveniente de este sistema es que no permite comprobar –dado que el sufragio es secreto- que el apoderado vote tal como le indicó el elector. Aun así este formato es utilizado en países como Canadá, China, India, Rusia y Reino Unido, entre otros.

Y la tercera modalidad es el voto por correspondencia. También conocido como postal o epistolar, es probablemente el más conocido dentro de la categoría ‘voto a distancia’. De esta manera, bajo solicitud expresa del votante, se distribuyen las papeletas a los electores por correo postal y estas son devueltas, con el voto emitido, bajo la misma modalidad. España, Italia, México y EE.UU. son algunos de los países que han incorporado este sistema. Es tal la aceptación y uso de este mecanismo en EE.UU. que Trump, en un nuevo intento por aportillar la elección que enfrentará en noviembre, tiró sus dardos contra la oficina de correo norteamericana, señalando que no estaban en condiciones de garantizar un proceso óptimo.

Escribo esta columna desde el total involucramiento con este tema. Acabo de iniciar –por segunda vez- un tratamiento médico de largo aliento que me ve a tener hospitalizado entre tres y cuatro meses, para proseguir con otro periodo más estricto de recuperación en casa. Es un hecho que no voy a poder ir a marcar Apruebo y Convención Constitucional el próximo 25 de octubre. En este momento, mi condición como ciudadano es la misma que la de una persona que ha sido condenada a una pena aflictiva.

Esa Constitución que tanto queremos y debemos cambiar, en esta pasada no tiene ninguna culpa (que me corrijan los constitucionalistas si me equivoco). Es la falta de mecanismos alternativos al voto tradicional los que van a impedir que ejerzamos el derecho constitucional de sufragar en este Plebiscito a aquellos que por razones de salud o impedimento físico no podremos desplazarnos a nuestro centro de votación (y si seguimos así, en quizás cuantos procesos más). El voto por correspondencia es el formato que probablemente más se acerca a nuestra cultura eleccionaria, manteniendo la lógica del lápiz y el papel. Además, contamos con una empresa estatal de correos de primer nivel que puede trasladar las papeletas. Implementarlo, supongo, debe ser bastante más rápido que los 20 años que demoró Brasil en aplicar el voto electrónico. Aprovechemos la coyuntura del Covid y abordemos esta conversación. Nuestra democracia se ha ido ampliando, pero aún falta. Ésta es otra deuda.  

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