Miguel Yaksic

Miguel Yaksic

Licenciado en filosofía y teología y máster en ética social. Desde diversas veredas ha estado vinculado a lo político y la ética pública. Ha trabajado en la formación de trabajadores, en la promoción de los derechos humanos de las personas migrantes y refugiadas, en el desarrollo de competencias interculturales, en consultoría y docencia universitaria. Actualmente trabaja en el Consejo para la Transparencia y es profesor adjunto de la Escuela de Gobierno UC.

Una minuta a prueba de diputados

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Estaba en una reunión con una funcionaria del Estado. Una profesional con experiencia y que tenía un equipo de varias personas a su cargo. Se veía que tenía conocimiento y trayectoria. Conversando sobre una minuta que habían preparado, ella dijo: “la hicimos a prueba de diputados”. Fue claro para todos que lo que estaba diciendo es que la hicimos a prueba de tontos. Una minuta for dummies. Yo fui el único que se sorprendió. Tanto que le pregunté: “¿a prueba de diputados, o sea a prueba de tontos?” -Obvio, me respondió. En la repartición pública en la que nos encontrábamos estaba muy extendida y naturalizada la idea de que los diputados entienden poco. Me pareció desolador.  Sobre todo en estos días.

Cuando trabajaba como director de una organización de la sociedad civil teníamos una línea de incidencia legislativa e incidencia en políticas públicas. O sea, hacíamos cabildeo para que nuestras propuestas fueran recogidas en el ordenamiento jurídico y en las políticas públicas. Al comienzo, preparábamos para los diputados unos documentos académicos, fundados en abundante evidencia. Eran documentos serios y largos. Con el tiempo nos dimos cuenta de que no los leían. Y preguntando a personas más experimentadas en el trabajo de incidencia aprendimos que había que hacer documentos breves, concisos y prácticos. Terminamos haciendo documentos con monitos y colores y riéndonos de nosotros mismos y de la pobreza de la política.

Me quedé pensando en esto cuando vi la imagen de la diputada Jiles entrando con una capucha verde-agua con unas orejitas moradas a la sala de la Cámara. Afortunadamente nadie le siguió el show. Me acordé también de Florcita Motuda y su “yo no me leo los proyectos” o sus intervenciones musicales en el hemiciclo.  Hace un rato me encontré con un tuit del diputado Cruz-Coke que decía a propósito de la acusación constitucional contra el exministro Chadwick: “Ha votado @Insulza condenando a @andeschadwickp quien tendió la mano a su gobierno cuando tambaleaba. Pensaba que tenia un coraje distinto al de los demás políticos y que su fuerza residía en su capacidad de tener perspectiva y optar por lo justo. Es lo que se espera de un líder”.  Para el diputado Evópoli la acusación constitucional no es acerca de la responsabilidad política de una autoridad, sino que es un juego de favores políticos. Un pasando y pasando. Un trueque.

Podríamos seguir enumerando anécdotas por páginas. Los exabruptos maleducados del diputado Urrutia, los comentarios agresivos de la diputada Santibáñez, las disculpas de otros por haber votado sin haber leído los proyectos, las generalizaciones de la diputada Nuñez diciendo que los colombianos son violentos, los manotazos entre esta misma diputada, la diputada Jiles y la diputada Olivera. Las inasistencias y atrasos de Lavín jr. Muchas de estas personas no pasarían la evaluación de desempeño si trabajaran en el mundo privado. Porque empeoran el clima laboral y porque su desempeño es paupérrimo. La Cámara de Diputados es cada vez más un circo. Y un circo malo.

Yo no sé si la calidad de la discusión política -sobre todo de las diputadas y diputados- ha mejorado o empeorado. Y no sé si es mejor o peor que en otros países.  Lo que sí sé es que es desoladora, pobre, farandulera, superficial y epidérmica. No toda. Es injusto generalizar. Pero sí una buena cantidad.

Lo que no entiendo es que las mismas personas que nos sentimos cada vez más desilusionadas de la actividad de los parlamentarios y cansadas de la mala calidad de su trabajo somos los mismos que votamos por los candidatos que nos desilusionan. Los resultados de la última Cadem sitúan al Congreso como la institución con mayor desaprobación del país. Un 83% de los encuestados desaprueba y un 11% aprueba su desempeño. Ese porcentaje se ha mantenido bastante estable durante los últimos cuatro años.

Es el precio de la democracia, dirán algunos. Repitiendo la manoseada frase que versa que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.

Esta situación se vuelve más dramática cuando atravesamos tiempos que demandan de la mejor política. Esa que combina seriedad, calle, capacidad para escuchar a los electores, atención a los contextos sociales y culturales, capacidad de trabajo, estudio y diseño de buenos proyectos.

Hace unos meses el Panel de Políticas Públicas de la Escuela de Gobierno UC -en la que participa un grupo amplio de personas que sabe de política pública- preguntó si se debía reducir la dieta de los parlamentarios en un 40%. El 52% votó en desacuerdo con la idea y un 12% votó neutral. Pensaban, yo entre ellos, que bajar la dieta iba a desincentivar que buenos políticos fueran candidatos.  Hoy parece que es al revés. Parece que bajar la dieta a la mitad no solo es bueno para mejorar la confianza de la ciudadanía en los parlamentarios, sino que también puede convertirse en una barrera de entrada positiva. Que atraiga gente con verdadera vocación política.

Lo cierto es que la política profesional requiere una transformación. Si no mejora la calidad de la conversación, la confianza se va a terminar de desplomar y la democracia, que ya está en peligro, se verá radicalmente amenazada.

No son pocos los que están anunciando que la democracia representativa va por el despeñadero. Y que las explosiones sociales que vemos en el mundo cada vez con mayor frecuencia tienen como causa una crisis de representatividad. O sea, la crisis en la cual los representantes han dejado de representar a los representados.

No sé muy bien cuál es la salida. Sí creo que las cosas no pueden seguir como están y que hay que buscar estrategias para mejorar la calidad de la política. Lo que está en juego es demasiado importante como para darnos el lujo de jugar a la capuchas verdes y las orejitas moradas.

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