Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Una socialdemocracia para estos tiempos

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Ahora que se ha puesto de moda la palabra socialdemocracia y se la usa como comodín de lo políticamente correcto, muchos piensan que su significado es sinónimo de derechos sociales garantizados. Es verdad que el pensamiento socialdemócrata tiene ahí uno de sus ejes principales, pero no el único. Hay otros dos que suelen ser olvidados y sería bueno sacar a la luz: por una parte, el respeto a la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho, y por la otra, la organización de la economía de una forma inclusiva y coherente con el bien común.

El concepto de derechos universales garantizados es uno de los logros civilizatorios más importantes de la humanidad y las fuerzas políticas de la familia socialdemócrata han sido protagónicas en su promoción y, lo más importante, efectivas en su cumplimiento. La forma de hacerlo ha sido a través de impuestos progresivos que permitan un gasto público redistributivo. Chile, después de 5 gobiernos con participación de sectores ligados a la socialdemocracia, mantiene un importante déficit en esta materia, y ello es una de las razones de nuestras tensiones sociales y políticas. La participación de partidos de sensibilidad socialdemócrata fue gravitante para los pasos que nuestro país dio hacia una mayor protección de los derechos sociales, incluyendo reformas como el Auge, el pilar solidario en pensiones, el seguro de desempleo, la gratuidad en educación superior y la vivienda social sin deuda. Sin embargo, ninguna de esas reformas tuvo la fuerza de superar una de las herencias más pesadas que tiene nuestro sistema socioeconómico que es el protagonismo de los mecanismos de mercado en la provisión de derechos sociales. Ese tipo de fórmulas, muy propias de las concepciones neoliberales, contribuyeron a impulsar la expansión y cobertura de muchas prestaciones sociales, pero a un costo muy alto: la oportunidad, seguridad y calidad de esas prestaciones sería diferenciada según la capacidad de pago de las personas. Aunque muchas de las reformas mencionadas apuntaron a neutralizar esas diferencias y lograron reducirlas, éstas persisten más allá de lo aceptable. Gran parte de lo que se podía cambiar dentro del esquema de reglas constitucionales vigente se cambió, pero no bastó. Quizás se podrían haber alcanzado mayores avances si se hubiera optado por tensionar más sistemáticamente la política de esos años, pero no fue así por múltiples razones, incluyendo las diferencias internas de la coalición gobernante y la evaluación imperante en la época según la cual el país iba avanzando en una buena dirección a pesar de las limitaciones. Y así llegamos hasta aquí, un momento en que se ha hecho indispensable alcanzar un pacto social y constitucional que cambie las reglas del juego y se base en el establecimiento de derechos sociales universales.

Con todo lo relevante que puede ser un paso de ese tipo, la concepción socialdemócrata está incompleta con ese solo ingrediente pues hay otros dos factores que son  igualmente relevantes. El primero es respeto de los derechos humanos, las reglas de la democracia y del Estado de Derecho como marco de convivencia al interior del cual se promueve la causa política de los derechos sociales. Policías disparando balines a los ojos de los manifestantes o fabricando pruebas falsas para inculpar a sospechosos no está dentro de esas reglas. Para decirlo en simple, si Joaquín Lavín se hubiera convertido efectivamente en socialdemócrata debiera haberse cruzado con esos abusos. Tampoco son compatibles con una convicción socialdemócrata las formas de protesta que destruyen los mobiliarios públicos o los comercios, o las que agreden a quienes piensan distinto. Los sectores que se definen como progresistas y miran con simpatía esas prácticas también se alejan de la socialdemocracia. Y más se distancian todavía los proyectos políticos que acomodan la institucionalidad para reelegirse indefinidamente, o que justifican la persecución y asesinato de opositores o la intervención de los tribunales de justicia, como lo han hecho algunos gobernantes latinoamericanos que se dicen de izquierda. 

El tercer elemento característico del proyecto socialdemócrata es el intento de orientar la economía y la vida social para que sean compatibles con una sociedad equitativa incluso antes de cobrar impuestos y redistribuir. La socialdemocracia ha sido una gran impulsara de sindicatos fuertes, negociación colectiva y diálogo social entre el mundo del trabajo y la empresa. Por esta vía, se lograron avances en las remuneraciones y condiciones laborales de los trabajadores, y se establecieron conquistas sociales ligadas a la inserción laboral de las personas, incluyendo políticas a favor de la igualdad de género y mecanismos antidiscriminatorios. En esta misma familia se encuentran las políticas industriales impulsadas en países de influencia socialdemócrata, basadas en sólidos acuerdos entre sindicatos y empresas, buscando desarrollar sectores que prometían ventajas a los países y promoviendo que el fruto de esas ventajas se distribuyera en forma balanceada.

Este tercer grupo de políticas típicamente socialdemócratas se ha debilitado a nivel mundial. Hay cambios profundos en las condiciones de base con que funciona el mundo del trabajo, la producción y la empresa que han hecho perder eficacia a las modalidades tradicionales de negociación y diálogo social. Las trayectorias laborales de las personas se han diversificado, se han vuelto irregulares e imprevisibles, y los sindicatos ya no son lo que eran en casi ninguna parte. Los empleadores también han cambiado: la globalización, el peso creciente del capital financiero, la robotización, las así llamadas economías colaborativas, la relevancia de las tecnologías digitales y los datos, son todos factores que han alterado profundamente el mapa de las empresas. Por todo lo anterior, muchas conquistas sociales que estaban vinculadas a la inserción laboral de las personas se han hecho esquivas para gran parte de los trabajadores cuyos empleos se apartan cada vez más de los modelos convencionales que antes predominaban. La respuesta socialdemócrata a todas estas transformaciones ha sido insuficiente y eso ha puesto en cuestión la promesa que representaba este sector pues, sin esta tercera pata, la mesa del proyecto socialdemócrata queda coja, tambalea y se vuelve inestable.

De consecuencia, si un país como Chile se entusiasma con las ideas socialdemócratas podemos alegrarnos puesto que en el mundo no hay concepciones más exitosas en cuanto a producir sociedades decentes, con mayor equidad y justicia social. Sin embargo, no podemos dormirnos en los laureles y pensar que la respuesta a todos los males será la pura redistribución del Estado. Tan importante como eso es preocuparnos de que la economía no sea una fábrica incesante de injusticias y abusos sino que, por el contrario, opere de formas compatibles con los objetivos de la equidad y la sostenibilidad. Ello significa que el trabajo le ofrezca posibilidades de desarrollo y dignidad a las personas. Que los méritos importen más que los apellidos y las amistades para hacer carrera. Que ser mujer deje de ser una desventaja. Que las jornadas laborales sean compatibles con la vida personal, el descanso y la salud mental. Que las empresas asuman un verdadero rol social, que no se limite a unas obras caritativas por aquí y por allá. Que se ponga atajo a los abusos, las colusiones y las prácticas monopólicas. Que los mercados operen con mayores niveles de transparencia y real competencia. Que los proyectos de inversión respeten a las comunidades y los barrios. Que los recursos naturales no se depreden, sino que se aprovechen con sostenibilidad y justicia. Y todo esto en el contexto de cambios que estamos viviendo.

No hay respuestas fáciles para estos últimos desafíos. Encontrarlas, y concebirlas de una forma adecuada a nuestra realidad y posibilidades es una pieza fundamental de un proyecto de futuro que se inspire en los ideales socialdemócratas. A veces da la impresión de que la relevancia de estos temas es pasada por alto en nuestras discusiones, y con mucha facilidad se asume que las soluciones están a la mano, recurriendo a las fórmulas que se ocuparon exitosamente en el siglo pasado. Pero no. Las transformaciones que estamos viviendo son demasiado profundas y no se inclinarán ante las recetas de antaño. Se suele pensar que la política exitosa es la que tiene respuestas para todas las cosas. En los tiempos que vivimos, de verdaderos cambios epocales, ese tipo de política quedará tarde o temprano a la orilla del camino. La economía de la información y el cambio climático están transformando nuestra vida tanto o más de lo que lo hizo la revolución industrial, y si queremos seguirles el paso, necesitamos una política dispuesta a hacerse preguntas para las cuales no están disponibles todas las respuestas. Hubo una época en que se inventaron instituciones como la negociación colectiva, el fuero maternal y la indemnización por despido. Quienes las concibieron tenían ante sí el vértigo de una sociedad industrial que surgía llena de retos e interrogantes, igual como nosotros tenemos al frente un mundo que cambia a pasos agigantados. Concebir un proyecto de inspiración socialdemócrata para los tiempos de hoy significa recoger los enormes aportes de esa tradición, pero requiere también el arrojo de atreverse a crear nuevas fórmulas para las realidades que están emergiendo. No es nada del otro mundo, mal que mal, la humanidad lleva milenios haciéndolo.

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