Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

Una vez más: Sobregiro

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¿Son las primeras dosis de la vacuna del COVID-19 una buena noticia? 

Por cierto que sí, son una excelente noticia, en un fin de año cargado de pandemia, encierro, muerte, dolor y cesantía. 

¿Cabe alguna duda que el Presidente Piñera participó, probablemente de manera directa con los laboratorios en la negociación de la dosis, y en los contratos adelantados que fueron un éxito? 

No cabe duda, es su capital y talento, y hay que reconocerlo entre tanto desacierto.

Dicho lo anterior: 

¿Es necesario que el Presidente anuncie en cadena nacional, luego de ello, hable desde La Moneda, al día siguiente temprano por la mañana, entregue la misma noticia para anunciar el itinerario del vuelo y repita la monserga varias veces? 

¿Es necesario al otro día grabar un video mientras va en el automóvil presidencial camino al aeropuerto –obviamente sin mascarilla una vez más- anunciando que va camino al terminal aéreo a recibir las cajas de las 10.000 dosis de vacunas, para luego pararse en la losa a recibir las mismas y volver a dar un punto de prensa? 

¿Es necesario que después de todo eso, se trasladen las dosis por tierra, con todos los matinales transmitiendo en vivo, rodeadas de Carabineros – ¡que como faltan por estos días de violencia en la periferia de Santiago! – y no por aire, a los hospitales donde se vacunará a los funcionarios de la salud, que heroicamente han resistido atender a miles de pacientes en estos meses? 

¿Es necesario que durante la vacunación, después de aparecer en tres oportunidades en menos de dos días, el Presidente visite a los funcionarios que son vacunados por las dosis que comenzarán a alejar esta epidemia de nuestras vidas, de a poco y lentamente, y nuevamente se refiera al tema, sin antes decirle a la primera funcionaria vacunada “costó mucho tener la vacuna, hay un gran esfuerzo aquí”?

Claramente, todo lo anterior no es necesario. 

No se trata de encono con el Presidente, se trata de comunicación política básica. “Menos es más”, el dicho ya atribuible a tantos en su origen, por lo mismo, es incierto, pero en este caso se hace patente. Bastaba con un punto de prensa el primer día –y no con el simbolismo de una cadena nacional, recurso del que Piñera ha abusado, casi tanto, como otros populistas latinoamericanos que dice aborrecer – y anunciar el tema. Bastaba con supervisar y visitar a los funcionarios vacunados y homenajear el trabajo de médicos y personal de la salud que han sacrificado todo, incluso la vida por sanar a tantos. Eso y punto, todos sabríamos que fue un esfuerzo de su Gobierno de eso no hay duda.

Insisto, Piñera ha actuado bien, ha cumplido con su labor de ejercer sus mejores talentos para negociar y tener a disposición lo requerido para cuidar a los chilenos, en esta oportunidad, en mitad de un gobierno que no tiene agenda, ni brújula hace mucho, logró traer rápido dosis de vacuna que comienzan a abrir esperanza en medio de un panorama de nuevas cepas, logrando una vacunación de los primeros funcionarios de la salud casi al mismo tiempo que la Unión Europea.

¿Pero dónde radica el problema? 

El punto es simple, en la forma de comunicar este episodio, que podría ser una demostración más de la ansiedad presidencial, del atolondramiento mítico de un Presidente que cuando tiene una idea en la cabeza no obedece, ni escucha a nadie.

Comunicar, y hacerlo de manera correcta en mitad de una crisis, es absolutamente clave, y Piñera, ya en el colofón de su presidencia, pareciera no tener retorno en controlar sus impulsos por figurar y entender que este tipo de episodios pueden producir efectos duraderos de desprestigio que ya hemos visto a lo largo de sus largas dos presidencias. Su ansiedad no ayuda, no mejora su posición, la pone en entredicho y un Presidente cuya confianza ya está cuestionada es un Presidente que con dificultad –a estas alturas- tiene escasísimo margen de maniobra.

El Presidente demuestra una vez más su desmesura ante la figura y simbología del Jefe del Estado y la sobriedad republicana que acompaña al cargo. Este debiese ser manifestación de unidad y encuentro para que todos sientan de éste –no de la persona que encarna el cargo- si no en la dignidad de la función histórica de la presidencia, el respeto para hacerlo esencialmente creíble. 

En simple, Piñera constantemente se encarga de socavar la dignidad presidencial. No usa mascarilla, levanta tapas de ataúdes en plena pandemia, se saca fotos en una plaza en plena cuarentena, sin entender lo que simboliza sentado en ella, maneja helicópteros y se queda sin bencina, se sienta en el escritorio de un Presidente de Estados Unidos, entregándole, al sucesor de éste, una bandera que desde la semiótica expresaba la pequeñez de Chile frente al gigante del Norte, escribe frases nazis en libros de bienvenida en Alemania (¡Ni más ni menos!), en definitiva, la lista es tan larga que para que ahondar en ella: Cada episodio, para él gracioso, es un uso infantil de la presidencia, que no hace sino denostar la historia, la simbología del cargo y de sus antecesores.

En Piñera siempre hay un sobregiro chabacano, una apuesta de casino, una estética ramplona del todo o nada, un juego casi infantil por atención, por no obedecer sus pulsiones básicas, elementales de comportamiento acorde al cargo que ostenta. Hasta aquí nada nuevo. El punto está que la comunicación puede tener consecuencias.

La forma en que se ha dado a conocer –con absoluta sobrexposición- la llegada de la vacuna, si bien abre una esperanza, puede dar una señal –en su falta de sobriedad- de falsa sensación de seguridad y cuidado, cuando aún tenemos pocas dosis, la vacunación demorará, y probablemente, la situación de la pandemia continúe, en un momento donde Europa y distintos lugares del mundo están enfrentando una pesadilla cada vez más crítica. 

Cuando el vocero de Gobierno tiene que salir a precisar que las apariciones del Presidente, en este episodio, han sido “sobrias” hay una explicación evidente y tácita de que no lo han sido. 

Si Piñera hiciera de ello un ejercicio de Estado, se comportase como Presidente de la República, aplicara conceptos básicos de comunicación política y no pareciera un niño con juguete nuevo tratando de ganar una partida política, para subir un par de puntos en encuestas que lo obsesionan, sino un Jefe de Estado que busca proteger a la población con esmero, todos reconoceríamos su éxito en esta acción. 

Si el Presidente de una vez comprendiera que la acción y el mensaje son lo importante, y la manera de encarnarlo es aún más relevante, los chilenos comenzarían a creerle, a entender que lo que le preocupa es el país y no el mismo. Ahí radica el motivo último de su fracaso, que él mismo no puede aún comprender. Por ahora, a un año y fracción de acabar su segundo mandato, como me dijo un buen amigo, exagerando el viejo adagio “no le pida peras al cactus”. 

Lo complejo de esta situación, es que el menoscabo permanente a la presidencia como institución ha llevado al vacío de poder que ha trastocado el respeto por el cumplimiento de las normas ante un Gobierno inmóvil. “Vacuum” se llama el fenómeno, cuando el poder no existe –o es aparente como en el caso de Piñera- este tiende a llenarse por otros, y cuando, el que ejerce el cargo no entiende la institución que representa en el engranaje de la máquina, el motor de la institucionalidad y el respeto a la misma se vienen abajo, más en un sistema como el nuestro. No vale alegato contra un Congreso que se comporta por primera vez en la historia al mismo nivel de la Presidencia de la República.

Parece que a estas alturas, pese a su éxito en este episodio –que corre en el límite de convertirse en una sobreexposición innecesaria- el borde de la caída al fracaso o la irrelevancia pasan a estar cerca. 

Si Piñera quiere crecer y salvar en algo lo que le queda de una presidencia que será observada muy duramente por la historia, su silencio es su mejor activo, o de lo contrario, al parecer ya habrá tiempo para pensar a quien votar en la próxima elección, entendiendo la importancia de la institución en el orden republicano y la manera de ejercerla. 

A lo menos para mí esa será la meditación última antes de entrar en la urna en la próxima elección presidencial. Quién se comportará cómo debe hacerlo un Jefe de Estado. 

Simple y básico pareciera, pero es elemental en esta hora.

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