Alejandra Jorquera

Alejandra Jorquera

Muy malcriada y muy fóbica. Sobrina no reconocida de Radomiro

Ventanas

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(Para mi amiga Meusi que trepó por otras ventanas)

¿Cómo se pone en palabras lo que significan las pérdidas cuando se trata del dolor ajeno? ¿A qué metáforas recurrir para hacerle justicia a lo que otros han padecido y padecen sin faltarles el respeto? Me hice esas preguntas durante varios días, hasta que  me topé con una foto en un diario y entendí que más que de una noticia se trataba de una historia que en un sola imagen sintetizaba las respuestas que andaba buscando. Me refiero a la  nota sobre Jihad Al-Suwaiti, el joven que escaló por los muros del Hebron State Hospital, al sur de Cisjordania, para llegar hasta la ventana de la unidad de terapia intensiva  donde agonizaba su madre de Covid19 y se sentó  para acompañarla desde ahí.  Para velarla a través de un vidrio, para que no muriera sola. Un vidrio, quién sabe cuántos pisos, la separación obligatoria de la nueva forma de morir, la crueldad final de una muerte brutal que deja a los deudos en eternos puntos suspensivos de quienes tienes prohibido el ritual de la ceremonia del adiós.

Una foto que no se puede dejar de mirar. La expresión gráfica de la desolación de estos tiempos de amor y muerte.

No sé nada de la vida de Jihad Al-Suwaiti ni de su madre, pero quiero imaginar que entre ambos hubo tanto apego, que la sola idea de evitar su muerte en el abandono de una sala de hospital,  llevó al joven a treparse como un montañista de cemento, desafiando lo que hubiese que desafiar con tal de verla a través de una ventana. Quiero creer que estando ahí, Al-Suwaiti  pudo decirle en silencio lo que necesitaba decirle, y que por esas cosas mágicas que solo pasan entre las madres e hijos, ella lo escuchó y murió  sellando un pacto imaginario que les permitiera a ambos continuar más allá de la tristeza.

Pienso en nuestros muertos que ya superan los 12.000 en solo cuatro meses y en los muchos que vendrán. Arrancar de la rabia por un rato resulta imposible cuando ya se llevó a cabo el matrimonio de la ira con la pena sin fecha de disolución. ¿Cómo arribar al optimismo que nos quieren pintar en la boca cuando sabemos que nos seguiremos muriendo? ¿Cómo entender que, teniendo las cifras de contagio que tenemos, el gobierno nos empiece a hablar de etapas de desconfinamiento en las que se dibujará la ciudad en condiciones desiguales? ¿Hasta cuándo aguantamos  la impudicia de un presidente que no sabe lo que hace, salvo insistir en llevarnos al caos y dejarnos al descampado?

Ay la rabia, ay la pena.

¿Cuántos hijos e hijas, al igual que Jihad, treparían por todas las montañas  posibles para acompañar a sus familiares que van a morir en el espacio yermo de una sala de hospital?  La ley no escrita de la vida dice que los padres deben morir primero que los hijos, pero en esa ley maldita, tan maldita como todo lo que tiene que ver con las pérdidas, no hay un manual que ayude a entender por qué hay que revestir de naturalidad lo que es contranatural: nacemos siendo hijos y, salvo excepciones, no queremos perder ese status aunque con los años las formas vayan cambiado y se tuerzan los roles. 

La muerte de una madre o un padre es lo más parecido a ser despojado de un chal con el que has vivido toda la vida y que de un momento a otro empieza a desgarrarse hasta convertirse en hilachas de hielo. Es la ceremonia del parto propio pero no para empezar a vivir con quien te trajo al mundo sino para asumir que estás quedando desnudo, sin que nadie sepa cómo calmarte el primer grito ni el primer llanto.

Son tiempos de sufrimientos que no sanan con consuelos de terceros porque el dolor se vive en primera persona, también de orfandad en los que nadie quiere ser huérfano, porque en ese estado reina el frío y las amputaciones y la tristeza  se convierte en un monólogo que no da tregua en su persecución.

Jihad Al-Suwaiti  es víctima de la tragedia que azota al mundo. Es uno más que quedó en el  mismo desabrigo en el que han quedado miles de chilenas y chilenos. Pandemia de pérdidas que se llevó, lleva y seguirá llevándose lo que un día fuimos y a los que un día fueron.

Del pintor español, Antonio López García (1936), “Ventana al atardecer” (1974-1982)

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