Veronica Pinilla

Veronica Pinilla

Ph.D. en Políticas Sociales y Administración, de la Escuela de Sociología y Políticas Sociales, The University of Nottingham; Magíster en Gestión y Políticas Públicas de la Universidad de Chile; Administrador Público de la Universidad Central. Consultora Senior con más de 20 años de experiencia en el sector público, en temas vinculados a la reforma del Estado y modernización de las instituciones públicas, transparencia y empleo público. Docente de la Universidad de Valparaíso, y Autónoma. Panelista permanente de Radio la Clave, y Ciudadanos 360 de CNN.

Volver a Casa (Yaa Gyasi)

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Dicen que los viajes son las mejores experiencias de vida. Los viajes nos permiten no solo conocer nuevas ciudades, sino que experimentar otras culturas que sin lugar a dudas nos abren mundos a historias antes desconocidos. Nos permiten conocer formas de vivir, comer, relaciones sociales, hábitos; historias que se hacen propias una vez que uno le toma el peso a la extraña tierra que está pisando.

Uno de los viajes más sorprendentes que he tenido la suerte de hacer fue un viaje África que realicé en el año 2011. Tuve que hacer un viaje largo para llegar a mi lugar de destino, Accra. Viajé de Santiago a Buenos Aires, luego a Frankfort y finalmente Accra, la capital de Ghana. Un viaje de verdad largo, que me permitió cruzar el desierto del Sahara a plena luz del día, disfrutando su grandeza de color café intenso durante un largo trayecto. Una gran sorpresa viví al llegar a mi destino, una pequeña ciudad ubicada en el continente más antiguo, donde las reglas del uso de los lugares públicos se mezclaban sin problemas con camiones, autos, bicicletas y mucho peatón. Además de maravillarme con sus millones de verdes y sus colores florales que explotaban de árboles enormes y milenarios, calles de tierra y cemento mezcladas sin mucho sentido ni organización urbanística (como ya estamos acostumbrados a exigir en Chile), me sorprendí con las grandes cantidades de personas que ocupaban las calles, comercio y ferias ambulantes por montones, y centenar de mujeres vendiendo productos, comida y enseres al costado de las calles y carreteras, en cestos que perfectamente mantenían con total equilibrio en sus cabezas perfectas.

Me deleité con una raza humana exorbitante, reales piezas de esculturas humanas que paseaban por las calles, absolutamente ignorantes de su belleza excepcional. Mujeres altas, esbeltas, con cuellos largos y finos, apropiados probablemente para lucir el mejor collar de piedras preciosas; hombres altos y fibrosos, serios, jóvenes y viejos, hambrientos de actividades para ganarse el pan de cada día, muchos vivían del mar, en una de las labores más tradicionales: la pesca.

Recuerdo que pude recorrer la capital por unos días y me trasladaron a un sector turístico costero donde se realizaría el encuentro académico. Este recinto se situaba cerca de “El fuerte”, un edificio de pierda colosal situado sobre un roquerío y a los pies de una playa generosa, que fue de hecho un fuerte real, de esos levantados para proteger a la población de las amenazas extranjeras. El fuerte, fue el edificio más utilizado para vender esclavos durante varios siglos, concentrando a los grupos étnicos de diferentes sectores de África. En ese fuerte eran controlados los esclavos, separados hombres y mujeres, amansados por meses con el rigor de la tortura y el abuso, en manos de los diferentes imperios que explotaron esas tierras, portugueses, holandeses, ingleses, belgas, suecos, entre otros, para ser luego trasladados a los puertos de Europa y Estados Unidos para su venta final.

Había olvidado ese lugar; la oscuridad de los pasillos, la humedad de las paredes, el calor sofocante, las habitaciones sin ventanas, la soledad que probablemente compartieron sin quererlo miles de hombres, mujeres y niños que pasaron por este terrible lugar. Lo había casi olvidado hasta que me topé con un libro maravilloso que me hizo recordar, porque en sus páginas no solo recuerda las tierras de Ghana, sino que repasa la historia de sus comunidades, sus tradiciones, hábitos, temores, amores, asi como la forma de comercialización de alimentos y esclavos. El libro es una pieza que se disfruta rápido, escrita por una mujer vuelve a Ghana, su país de origen, después de haber vivido en Estados Unidos. Les recomiendo la historia, Volver a Casa de Yaa Gyasi, es una de  las muchas historias que nos mezclan la belleza de la vida con la maldad que ha ejercido la raza humana durante su historia, contada con una cierta singularidad. Espero les guste.

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