Eugenio Severin

Eugenio Severin

Cofundador y director ejecutivo de “Tu clase, tu país”. Ha sido consultor internacional en educación para instituciones como UNESCO, BID, Banco Mundial y otras. Fue Especialista Senior en la División de Educación del Banco Interamericano de Desarrollo desde el 2008 hasta 2012. Trabajó desde 2003 y hasta el 2008 en la Fundación Chile. Fue Jefe de Gabinete del Ministerio de Educación de Chile entre el 2000 y el 2002 y luego fue Director Nacional de la Oficina de Asuntos Ciudadanos del mismo Ministerio.

Volver o no volver a clases, no es el dilema

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El Ministerio de Educación, en sus comunicaciones, parece actuar motivado por la convicción, asumo que sincera, de que enfrentamos dos escenarios, que en la práctica son las dos caras de la misma moneda.

En el primer escenario, los estudiantes que no participan de las las clases presenciales apenas estudian y aprenden, los docentes apenas logran hacer alguna clase, cuando la conectividad y los dispositivos lo permiten, las escuelas apenas funcionan y por lo tanto, el resultado es un retraso fatal en las posibilidades de aprendizaje.

En el segundo escenario, con clases presenciales podremos superar todas las dificultades, los estudiantes encontrarán las oportunidades de aprendizaje perdidas, los docentes podrán desarrollar clases realmente efectivas y nuestros resultados de aprendizaje serán a lo menos, aceptables.

Quisiera argumentar que ambos escenarios me parecen errados o al menos incompletos. En primer lugar, porque entre uno y otro hay infinitas realidades diversas en las escuelas de Chile. Hay establecimientos que, pese a las dificultades y con un enrome compromiso de docentes, estudiantes, directivos y familias, han sostenido el proceso de aprendizaje contra toda adversidad. En tu clase, tu país, la organización en la que trabajo, y desde la que apoyamos a las escuelas a desarrollar experiencias de aprendizaje remoto, encuestamos a 650 docentes y en los colegios con los que trabajamos, el 76% de los docentes afirmó que cubriría más de 70% del currículo y el 61%, creía que sus estudiantes aprenderían este año tanto o más de lo esperable dadas las circunstancias.

Así que no es del todo correcto que la falta de presencialidad durante la pandemia establezca como consecuencia inevitable la pérdida de oportunidades para el aprendizaje. Lo que sí ocurre es que la conocida desigualdad de nuestro país demanda que escuelas, docentes y estudiantes cuenten con las condiciones para poder proponer experiencias significativas en el contexto de la pandemia.

Las clases remotas no son ideales para nadie, y la presencialidad de la experiencia educativa es sin duda necesaria. Pero en medio de una pandemia, que nadie eligió ni disfruta ni en la que se siente cómodo, nos obliga a tomar medidas de precuaución y cuidado. 

En este escenario, la responsabilidad ineludible de las autoridades, desde marzo pasado, debió ser asegurar que esas condiciones estarían disponibles para todos. Que nadie se quedaría atrás por no contar con dispositivos o conectividad, que las escuelas contarían con plataformas y los docentes con apoyo. Chile tienen infraestructura y recursos para haber asegurado aquello, y en noviembre, todavía no hemos sido capaces de hacerlo. Y nos queda al menos el fin de este año escolar y el primer semestre del próximo año en condiciones similares. Este sigue siendo el llamado más urgente de justicia.

Respecto del segundo escenario, olvida que antes de la pandemia, los resultados educativos de nuestras escuelas liceos y colegios estaban fuertemente cuestionados. La educación industrial del siglo XIX, que se ofrece como experiencia de aprendizaje en la mayoría de nuestra salas, ha mostrado ya sus limitaciones y no hay experto relevante en el mundo (Fullan, Elmore, Rincón-Gallardo, Darling-Hammond, etc.) que no lleve años convocando a un cambio muy profundo de nuestros sistemas escolares, para hacerlos más relevantes y conectados con la vida real de los estudiantes. No hay país exitoso de los que nos gusta sacar lecciones (Australia, Nueva Zelanda, Polonia, Finlandia, etc.) que no haya mejorado sus resultados rompiendo con ese paradigma.

Así que surge naturalmente la pregunta: ¿A qué educación queremos llevar de vuelta a los estudiantes? ¿a la misma que no daba resultados y estaba fuertemente cuestionada antes de la pandemia?

De modo que esta es la segunda tarea urgente de las autoridades: convocar a una reflexión seria, profunda y ampliamente colaborativa acerca de cuáles son los grandes cambios que nuestro sistema educacional requiere. Probablemente tendremos pocas oportunidades mejores para tener esta conversación que los próximos meses. Es de esperar que no la dejemos pasar, para volver a encontrarnos cuando sea tarde, sin haberla visto venir.

A comienzos de la semana pasada, el MINEDUC comunicaba con orgullo que ya cerca de mil colegios habían iniciado el trámite de autorización para el retorno a clases presenciales, y de ellos, 346 ya de hecho habían comenzado bajo es modalidad. Para dimensionar el anuncio, consideremos que en Chile hay 13.000 establecimientos educacionales, lo que significa que el 7,7% de los colegios han iniciado el trámite, y entonces, los 346 que iniciaron, constituyen el 2,7% de los establecimientos del país. Y si agregamos a ello que los que retomaron lo han hecho con cerca de la mitad de sus estudiantes (por voluntariedad y normas de distanciamiento) tenemos que alrededor del 98,7% de los estudiantes siguen en modalidad remota.

Así que la responsabilidad ética de todos quienes nos sentimos responsables por la educación de las niñas, los niños y los jóvenes de Chile es asegurar que todos ellos, en la escuela o en su casa, tendrán las mejores oportunidades de aprendizaje hoy mismo, y que trabajaremos desde ya, para que el día del retorno, el verdadero y total retorno post-pandemia, podamos ofrecerle la educación de calidad que merecen y que el siglo XXI nos reclama.

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