Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

¿Y después del proyecto de retiro del 10%, hay destino para el Gobierno?

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La pregunta no es fácil de responder. En 2018, el Presidente Piñera asumió con un triunfo histórico de la derecha que era contrafactual, de alguna manera, con las dimensiones de lo que el país requería para una hora de amplios desafíos. Las paradojas de la historia y los momentos políticos. 

La derecha política y económica aún no era capaz de dilucidar la inmensa sensación de desigualdad y abuso que se incubaba en Chile (presiento que aún, tampoco hoy es capaz de dimensionarla) como tampoco, el descrédito de las instituciones que campeaba acumulando rabia y frustración. 

Por otra parte, el crecimiento económico prometido superaría con creces lo logrado por la Presidenta Bachelet (en el papel) y el nuevo Presidente hacía gala de aquello como su principal compromiso de campaña desandando en enero de 2018 como Presidente electo (sin el pudor siquiera de haber asumido) varios proyectos que eliminaría del trámite parlamentario a partir de marzo: Uno de ellos una nueva Constitución, a la que pocos días después de asumir el entonces ministro del Interior, Andrés Chadwick calificaba de la siguiente manera: “Una Constitución es una discusión seria y este Gobierno no la tiene en su programa” decía exultante el flamante jefe de gabinete, con una ENADE de empresarios de pie aplaudiendo y desahuciando un proyecto constitucional que en ese entonces siquiera leyeron y que hoy reconocen darían mucho por haber apoyado. 

Con ello sepultaban el mensaje reformista intentado, no sin dificultades por una Presidenta que había vuelto por segunda vez y que contó desde el primer día con la férrea oposición de la derecha y de muchos dentro de la propia centroizquierda. 

Podría señalarse, entonces, que a 2018, la derecha asumía un nuevo gobierno sobre la base de promesas de crecimiento económico y un diagnóstico profundamente errado de lo que eran las necesidades más apremiantes y urgentes para Chile. La izquierda, por su parte, terminó por no ser capaz de recoger sus banderas de lucha en una dispersión electoral y de falta de unidad, programa y personalismos egoístas y cortoplacistas, que no fueron capaces de entender tampoco el momento histórico de lo que se jugaba, ese error lo pagó y lo sigue pagando caro. 

El efecto es conocido. Una explosión social, un cambio epocal de características tectónicas con la secuencia repetida en nuestra historia, de un sector minoritario de altísima resistencia al cambio, con confianza absoluta en lo hecho, con escasa imaginación e innovación al cambio y el agotamiento de un modelo acompañada de la incapacidad de proponer nuevas soluciones en un tablero de inmovilismo, todo mientras la calle pasaba por encima y la elite se atrincherada en su incapacidad para entender lo que ocurría más allá de un fenómeno de violencia, condenable, pero usado como excusa para evitar cualquier debate de fondo. 

Las razones, muchas y múltiples y todo cambió, o quizás nada cambió, o quizás el cambio es nada más que el movimiento de las capas tectónicas que nos soportan. 

Tras esa historia de éxito, como esas familias que les va bien, se enriquecen, disfrutan del éxito olvidan como llegaron ahí, esconden el pasado, y se acumulan los secretos. Chile tuvo un buen pasar aparente, pero también fracasos y la desigualdad fue el más lacerante y vergonzante de ellos. Lo anterior, pese a que números y tablas Excel decían lo contrario, los ciudadanos se convirtieron en sujetos de consumo, el individualismo en soledad, la soledad en desesperación, en deudas, en una sensación de estar solo frente a la adversidad, a la enfermedad, a volver a la pobreza de la que con tanto esfuerzo la generación anterior nos había sacado.

En ese contexto, el segundo Gobierno del Presidente Piñera cometió todos los errores simbólicos, las brutalidades gestuales y los actos más acuciantes para prender una mecha que solo una pandemia logró atemperar con un cierto estoicismo paciente pero de exasperación contenida por la población. 

Los chilenos debieron sumar a su angustia y malestar, el terror a morir, a quedarse sin trabajo, mientras el gobierno con torpeza, lenidad y sin más que las ansiedades presidenciales cometía errores que no solo costaban vidas, sino que sometían a la población a largos confinamientos, sin ayudas estatales y con la desesperación de miles por intentar “parar la olla” de todos los días. 

Esa era la realidad, la foto: Tres ministros celebrando en la testera de la Cámara de Diputados un veto paupérrimo de $65 mil pesos decrecientes en tres meses, que solo después de un veto lograron aprobar, sin entender el triunfo pírrico de lo que se congratulaban (una demostración de tantas, quizás ya centenares de declaraciones que demuestran la desconexión política del Gobierno con la calle). 

Como señaló, esta semana, la revista conservadora norteamericana, National Review: […] “Una vez más la única causa tangible para el estallido social fue la total incapacidad del gobierno para ver una vez más allá de sus planillas de Excel y hablarle a la gente” […] “expertos como Piñera y sus compañeros neoliberales han pasado años de aislamiento al interior de los muros de la academia y de los salones VIP de los aeropuertos”. 

Todas las guerras declaradas por Piñera se perdieron. La que le declaró al pueblo de Chile y a la pandemia. En ese estado de suma debilidad, apareció un proyecto de ley, como varios, que corrieron a llenar el vacío de poder del Presidente y su gobierno. El poder tiene aversión al vacío y por tanto al existir esa condición alguien tiende a llenarlo, nadie en el segundo piso, pese a los masters y doctorados, parecía haber leído a Aristóteles y Maquiavello.

La incapacidad para enfrentar la realidad y llevar ayuda a millones de chilenos desesperados a quienes la ayuda prometida no llegaba, y que después de un par de meses de inactividad, de congelamiento de sus contratos, volvían al terror de la pobreza mostraba el inmovilismo y la abulia -palabra que ya forma parte del glosario del piñerato- del gobierno. 

El desastre fue total, el proyecto se tomó el espacio de los sentimientos, de las reivindicaciones, donde lo técnico, incluso la amenaza de ser un mal negocio no importó ante el funcionamiento de las AFP y del sistema de pensiones, elemento que venía siendo bandera de lucha de los movimientos sociales que confluyeron como una marea a partir del 18-O, una vez más, y como ha sido su constante, en el imaginario popular “el gobierno no la vio venir”.

Ante la aprobación del proyecto de retiro del 10% por razones excepcionales en el Congreso, el Presidente y su gobierno enfrentan tal vez el momento de mayor debilidad que hayan vivido desde noviembre de 2019, cuando a horas del acuerdo constitucional todo parecía conducir al fin de un gobierno arrinconado y en su fase final, donde las noticias de la reacción de la calle, las Fuerzas Armadas, el empresariado dejaba en suspenso una tregua en quizás la noche más larga y tensa de las últimas décadas. 

La pregunta ¿Qué queda por delante? Me atrevo a anticipar algunas ideas:

  1. La derrota del gobierno y el quiebre total de su coalición (no sólo inter coalición) sino dentro de los propios partidos, significan un momento de desafección y desinterés por un gobierno que sus propios parlamentarios no están dispuestos a defender. Aquí no ocurre lo que la Presidenta de la UDI, denominó un “parlamentarismo de facto”, sino que por el contrario, el parlamento vino a llenar (con distintas intenciones) la incapacidad del Ejecutivo de resolver, de actuar y hacer lo que debe hacer, gobernar y solucionar los problemas de los chilenos.
  1. La figura del Presidente demuestra una debilidad completa y total. Sus índices de popularidad son desastrosos, pero lo dramático de esta situación es que no tiene posibilidad de mejorar en las encuestas, porque (en esto concuerdo con Claudio Fuentes) su capacidad política se acabó. El momento que refleja el infantilismo para ejercer el carácter simbólico de política en manos del Jefe del Estado, es la foto del Presidente en solitario intentando ordenar la votación de la Cámara de Diputados (sin ministros acompañándolo) y derivando en él, ya la semana pasada la derrota total de la aprobación del proyecto de ley de retiro del 10%. Un Presidente solo frente a una pantalla que no fue capaz de cambiar la votación de sus propios, otrora partidarios.
  1. El comité político de Piñera fracasó rotundamente y a muy poco andar. No ha logrado controlar la crisis total de los partidos, no ha podido hacerse de sus votos en el Congreso y no logra sacar al Presidente de su tozudez o enojo en endosar los problemas al Congreso y a su coalición o al que sea (no el mismo por cierto), no asumiendo que fueron los propios por no llegar a tiempo una vez más desde el 18-O y pandemia mediante los que generaron solos el autogol de media cancha. En términos futbolísticos llegaron una y mil veces mal y tarde, pasó la pelota y no el jugador.
  1. Lo anterior impone la posibilidad de un nuevo cambio de gabinete. Esto agrega dos dificultades, Piñera ya no tiene a quien recurrir adentro del gobierno (para sus ya clásicos enroques) e importar políticos en horas de altísima complejidad requiere de un acto patriótico que no todos están dispuestos a dar. Si el cambio de gabinete viene, el Presidente elegirá probablemente a los más duros para poder componer su votación y sector y probablemente se endose una nueva derrota. Allamand, Espina, Cubillos o Matthei supondrían instalar, en el corazón del Gobierno la derrota de un mayoritario apruebo a la nueva Constitución en noviembre próximo, lo que sería un golpe total al Gobierno. Incluso, me atrevo a anticipar que si ha estado al menos en tres oportunidades en jaque el rey, ante esa realidad, el jaque podría ser mate y final.
  1. Aprobado el proyecto de retiro, si el Presidente veta cometerá un suicidio político mayor. Si lo hace totalmente requerirá 2/3 del Congreso, lo que podría hacerlo ganar el punto, pero perder todo ante un enardecimiento popular que se concentraría en su persona y su gobierno. Los duros en su obsesión de halcones, apostarán por esto. Dudo y no descarto, y en esto me alejo de otros analistas, que el Presidente intente el veto en su ya demostrada errática conducción del gobierno y su contumacia por apostar todo o nada.
  1. Si el proyecto va al Tribunal Constitucional, y se rechaza, el enardecimiento ya estará instalado (y será la mejor campaña para el apruebo a una nueva Constitución), y además sentará un precedente ya instalado: En esta pasada, en defensa de las AFP y el modelo previsional el Gobierno excedió todo pudor y límite en defensa de lo que el 65% de los chilenos decía antes del episodio, y es que el gobierno del Presidente Piñera trabaja para los empresarios y no por la gente (me imagino a estas alturas el número debe ser mayor).

Por último, como se quiera, el Presidente cada vez se ve más acorralado, lo curioso casi en solitario, enojado, frustrado y cada vez más ansioso. 

La oposición encontró el contragolpe y actuó rápido y unida, articulando en la jugada a jugadores del campo contrario que se sumaron y no estuvieron dispuestos a seguir soportando una lealtad mal entendida, a ganancia política cero de seguir defendiendo a su Gobierno que comete todos los errores no forzados posibles. Habrá que ver si en esa articulación de la oposición, nace un liderazgo o se constituye un programa para una nueva época, que permita volver al poder, para salir de una crisis que nos acompañará un buen tiempo.

Como se quiera, el nudo gordiano del Gobierno, luego de ello, se convierte en un callejón con poco juego y salida e impone una capacidad que Piñera ya demostró no tiene.

¿Tendrá salida para gobernar el año y ocho meses que quedan por delante, plebiscito y elecciones mediante en un escenario económico de alto desempleo, un cambio de época que se niega a entender o siquiera intenta comprender? 

Es difícil escudriñarlo pero basta recorrer algunos pasillos del poder para escuchar en público y privado, que como bien definió la semana pasada la televisión alemana: “Piñera ya renunció a gobernar. Puede seguir en el puesto, pero no está gobernando”. 

¿Resistiremos en un sistema hiper presidencial este escenario? 

Llegó el tiempo de empezar a pensar en la realidad y dejar de lado la mitología de lo que no se puede, porque a la larga: “nadie está obligado a lo imposible”. 

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