Carolina Tohá

Carolina Tohá

Es actualmente consultora y profesora universitaria en materias de ciudad y políticas públicas. Ha sido alcaldesa de Santiago, ministra y diputada. Fue una activa dirigenta estudiantil y juvenil durante la lucha por la recuperación de la democracia. Es cientista política de la Università degli Studi di Milano y también estudió derecho en la Universidad de Chile.

Years and years

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¿En qué momento el futuro se volvió algo temible, plagado de amenazas que hasta hace poco hubieran parecido absurdas y hoy nos acompañan como destinos plausibles y casi inevitables?

La serie Years and Years es un ejercicio magistral acerca del mundo que parece estar esperándonos a la vuelta de la esquina, dirigido por gobernantes estrafalarios y peligrosos, dominado por las reacciones despiadadas que podemos tener los humanos cuando sentimos miedo, encaminado a una fragilidad económica y laboral que amenaza con volvernos nostálgicos del capitalismo salvaje, porque éste que viene no va a explotar a los trabajadores, sino que va a prescindir de ellos. La migración (y las reacciones que la acompañan), la tecnología, la guerra comercial y nuclear, la corrupción y el cambio climático, avanzan en esta serie de una forma que no se aleja casi ni un pelo de las tendencias que parecen dominar los tiempos que vivimos. A diferencia de otras producciones televisivas y cinematográficas, ésta es peligrosamente parecida a la realidad. Es una distopía hiperrealista.

Sin embargo, en lugar de producir desesperanza y pánico, Years and Years deja una sensación cálida y reconfortante. No es porque la historia termine particularmente bien, sino porque nos muestra que los seres humanos somos algo más que las embarradas que nos mandamos. En medio del desastre, se asoma la capacidad de asombro y la fortaleza de los vínculos de la amistad, la familia, el amor. Así de cursi, pero funciona.

Pero la vida, lo sabemos, es otra cosa que las series de televisión, por más que éstas se esfuercen en asemejársele. Y en ese terreno, el de la realidad, no parece consuelo suficiente la confirmación de las virtudes humanas que subyacen a los tantos defectos que tenemos. Podemos convivir con los programas de televisión, novelas y ensayos que nos advierten sobre los riesgos del futuro, pero no vamos a salir bien parados si la respuesta a esas advertencias es una lectura temerosa y desconfiada del tiempo que nos está tocando vivir. En el mundo de las ideas políticas, los sectores que se identifican con el progresismo, o las izquierdas (otro día podremos discutir ese matiz), no podrán avanzar si no vislumbran tendencias positivas y transformadoras en las fuerzas que están impulsando el futuro. Temerle al futuro es el primer paso para regalárselo a otros, para dejar de entenderlo y volverse incapaz de interpretarlo. Por definición, el pensamiento progresista es crítico y anticonformista, pero su crítica va encaminada a impulsar la transformación, no a resistirla. No cualquier transformación, por supuesto, pero en ningún caso una que signifique volver para atrás, rendirle culto a lo que fue, lo que ya pasó. Las múltiples advertencias contra el populismo y los nuevos nacionalismos, los espantos ante el individualismo y el consumismo reinantes, ante el debilitamiento del tejido social y la baja participación política, son todas posiciones muy válidas, pero juntas empiezan a parecerse demasiado a una incapacidad de comprender e interpretar el mundo en que estamos. Por algo las personas han recurrido al populismo y los malls, por algo han dejado de votar y militar en los partidos, por alguna razón se refugian en sus casas y se vuelven a aferrar al concepto de nación. Podemos ser muy críticos de las respuestas que han buscado, pero no podemos ignorar sus preocupaciones y deseos. Ser progresista en los tiempos en que estamos viviendo no puede consistir en anunciar que nos esperan los siete infiernos si nos dejamos llevar por las pulsiones que están empujando a las personas. Si el progresismo va a ser eso, lo más probable es que la historia le pase por encima. En su lugar, el progresismo necesita ser un ejercicio de innovación política para buscarle nuevas respuestas a esas inquietudes que sacuden a las personas en todas las latitudes, esgrimiendo los valores en los que creemos (la libertad, la igualdad y la solidaridad que los mantiene juntos), pero despojándonos de las recetas que concebimos para otros tiempos, especialmente cuando no funcionaron, o dejaron de hacerlo.

A nivel mundial nos asomamos a un abismo de preguntas, de desafíos incalculables, y las respuestas, hasta ahora, son de dos tipos. Hay un primer grupo que ha hecho del temor y la rabia el combustible de su propuesta. Reacciona al reinado de una globalización capitalista en que los mercados financieros y los poderes corporativos apenas tienen contrapeso, tal como el pensamiento económico predominante y los estándares de corrección política admiten escasas fisuras. Ese orden global parece no tener alternativas, pero cuando se combina con incertidumbre respecto del futuro se transforma en el caldo de cultivo perfecto para gatillar las respuestas extremas que este primer grupo propone. Allí están los nacionalismos ultraconservadores que brotan por doquier, pero también las nuevas izquierdas radicalizadas y retro, ambos ofreciendo soluciones destempladas, que defienden contra toda evidencia y ocupan como escudo ante cualquier intento de sensatez. La segunda respuesta, en contraste, apela a la moderación y al realismo. Esgrime los logros democráticos, económicos y sociales alcanzados globalmente en el último medio siglo para bajarle el perfil a las amenazantes tendencias que han acompañado esos avances: las desigualdades viejas y nuevas, la crisis climática, la concentración de poder en tan pocas manos, la creciente impotencia de las democracias. Esta mirada reivindica con cierta nostalgia los tiempos en que el capitalismo financiero y la democracia liberal convivían pacíficamente y también levanta consignas altisonantes, pero su contenido es distinto: se dirige a tildar de populistas, racistas, ignorantes, antidemocráticos e irresponsables a todos los que caen en las garras del primer bando.

En gran parte del mundo, las alternativas políticas que tenemos frente a nosotros se mueven entre esas dos tesis. Si ese es el juego, si esas son las únicas opciones, me temo que hay poco espacio para ser optimistas sobre el futuro, y hacemos bien en estar asustados, viendo series que anuncian el desastre.

En nuestro debate se ha instalado la idea de que el progresismo chileno tiene que optar entre las versiones locales de estos dos bandos: o se reencuentra con sus raíces izquierdistas, o reivindica la moderación de su pasado reciente.  O lo uno, o lo otro. Pero no hay mucho futuro en ninguna de esas opciones y quizás el camino vaya por otro lado: hacer de las raíces izquierdistas y de los logros de la moderación un patrimonio en lugar de un proyecto, una trayectoria que ha dejado una herencia rica y compleja, a partir de la cual podemos imaginar nuevos caminos para hoy, no elegir entre los que ya anduvimos tiempo atrás. Para vislumbrar esos caminos es necesario levantar la mirada más allá de la contingencia cotidiana, más allá de las urgencias legislativas e incluso electorales. No se trata de dejar de atenderlas para enfrascarnos en sesudas divagaciones, sino en asumirlas con la mirada puesta en un propósito mayor: situarnos en la magnitud de las transformaciones de nuestro tiempo para poner al día el ideario progresista y renovar sus respuestas, no movidos por el miedo al futuro, sino por la esperanza de encaminarlo de otra manera.

Years and Years transcurre durante los próximos 15 años, y su director descartó hacer otra temporada porque es demasiado incierto lo que pasará después de esa fecha. A fin de cuentas, es una buena noticia: no da todo por perdido. Un indicador de que vamos por mejor camino será cuando él y otros directores decidan que la onda distópica pasó de moda, y se propongan hacer nuevas temporadas eligiendo otro género. 

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