Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El Laberinto de la Soledad: Camino a los autoritarismos.

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En un interesante artículo publicado en “Letras Libres”, la doctora en filosofía, Samantha Rose Hill, quien ha dedicado gran parte de su vida académica, a estudiar la vida y obra de Hannah Arendt, nos ilustra sobre la soledad como concepto y como ella alimenta el autoritarismo.  

En un recorrido por el uso de la voz “soledad” Rose Hill nos sumerge en la obra de Arendt y el estudio del autoritarismo y el totalitarismo, una constante en sus escritos, piezas fundamentales del liberalismo moderno, y de observación necesaria, en que, pareciera sin haber aprendido nada, los autoritarismo vuelven a pasearse ramplonamente por la escena política chilena e internacional. 

Arendt señalaba porque, la soledad separa radicalmente a la gente de la conexión humana. Definió la soledad “como una especie de páramo donde una persona se siente abandonada por todo lo humano y por la compañía humana, incluso cuando la rodean los demás.” […] Agrega Samantha Rose Hill, distinguiendo entre soledad (como algo positivo) y aislamiento como el caldo de cultivo del totalitarismo, según Arendt: “El totalitarismo utiliza el aislamiento para privar a la gente de compañía humana, imposibilitando la acción en el mundo, y a la vez destruye el espacio para estar solo”. La banda de hierro del totalitarismo, como la llamaba Arendt (parafraseando a Hill), “destruye la capacidad humana de moverse, de actuar y de pensar, mientras enfrenta a cada individuo en este aislamiento contra los demás y contra sí mismo. El mundo se vuelve un páramo, donde no son posibles ni la experiencia ni el pensamiento.”

En este panorama y orden de cosas, el individuo tiende a un individualismo que lo aísla, que lo aliena con y (contra) los demás, la desconfianza en el otro se vuelve el espacio donde se sitúan nuestros miedos, y el descrédito en lo colectivo en una ilusión que deja de ser un espacio de sociedad y reflexión.

Las palabras de Arendt, leídas siempre –por mí al menos bastante seguido- no hacen sino repetir premonitoriamente (pero sin ánimo de alarmar a nadie) que estamos más cerca de ese totalitarismo ciego producido por el aislamiento. 

Chile no es la excepción, por cierto, e incluso rasgos de lo que ha ocurrido en los últimos 50 años en Chile, comienzan a emerger en dicha lógica día tras día. En un país donde el modelo económico impuesto y sostenido por medio de férreos amarres constitucionales y legales, el descrédito de la institucionalidad, hacen que el autoritarismo y el totalitarismo puedan ser los “atajos cortos” a la solución de los males. Mucho de ello empezamos a otear en el horizonte.

El caudillo, el salvador mesiánico que se mueve en la lógica de aislar al individuo lo hace pensar en el otro como un enemigo y aprovecha el aislamiento para evitar en la persona la mirada crítica de aquello que lo rodea. Ejemplos sobran y las autoridades parecen impasibles frente a lo evidente, evitando instalar la fuerza del Estado de Derecho para combatir con más democracia los asomos autoritarios que se observan en la sociedad. 

En ello, no resulta ni de cerca normal, que en Chile la aplicación de la ley sea el motivo último de la crisis de confianza. Existe una sensación generalizada, y basada en ejemplos de una justicia para algunos que se aplica con laxitud y para otros con la dureza del máximo poder punitivo del Estado. 

La aplicación de la Ley de Seguridad Interior del Estado y la ley antiterrorista en el conflicto en la Araucanía han sido un ejemplo de ello, en comparación a un grupo armado con organización, elementos (llamados eufemísticamente por el subsecretario del Interior como “utensilios”) que componían ni más ni menos que chalecos antibalas, cascos (todo con las respectivas insignias de un grupo organizado) y una subametralladora de guerra de altísimo calibre. Para ellos la Ley de Seguridad Interior del Estado no aplica. Anotemos de paso, que el subsecretario de los “utensilios”, tiene la legitimación activa para querellarse en este caso y nadie más. 

La misma ley con penas altamente gravosas si ha sido objeto de aplicación para jóvenes que gritan consignas, lanzan un huevo a una autoridad o una comunidad mapuche que entrega una carta por oficina de partes en la Región de la Araucanía. Mientras, para el comando de ultra derecha solo se aplicó la ley de armas a uno de ellos, quedando el resto con firma mensual. El barrio donde se habita se convierte en el límite para aplicación de la ley. El individuo se aísla en la rabia, no piensa, se enfurece en la injusticia y está dispuesto a dejar de pensar cual es el mejor camino al no ver la salida.

El primer elemento anunciado por Arendt en el camino al totalitarismo se aplica al señalar que la destrucción del pensamiento del hombre y el reemplazo por la ideología contra el Estado de Derecho tiende allanar el camino del caudillo, del mesías o del salvador.

Después de todo lo vivido y padecido, especialmente en este último año, estallido social mediante, violaciones flagrantes a los derechos humanos como no veíamos desde el retorno a la democracia, pandemia, crisis económica, hambre y un Gobierno paralizado ante la lenidad de autoridades rendidas ante la total incredulidad de las personas en ellos, resulta aún más complejo, que el atajo corto que se propone sea el camino del caudillo salvador. 

Frente a un momento constituyente, el país debiese detenerse con la misma tranquilidad que lo hizo el 25 de octubre y reflexionar sobre el futuro. ¿Elegiremos el camino corto de las “quinta columnas” de “nietitos” con promesas fáciles, caeremos en manos de los tahúres de la economía fácil que prometen multiplicar con una retórica de juglar todas las ganancias y convertir todo lo que se toca en oro? ¿Nos dejaremos llevar por los estridentes y violentos, cuyo verbo incendiario aísla al ser? 

Es tiempo de reflexión, de parar, Chile está enfrentado a un momento único, difícil, complejo, que probablemente marque el devenir de nuestra historia por muchos años, se requiere la fuerza de la evidencia acompañada de la buena política, esa que combina el escuchar, con el trabajo serio, el que refuerza las políticas públicas que permiten tomar no “atajos” cortos, sino que amplían las fronteras de lo posible con racionalidad y mesura para llegar a la solución de los problemas con el tiempo. 

La urgencia apremia, pero los desastres se desencadenan y una vez desatadas las fuerzas del autoritarismo o del populismo rampante de camino fácil, la vuelta atrás puede demorar mucho, destruir es demasiado fácil y puede no tener fin.

Estamos a tiempo. 

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