Gabriel Alemparte

Gabriel Alemparte

Abogado, Master en Ciencia Política. Fue jefe del Gabinete del Ministerio de Obras Públicas entre 2014-2018. Administrador Municipal, Director Jurídico y Director de Desarrollo Comunitario de los Municipios de Maipú y Providencia. Ha sido asesor de los Ministros de Justicia y del Ministerio de Transportes. Becario de la Fundación K. Adenauer. Es Consejero de la Fundación Vicente Huidobro. Actualmente se desempeña como consultor de empresas en AlemparteVillanueva Abogados.

El valor de la Libertad

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No soy asiduo a las autobiografías. Siempre tienen algo de autobombo, y es difícil que el autor pueda separar pasiones y razones analizarlas con la prudencia y distancia que dan la historia y el desapego al análisis de los actos propios.

El acto de sinceridad que merece una buena autobiografía, determina su potencia y alcance.

Entre algunas que logran aquello, “The Long Way To Freedom” de Nelson Mandela, es por lejos la más extraordinaria en su género. De una sinceridad despiadada, Mandela analiza sus años en prisión, pero entra de lleno el costo que tiene en el ser humano la falta de libertad.

Guardando con mucho las proporciones, y recomendado la lectura de la autobiografía de Mandela en estos días extraños de encierro, me dio por pensar en el valor que tiene la libertad.

La libertad es una palabra manida, llena de simbolismos y mayúsculas, pero tiene la particularidad que es de aquellos elementos que contempla nuestra vida desde la modernidad en adelante, que como presentes que están siempre, solo se sienten perdidos cuando no están presentes en nuestras vidas.

Como muchos chilenos, llevo 17 días encerrado en mi casa –por favor permítaseme citar a Mandela guardando las exageradas proporciones de su encierro y el nuestro por éstos días- sin embargo, el valor es el mismo.

El derecho a gozar de la oportunidad de moverte libremente sin dar cuentas de nada a nadie es un valor de nuestra vida democrática, que hoy en un momento de emergencia y pandemia mundial se ve afectado y nos hace pensar o detenernos vigilantes ante aquello que quizás no constatamos por obvio y que por callado olvidamos.

Hace unas horas inicié un ejercicio curioso por redes sociales en el que creí que pocos se sumarían, pero que a estas horas suma cientos de fotos. Se me ocurrió llamar a publicar una foto de un paisaje, donde no apareciese ningún ser humano, menos el autor de la fotografía.

Fue mi pequeño homenaje a la libertad.

Decirle a otros compartamos esos momentos en que sentimos que la naturaleza nos hizo libres, en que el paisaje fue más grande que nosotros, en que nos inundó lo que precisamente hoy añoramos, la libertad, salir de nuestras casas, sentarnos en un parque, tomar un café, abrazar a nuestros abuelos y amigos, sin tener miedo a enfermarnos, o lo que es peor, enfermar a otro y causarle un daño que puede ser irremediable.

Los paisajes que llegaron a mi twitter fueron varios, pero curiosamente la mayoría de ellos son paisajes de distintos lugares y parajes de Chile. Pocas personas hicieron del paisaje algo fuera de nuestras fronteras.

Me acordé de Nicanor Parra y su irónico y duro “Creemos ser un país y la verdad es que apenas somos un paisaje”, pero es cierto en horas de encierro el ejercicio de libertad para muchos fue colgar de las redes sus mejores paisajes, muchos agradecieron, otros sintieron mayor tranquilidad en el agobio del encierro.

En estas horas, con incertidumbre de lo que puede pasar, al cerrar los ojos el paisaje es un jardín. Pienso en muchos donde he transitado en mi obsesiva búsqueda por esos espacios.

Si tengo que elegir entre el Louvre y los Jardines de Luxemburgo, una tarde bajo la estatua de Paul Verlaine, no lo dudo un segundo y opto por esa circunferencia perfecta de pasto, pinos, arcilla y canto de pájaros.

Recuerdo El Retiro antes que el Prado, la Villa Borghese antes que un paseo interminable por los museos vaticanos, o sin duda, mi favorito los Jardines del Bobolí, en Florencia, antes que la galería de los Uffizi, la tranquilidad de los árboles en verano en el Cementerio General de Santiago que el centro de la ciudad.

Alguien dirá ¿Pero cómo? Y bueno cada uno tiene sus obsesiones, sus filias y sus fobias, como dice la canción.

Sentarme en un jardín, sentir ese olor a tierra, el ruido de los arboles al viento es por lejos lo mejor que me puede pasar. Quizás después de éste período de encierro vuelva a valorarlo, pero los seres humanos somos animales raros, valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos y no cuando lo tenemos.

El jardín, el lugar idílico de la libertad, ese que en los comienzos fue el espacio del resultado del sedentarismo humano, pero que ocupó la filosofía desde Aristóteles a Rousseau, como el espacio para dialogar y pensar, el lugar para sentir la libertad de crear.

Y es que el jardín tiene su historia. En Grecia y Roma fue la perfección de la felicidad y la geometría de la razón, en la Edad Media el encierro y la representación del Edén primigenio, el Renacimiento lo convirtió en la fuerza de la razón y la domesticación de la naturaleza, la belleza y la demostración del poder, lo que se extendió hasta bien entrado el siglo XIX. Hoy las guerrillas y huertos urbanos, espacios verdes en medio del cemento nos recuerdan la búsqueda de esa libertad y esa belleza.

Cierro estas líneas pensando con los ojos cerrados en esa brisa que no siento en la cara, con ese olor a tierra que me falta elevado en un departamento que mira la ciudad a lo lejos en las palabras del de un magistral ensayo que leo por éstos días imaginando todos esos jardines visitados, “Jadinosofía”  del filósofo y antropólogo español Santiago Beruete que nos dice: El ejercicio de la jardinería requiere paciencia, perseverancia, humildad, esperanza y un amplio repertorio de virtudes específicas. Un jardín exige constancia por más que esté siempre cambiando, por ello muchos de los placeres físicos y los beneficios psicológicos que depara un jardín –serenidad, libertad, reposo, inocencia- constituyen ingredientes esenciales de la buena vida.

Esa buena vida y esa libertad que no valoramos con gestos sencillos en el apuro de una vida que demuestra, por estos días no ser tan importante, ni necesaria, harán quizás, eso espero al menos yo, sentarnos a apreciar con más tiempo y sabor lo perdido: La Libertad.

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